El Pentágono pide a sus generales prepararse para la guerra
¿Qué se le dice a un ejército que lleva dos décadas sin un enemigo claro? El secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, reunió en la Base del Cuerpo de Marines de Quantico (Virginia) a centenares de generales desplegados por todo el mundo para decirles que «a partir de ahora, nuestra única misión es prepararnos para la guerra y ganarla». El discurso, sin precedentes por la convocatoria y por el despliegue logístico que exigió, marca un giro de retórica en el Pentágono: recuperar el «ethos guerrero» y los «estándares físicos masculinos», y borrar del vocabulario castrense lo que Hegseth despacha como «no más culto al cambio climático, no más división, distracción o delirios de género».
La convocatoria en sí es la noticia. No es habitual que se obligue a desplazarse al país a centenares de mandos militares de alto rango para escuchar un discurso político. El propio presidente Donald Trump intervino para pedir aplausos —«si quieren aplaudir, aplaudan»—, un gesto que en el cuerpo de oficiales se leyó más como incomodidad que como arenga. La escena, con un auditorio visiblemente silencioso, ha circulado por redes y medios internacionales.
¿Qué hay detrás de la orden de prepararse para la guerra?
La instrucción tiene dos capas. La primera es operativa: recuperar doctrina de combate y estándares físicos. La segunda es cultural: eliminar del Pentágono lo que el secretario llama «políticamente correcto». En la práctica, esto se traduce en revisar programas de diversidad, formación interna y criterios de aptitud.
El mensaje cala en una parte del ejército que lleva años quejándose de que la institución se ha ablandado; en otra, genera alarma por lo que tiene de purga ideológica.
Hay quien sostiene que este tipo de discurso es exactamente lo que corresponde a un secretario de Defensa: preparar a la tropa para lo peor. En contra pesa el argumento de que mezclar guerra con batalla cultural debilita la cohesión interna.
El ejército no es un partido, y los generales no son militantes.
El despido como amenaza y el precedente soviético
Uno de los puntos más discutidos es la amenaza de despido a funcionarios de carrera. Los generales no son cargos políticos: son funcionarios con décadas de servicio.
Amenazar con el despido a un general es una línea roja que en EE. UU. no se había cruzado con esta crudeza. Algunos análisis lo comparan con las purgas militares de la Unión Soviética en 1937, cuando se eliminó a tres de los cinco mariscales, a los once comisarios adjuntos de defensa, a todos los comandantes de distrito militar y a la mitad de los comandantes regimentales. El paralelismo es discutible, pero el dato histórico se ha citado hasta la saciedad.
Hay algo de teatralidad en todo esto. El secretario de Defensa, antes presentador de televisión, protagonizó un incidente en directo al lanzar un hacha en la calle para un programa de entretenimiento. El clip ha vuelto a circular como recordatorio de que el hombre que pide prepararse para la guerra no siempre acierta con la puntería.
¿Es una amenaza real o un mensaje para el electorado?
Aquí el análisis se divide. Una corriente sostiene que el discurso es para consumo interno: movilizar a la base electoral con retórica belicista y cultural. Otra cree que hay un plan real de reestructuración militar, con la vista puesta en un conflicto de gran escala.
La convocatoria de Quantico no se organiza por capricho. Desplazar a centenares de generales cuesta dinero y tiempo, y ningún Pentágono lo hace para una foto.
En el terreno económico, el giro tiene consecuencias. Un aumento del gasto militar presiona el déficit y compite con otras partidas.
El complejo industrial-militar es la ventaja comparativa de EE. UU., y cualquier retórica de rearme se lee en los mercados como señal de más contratos. La pregunta es si el país puede permitirse una carrera armamentística mientras su base industrial civil se desangra.
El contexto chino y la guerra que no llega
La sombra de China planea sobre todo el asunto. En las últimas décadas, el gigante asiático ha pasado de copiar tecnología a producirla, y algunos indicadores —patentes registradas, doctorados en matemáticas— apuntan a un vuelco.
China tiene cuatro veces la población de EE. UU., y su sistema universitario ha escalado puestos en los rankings. La respuesta estadounidense a este desafío no ha sido solo militar: también ha sido atraer talento global con becas y condiciones que ningún otro país iguala.
El problema es que la retórica de guerra total no resuelve la pérdida de competitividad civil.
Se puede ganar la guerra y perder el siglo. Mientras el Pentágono se prepara para un conflicto, las universidades y las fábricas compiten en otro tablero.
La orden de Hegseth deja una pregunta flotando: si la única misión es prepararse para la guerra, ¿quién prepara el país para lo que viene después? Los generales aplaudieron poco. Trump tuvo que pedirlo. Y el hacha, por suerte, no dio a nadie.