Matthieu Ricard, el monje que renunció a todo para encontrar la felicidad
¿Es posible medir la felicidad de una persona con un escáner? Esa es la pregunta que flota en torno a Matthieu Ricard, el biólogo francés que dejó la ciencia para ordenarse monje budista y que acabó coronado por la Universidad de Wisconsin como el «hombre más feliz del mundo». Ricard, que no tiene bienes materiales, ni pareja, ni actividad sexual desde los 30 años, asegura que la felicidad no es un golpe de suerte, sino el resultado de un entrenamiento mental. La noticia, viral en su momento, sigue generando escepticismo: ¿un título así se puede otorgar con rigor científico o es puro marketing espiritual?
El estudio de Wisconsin que lo convirtió en el hombre más feliz
Los científicos de la Universidad de Wisconsin sometieron al monje a un escáner cerebral y detectaron una actividad inusualmente alta en las zonas asociadas a las emociones positivas. De ahí saltó a los titulares como el individuo más feliz del planeta. Pero la comunidad científica lleva años discutiendo el alcance real de estas mediciones. La felicidad no se puede pesar ni contar, y el propio Ricard ha ironizado sobre el título, insistiendo en que conoce a gente mucho más feliz que él. Que un monje budista se tome a broma el galardón no evita que el relato mediático lo haya convertido en un producto.
El secreto: la ausencia de deseo como fórmula
La receta de Ricard es simple sobre el papel: «el secreto de la felicidad es la ausencia del deseo», resumen de la máxima atribuida a Buda. No se trata de represión, sino de entender que el deseo es una fuente de sufrimiento. En el análisis que acompaña a la noticia, se compara el ansia de consumo o de placer inmediato con una adicción: cuanto más se alimenta, más vacío deja. La solución pasaría por reentrenar la mente, algo parecido a lo que propone el estoicismo con el control del estímulo y la respuesta. El propio Ricard lleva décadas practicando meditación diaria, y es precisamente esa disciplina la que según él permite modular las emociones.
Las grietas del relato: privilegio y vida contemplativa
No todo el mundo se traga la píldora. Hay quien señala que Ricard es un caso excepcional: occidental, con estudios, y con acceso a una red de mecenazgo que le permite dedicarse a la contemplación sin preocuparse por el alquiler. Otra corriente va más allá y considera que el auge del budismo mediático es una forma de promoción ideológica, con el Dalai Lama y sus colaboradores moviéndose en círculos de grandes fortunas. La pregunta incómoda es: ¿serviría el entrenamiento mental a un trabajador que encadena diez horas de turno y un salario precario? Para algunos, la felicidad contemplativa es un lujo de quien ya tiene la vida resuelta.
Una felicidad que no admite recetas universales
La discusión deja un poso incómodo: medir la felicidad por activación neuronal es tan absurdo como pretender que la renuncia es una fórmula exportable. Ricard, que en paz vive, quizá no necesite que nadie le conceda el título de más feliz del mundo. Pero el resto, inmersos en la batalla diaria por pagar facturas, miramos la portada con una sonrisa torcida. Después de todo, debe de ser mucho más fácil ser feliz cuando el mayor problema del día es elegir entre meditar y contemplar el Himalaya. El difuso debate entre deseo y satisfacción sigue abierto, y no parece que un escáner vaya a resolverlo.