El gobierno es esclavitud: la tesis radical que divide a los críticos del Estado
Que el gobierno sea equivalente a esclavitud es una afirmación que muchos considerarían extrema, pero tiene defensores que la argumentan con lógica implacable. Mark Passio y Larken Rose han llevado esta idea a su máxima expresión, desmontando el mito de la autoridad legítima. El debate que ha generado enfrenta a dos corrientes: los que defienden una moral objetiva basada en la ley natural y los que apuestan por un autogobierno asambleario sin fundamentos metafísicos. En el centro, la pregunta incómoda: ¿por qué la mayoría prefiere la servidumbre?
La argumentación de Passio y Rose: el Estado como superstición
Passio define la libertad como la capacidad de ejercer derechos sin iniciar daño, y el gobierno como la violación sistemática de ese principio. Larken Rose va más allá: el estatismo es una religión secular, con su dios (el Estado), su clero (políticos) y su infierno (cárcel). Ambos coinciden en que no hay diferencia moral entre un esclavista y un gobernante: ambos usan la fuerza contra individuos que no han agredido a nadie. El argumento es impecable desde la lógica de la no agresión, pero choca con la realidad de que la mayoría acepta el pacto social como algo natural.
La Revolución Integral: asambleas sin ley natural
Alex Cosma rechaza la ley natural de Passio como un concepto divino. Su propuesta: asambleas autogobernadas con derecho consuetudinario y mandato imperativo. Cada asamblea decide sus normas, sin jerarquías. La crítica principal es que esto cae en el relativismo moral: si la asamblea vota la expropiación, ¿es legítima? Cosma responde que la libertad concreta y finita es el objetivo, no la perfección moral. El debate subraya la tensión entre principios absolutos y pragmatismo colectivo.
El escepticismo: la comodidad de la servidumbre
Erich Fromm ya describió la "huida de la libertad": el miedo a la responsabilidad lleva a la mayoría a buscar un amo. En el hilo, se señala que el Estado ofrece seguridad a cambio de sumisión, y que los mismos esclavos defienden a su opresor. Los críticos del asamblearismo apuntan que sin una moral objetiva, cualquier grupo puede imponer su voluntad, disfrazada de consenso. La ironía es que quienes más claman contra el gobierno a menudo replican sus estructuras en sus propios modelos.
El debate no tiene solución fácil. Las tres posturas —anarcocapitalismo radical, asamblearismo horizontal y escepticismo estatista— comparten un diagnóstico similar del problema, pero divergen en la cura. Mientras unos exigen principios morales inquebrantables, otros confían en la voluntad popular y los terceros, simplemente, aceptan que el ser humano no está preparado para la libertad. La pregunta sigue abierta.
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