El mejor juego de mesa: del ajedrez a Catan, sin ganador
No existe un mejor juego de mesa. Existe el mejor juego para cada mesa, cada número de jugadores y cada paciencia. La pregunta vuelve cada vez que alguien quiere acertar con un regalo, y la respuesta honesta decepciona casi siempre: depende. Depende de si se juega solo, de si son dos, de si son seis con chupitos o de si el de enfrente lleva veinte años estudiando aperturas. Cualquier respuesta cerrada es publicidad.
El precio no decide: 3 euros de ajedrez frente a 5.000 pesetas de Scrabble
Uno de los argumentos más sólidos a favor de los clásicos es que
cuestan casi nada. Un ajedrez se encuentra desde
3 euros, y a partir de ahí el material es infinito: libros, partidas en internet, torneos gratuitos y de pago. Hubo quien construyó sus propios juegos con cartón y rotuladores cuando no había dinero para más:
lonchafinismo aplicado al Hero Quest, con tablero pintado a mano incluido.
La nostalgia pone precios concretos. Un Scrabble original costaba unas
5.000 pesetas; su copia barata de Falomir, el Intelect, salía por
1.000 pesetas y venía fabricada en Valencia. Hoy el Scrabble se sigue encontrando por unos
25 o 30 euros. Prácticamente el mismo dinero, otra economía y la misma discusión de sobremesa.
¿Por qué el ajedrez es el mejor juego para unos y un coñazo para otros?
Porque su calidad no depende del tablero, sino de quién se sienta enfrente. Se le atribuyen miles de millones de partidas jugadas y acumula mucho material de estudio, gratis o no, pero funciona mal en encuentros casuales: a un principiante se le puede arrasar en quince jugadas, con aburrimiento propio y desesperación ajena, y en un club la relación se invierte de golpe. A eso se suma que solo juegan dos.
Con cualquier otra caja, en cambio, se abre, se explican cuatro reglas y sale una partida decente. Hay quien defiende que la fama intelectual del ajedrez es un relato heredado más que un hecho demostrado. Puede que ahí esté su mayor problema: menos festival de inteligencia y más dificultad para encontrar un rival de tu nivel.
De Operando y Quién es quién a la Rithmomachia
Los juegos de la infancia aguantan el tipo. Los de la casa MB —Operando, Quién es quién— y las copias de Falomir alimentaron a una generación que hoy ronda los cincuenta. Junto a ellos, el parchís, el mus, el teto, el abalone, el mancala o el juego del diccionario, el más socorrido para cinco o seis personas en una casa rural.
No todo es nostalgia reciente. La
Rithmomachia, un juego de tablero clásico, se cuela como prueba de que la afición por mover fichas venía de lejos. Y nunca falta la baraja de cartas, la navaja suiza de los juegos de mesa, capaz de sostener una noche entera sin más inversión que la propia baraja.
Puerto Rico, Catan y la generación que da mil vueltas al Monopoly
El juego moderno tiene defensores feroces. Puerto Rico se explica en una partida de prueba y luego va rápido,
entre 30 y 45 minutos, mínimo tres jugadores y mejor cuatro, sin dados y con margen para cambiar de estrategia. Catan es de lo más popular de los últimos años. A su lado, Wingspan, Everdell, Terraforming Mars, Dominion o Mansiones de la Locura amplían el catálogo mucho más allá del dado y la casilla.
El reproche al Monopoly es recurrente: a la segunda partida ya se guarda. La crítica de fondo es que se recomienda por memoria, no por calidad, y que hay juegos de temática comerciante —Chinatown, Genova— que hacen lo mismo con más gracia y mucha más rejugabilidad.
Wargames, rol y cartas: la pregunta que falta antes de recomendar
Sin fijar el estilo, cualquier recomendación sobra. Un juego de estrategia militar no se parece a uno de gestión de recursos ni a un relleno de veinte minutos. Los wargames se ordenan por escala —escuadra, ejército— y por época, y hay mucho título injugable por reglamento farragoso. Twilight Struggle juega en esa liga, aunque su temática podría ser cualquier otra.
En el extremo emocional está Diplomacy, un juego de alianzas y traiciones donde la partida empieza siendo amistad y acaba en silencio tenso. Los juegos de rol ofrecen posibilidades infinitas. Y en las cartas coleccionables, el recuerdo se tiñe de toxicidad y de robos en clubes y torneos, con la irrupción de nuevos títulos que intentan corregir viejos vicios.
Con este panorama, lo razonable es que siga sin haber campeón. Si la tendencia se mantiene, los clásicos baratos sobrevivirán en las casas y los juegos modernos seguirán ganando terreno entre quien se atreva a leer un reglamento. Aunque, a juzgar por cómo acaban ciertas partidas, quizá el mejor juego de mesa sea el que se juega con amigos que siguen siéndolo después.