La Revuelta supera a El Hormiguero y las cifras de audiencia entran en duda
¿Se puede sostener que un programa de
televisión gana a otro cuando los datos que lo certifican son, para una parte del público, poco menos que un acto de fe? La Revuelta volvió a imponerse a El Hormiguero en la franja nocturna, según los datos de audiencia que maneja la cadena pública, y lo hizo con una entrevista a la actriz Mina El Hammani en la que se abordó si sigue teniendo sentido preguntar al espectador si es más machista o más racista. La respuesta de la invitada fue clara: «Hay que hacer la pregunta. Me parece muy interesante porque todos tenemos que hacer todos un análisis constantemente, se tiene que generar ese debate». El programa, que ya venía de una semana en la que El Hormiguero le había tomado la delantera, recuperó el primer puesto con más de dos millones de espectadores de media, una cifra que desde algunos sectores se pone en cuarentena.
El Hormiguero pierde el liderazgo tras una semana de ventaja
El dato que más se repite es el de la remontada. El programa de Antena 3 había encadenado varios días por delante en la franja de máxima competencia, hasta que la emisión de La Revuelta con la entrevista a la actriz de origen marroquí le devolvió el primer puesto a TVE. La diferencia, según los registros que se citan, no es abultada, pero sí suficiente para que la cadena pública pueda seguir vendiendo liderazgo.
Hay quien sostiene que ese liderazgo es real y sostenido, y quien lo atribuye a una combinación de factores ajenos al mérito del programa: la ausencia de publicidad en la cadena pública, la emisión en un horario protegido y la capacidad de movilizar a un público que responde más a una consigna que a una preferencia de entretenimiento. La polémica, en cualquier caso, ha servido para que el programa recupere terreno después de un mes en el que, según algunos análisis, había perdido alrededor de un punto de cuota.
¿Por qué se cuestionan los datos de audiencia de La Revuelta?
La desconfianza no es nueva, pero se ha intensificado. El sistema de medición se basa en unos pocos miles de audímetros repartidos por el territorio, un instrumento que, según las críticas, no refleja la diversidad real de consumo televisivo. La comparación con las encuestas electorales es recurrente: se cuestiona que una muestra pequeña pueda representar a casi 50 millones de personas.
A esto se suma un argumento que circula con fuerza: la supuesta aparición de una «generación espontánea» de espectadores. Si el público de El Hormiguero no ha migrado en masa a La Revuelta, y el resto de cadenas no ha perdido dos millones de espectadores de golpe, ¿de dónde salen los dos millones que ven el programa de Broncano? La respuesta que se da desde el escepticismo es que se trata de una audiencia movilizada por intereses políticos, no por interés real en el contenido.
El papel de la televisión pública y la sospecha de manipulación
La condición de cadena pública de TVE introduce un elemento adicional de recelo. Al no depender de la publicidad, el programa no tiene que rendir cuentas ante anunciantes, lo que para algunos es una ventaja competitiva desleal y para otros una garantía de independencia. La controversia se aviva cuando se recuerda que la cadena pública puede movilizar a su audiencia con llamamientos más o menos explícitos.
En este contexto, la entrevista a Mina El Hammani se interpreta de dos maneras opuestas. Para unos, es un ejemplo de la línea editorial del programa, que invita a voces que cuestionan los prejuicios de la sociedad española. Para otros, es una muestra más de un discurso que señala a los españoles por su machismo y su racismo mientras evita hacerlo con otros países. La pregunta que la actriz defendió como necesaria es, precisamente, la que algunos consideran una imposición ideológica.
Mina El Hammani y la pregunta sobre el machismo y el racismo
La intervención de la actriz se produjo en un tono distendido, pero el contenido no pasó desapercibido. Al preguntársele si sigue teniendo sentido plantear si uno es más machista o más racista, respondió que sí, que hay que hacerlo de forma constante. La cita textual que se difundió fue: «Hay que hacer la pregunta. Me parece muy interesante porque todos tenemos que hacer todos un análisis constantemente, se tiene que generar ese debate».
La reacción en redes fue inmediata. Una parte del público celebró que se abordaran estos temas en un programa de entretenimiento; otra parte lo interpretó como una nueva muestra de la deriva ideológica de la cadena pública. La discusión derivó hacia el origen de la invitada, con comentarios que cuestionaban que una persona nacida en Marruecos viniera a dar lecciones sobre racismo a los españoles. Ese tipo de argumentos, presentes en el debate, son los que han alimentado la polarización en torno al programa.
La guerra de audiencias entre Broncano y Pablo Motos
El enfrentamiento entre La Revuelta y El Hormiguero se ha convertido en un termómetro de la política española. El programa de Pablo Motos lleva años como líder indiscutible de la franja nocturna, con un formato que combina entrevistas, humor y secciones de entretenimiento. La irrupción de Broncano en TVE ha roto esa hegemonía y ha obligado a ambos programas a competir por el mismo público.
Los defensores de El Hormiguero argumentan que su audiencia es fiel y que el programa no ha perdido espectadores, sino que ha ganado competencia. Los críticos con Broncano señalan que su éxito se basa en una audiencia prestada, movilizada por el aparato político, y que sus datos se inflan artificialmente. En medio de esa disputa, los datos de audiencia se han convertido en un campo de batalla más de la guerra cultural.
El desgaste de la televisión generalista y el auge de las plataformas
Más allá de la polémica, hay un dato que contextualiza todo: la televisión generalista ya no convoca a las masas de antes. Programas que en otras décadas superaban los 25 millones de espectadores hoy se conforman con dos millones. La fragmentación de la audiencia, la competencia de las plataformas de streaming y el cambio de hábitos de consumo han transformado el medio.
En ese escenario, la guerra entre La Revuelta y El Hormiguero es, para algunos, una disputa por un botín cada vez más pequeño. La audiencia joven se ha ido a YouTube y a las plataformas, y la televisión en abierto se ha quedado con un público envejecido. La pregunta que sobrevuela es si el liderazgo de una franja nocturna sigue teniendo el valor que se le atribuye.
El futuro incierto de la guerra televisiva
La polémica por las audiencias no parece que vaya a resolverse pronto. Cada semana, los datos de audiencia se convierten en un nuevo capítulo de la disputa política. La cadena pública defiende la legitimidad de sus datos; los críticos insisten en que hay manipulación. Y en medio, los espectadores que solo quieren entretenerse ven cómo su programa favorito se convierte en objeto de debate político.
Al final, la pregunta que queda es si alguien que no esté involucrado en esta guerra cultural le da importancia al asunto. La respuesta, según algunos, es que no. La televisión, para bien o para mal, sigue siendo un espejo de las divisiones del país. Y los datos, reales o inflados, son el termómetro de esa fiebre.