Fundación, de Asimov: el clásico juvenil que la crítica cuestiona
Un ejemplar de segunda mano de la trilogía de Fundación, los tres libros por
cuatro euros. Con ese botín de rastrillo arranca una lectura que ha reabierto la vieja herida: ¿es Isaac Asimov un genio o un autor de andar por casa al que la nostalgia ha encumbrado? La mecha la ha prendido una reseña firmada por
Alberto Cairo —
Fundación: una buena novela infantil— que sitúa la obra cumbre del escritor en la franja de los «diez a los dieciséis» años. La controversia, lejos de apagarse, ha ido ganando capas.
Qué sostiene la crítica que ha reabierto el caso
El texto afirma que Asimov desarrolla «una idea sencilla con una técnica sencilla, por no decir inexistente». La prosa sería un «lenguaje voluntariamente limitado hasta la frontera con lo pobre»; la acción avanza a golpe de diálogo, y los personajes, cuando los hay, funcionan como «meros altavoces» de lo que el escritor no se molestó en convertir en narración. El diagnóstico no admite matices: muy mascadito, muy explicadito, no sea que el personal se pierda.
El argumento tampoco sale mejor parado. Asimov define la psicohistoria, eje de toda la saga, como «la rama de las matemáticas que trata sobre las reacciones de conglomeraciones humanas ante determinados estímulos sociales y económicos». Para el reseñista, esa ambición predictiva es «de raíz, absurda»: la historia es un sistema complejo que un empujoncito insignificante puede desviar, y ninguna teoría estadística puede adivinar el futuro.
¿Es la psicohistoria una fantasía positivista?
Aquí el asunto se parte en dos. Una corriente de lectores da la razón al crítico: ningún modelo matemático anticipa el comportamiento de millones de voluntades libres, y el novelista que lo propusiera en el
año 12.000 sería tomado por un iluminado. Otra responde con un argumento sencillo: en la ficción especulativa no se juzga la verosimilitud de una ciencia, sino la coherencia interna de la historia. Se ataca el concepto como si fuera un ensayo cuando es un escenario narrativo.
El propio autor da parte de razón a los segundos. Un participante del hilo recuerda que Asimov aseguró varias veces que la ciencia era poco más que una excusa para montar otra cosa. Misterio, casi siempre.
Por qué unos la ven juvenil y otros la defienden
El reproche de «infantil» es la piedra que más rebota. Hay quien lo recibe con fastidio: si escribir para adolescentes fuera un defecto, habría que quemar de paso a Verne, a Twain y a Dickens. La reseña, además, no lo emplea como insulto —aclara que el libro «no es del todo desdeñable»—, sino como diagnóstico de una técnica limitada por su tiempo.
Los defensores cargan por otra vía.
Buena parte de los relatos se escribieron a principios de los años 40, cuando la ciencia ficción apenas estaba definiendo su propio lenguaje narrativo. Comparar la primera entrega con lo que vino después, incluidos sus propios continuadores, es hacer trampa con las fechas. Un lector lo deja caer sin rodeos: lo que se valora de Asimov es la precisión y la concisión, no la pirotecnia verbal.
El peso del contexto: pionero antes que perfeccionista
La discusión arrastra una pregunta incómoda para todo el género. Gran parte de la ciencia ficción que hoy llamamos clásica nació como producto juvenil, y su lectura adulta revela costuras que el paso del tiempo agranda. La tecnología envejece mal: acorazados espaciales con rayos, reactores de bolsillo y dictáfonos conviven en un futuro que soñaba naves sin imaginar el ordenador. Es lo que tiene profetizar con las herramientas del presente.
No siempre fue así de severo el juicio. El propio reseñista cuenta que la leyó con diecinueve años y la encontró solemne y artificiosa, aunque una relectura posterior le resultó menos agria; otros, en cambio, solo descubren el género a través de ella. La decepción, en no pocos casos, no es con Asimov, sino con la ciencia ficción entera: aquello de la especulación rigurosa se queda corto cuando uno pide algo más que naves.
La trampa de medir a Asimov con el metro de hoy
Conviene no confundir dos cosas: que una obra envejezca y que naciera mal. Fundación hizo algo que muy pocos lograron entonces —colocar una idea abstracta, un imperio en decadencia y una élite que administra su caída, en el centro de una trama popular—. Otra cosa es sostener que sigue siendo la cumbre que algunos recuerdan. Quien busque ciencia ficción para adultos acabará premiando otros méritos y otros nombres.
El dato que descoloca: los tres libros costaron
cuatro euros. Al precio de un café, discutir si su autor fue un mediocre o un pionero sale gratis.