El mito de los avances árabes: traducción, no invención
En el año 830, el califa Al-Mamún fundó en Bagdad la Casa de la Sabiduría, un centro donde se tradujeron al árabe las obras de Euclides, Ptolomeo, Galeno y Aryabhata. Casi doce siglos después, la pregunta sigue abierta: ¿fue aquello una edad dorada de la ciencia islámica o una gigantesca operación de copia y transmisión? El análisis de los textos clásicos —
Kitab al-jabr de Al-Khwarizmi, el
Canon de Avicena, los experimentos ópticos de Ibn Al-Haytham— revela que la mayoría de los conceptos atribuidos a los árabes procedían de Persia, India y Grecia. La discusión, lejos de ser académica, toca el relato fundacional de una civilización.
El álgebra no nació en Bagdad
Al-Khwarizmi, considerado el padre del álgebra, tomó prestados el sistema decimal, el cero, las ecuaciones lineales y cuadráticas y el uso de letras para incógnitas de los matemáticos indios y persas. El término
al-jabr —«reunir partes rotas»— lo acuñó él, sí, pero sobre una base que ya existía. Lo mismo ocurre con los números que usamos a diario: los símbolos arábigos son indios, y los árabes los llamaron «números hindúes» antes de introducirlos en Europa. Los símbolos actuales, además, difieren de los que ellos usaban.
Avicena e Ibn Al-Haytham: recopiladores con talento
El
Canon de la Medicina de Avicena fue influyente, pero se inspiró en Hipócrates, Galeno, Razi y al-Tabari, e incorporó conceptos indios como los cuatro humores. Ibn Al-Haytham, padre de la óptica moderna, se basó en Euclides, Ptolomeo, Aryabhata y Brahmagupta para formular las leyes de la reflexión y la refracción. No fueron creadores ex nihilo: fueron sistematizadores de un saber anterior.
La filosofía: neoplatonismo con acento persa
Los primeros filósofos musulmanes estuvieron marcados por el neoplatonismo helenístico. Al-Farabi lo introdujo y Avicena lo desarrolló con un esquema de emanación que va de la unidad divina al mundo material. Al-Ghazali atacó esa corriente por incoherente y herética, defendiendo la revelación sobre la razón. Ibn Rushd replicó, pero rechazó también a los neoplatónicos y se mantuvo fiel a Aristóteles. Tras su muerte en 1198, el debate quedó cerrado y el neoplatonismo islámico sobrevivió solo en el ismaelismo.
¿Qué queda del relato de la edad dorada?
La tesis dominante en el análisis crítico es que los árabes fueron intermediarios y difusores, no creadores. Se argumenta que las tradiciones de sabiduría de Persia, India, Roma y Bizancio no murieron de golpe, sino que perduraron por inercia hasta ser reemplazadas por una cultura más religiosa. Frente a esto, otra corriente sostiene que la transmisión y ampliación de conocimiento es en sí misma una contribución, y que sin ella Europa no habría redescubierto a Aristóteles. El cálculo completo de qué se conservó y qué se perdió, desglosado por disciplinas, da un resultado que sorprende.
Los baños, los arcos y otras atribuciones dudosas
Hay quien recuerda que los baños árabes copiaron las termas romanas, y que los arcos de herradura ya se veían en iglesias hispanogodas. También se señala que los califas más cultos de la península tenían genética hispanovasca, como Abderramán III, descendiente de las hijas del caudillo navarro Fortún Garcés. La discusión se extiende a los canales de riego —simples zanjas frente a la ingeniería hidráulica romana— y a palabras como
acequia, que no son más que un canal con otro nombre.
El giro económico: del petróleo a la dependencia tecnológica
La conversación deriva hacia el presente. Se afirma que las actuales monarquías del Golfo dependen del conocimiento y el talento occidental para su desarrollo, y que el petróleo no les sirvió de nada hasta que Occidente encontró su uso. La conclusión que se impone en muchos mensajes es incómoda: si el legado árabe fue sobre todo de transmisión, el relato de la edad dorada se sostiene más en la idealización que en los datos.