La OMS señala al sistema alimentario y el campo europeo protesta
El director de la Organización Mundial de la Salud afirmó que «Nuestros sistemas alimentarios están dañando la salud de las personas y del planeta». El mensaje, difundido con el dato de que los sistemas alimentarios contribuyen a más del 30% de las emisiones de gases de efecto invernadero, ha caído como una bomba entre agricultores y ganaderos europeos, que llevan meses movilizados contra la agenda verde de Bruselas. La coincidencia temporal no parece casual: las protestas agrarias se extienden por media Europa y las elecciones europeas están a la vuelta de la esquina.
La reacción no se ha hecho esperar. Buena parte del sector interpreta el mensaje como un nuevo capítulo de la ofensiva regulatoria que ya les ha costado tierras, márgenes y paciencia. Y no falta quien señala la contradicción de fondo: mientras Europa criminaliza su agricultura, importa productos cultivados con pesticidas y prácticas prohibidas en suelo comunitario.
Qué dice exactamente la OMS sobre el sistema alimentario
La declaración del máximo responsable sanitario mundial apunta a los sistemas alimentarios como factor de riesgo tanto para la salud humana como para el equilibrio climático. El dato que acompaña al mensaje —más del 30% de las emisiones de gases de efecto invernadero— es el que ha encendido todas las alarmas en el sector primario, que lo lee como una amenaza directa a su forma de producir.
La crítica más repetida no niega que la agricultura intensiva tenga impacto ambiental. Lo que se cuestiona es el enfoque: se señala al campo europeo mientras se importan alimentos de terceros países con estándares ambientales más laxos. La pregunta que sobrevuela el sector es por qué el foco se pone en el tractor europeo y no en el buque que cruza océanos con melones o naranjas.
El coste energético que nadie quiere mencionar
Hay un factor que el discurso oficial apenas toca: sin petróleo no hay tractores, ni cosechadoras, ni camiones que lleven la producción al supermercado. Sin gas no hay abonos químicos que sostengan los rendimientos actuales. El peak oil, sostienen algunos análisis, está aquí, y Occidente no puede permitirse quedarse sin combustible mientras la OPEP y los BRICS controlan buena parte del suministro.
La ecuación es incómoda. La agricultura moderna depende de fertilizantes sintéticos porque las tierras de cultivo están desgastadas. Quitar ese insumo sin alternativa viable no reduce emisiones: reduce comida. Y la transición energética, tal como está planteada, compite por el mismo petróleo que mueve buques y cosechadoras.
La agenda verde y las protestas que recorren Europa
Las movilizaciones agrarias se han extendido por media Europa contra la agenda verde impuesta desde Bruselas. En España, el sector ha salido a la calle con un mensaje que resume el hartazgo: «La Agenda 2030 es la soga verde con la que nos quiere asfixiar». El Parlamento Europeo ha aprobado normativa ecologista que el campo interpreta como una criminalización de su actividad.
La proximidad de las elecciones europeas añade tensión a un calendario de protestas que ya no es solo español. Agricultores y ganaderos de varios países comparten diagnóstico: las normas ambientales les ahogan mientras la competencia exterior juega con otras reglas.
El doble rasero del melón que cruza el Atlántico
Un agricultor español lanzó la pregunta que resume la paradoja: «Este melón viene de Brasil, más de 7.000 kilómetros. ¿Cuánto contamina hasta llegar a su mesa?». La misma lógica aplica a las naranjas que llegan al puerto de Valencia en buques cargados de combustible. La ecología sostenible que dice buscar la Agenda 2030, argumentan, no cuadra con ese tráfico.
El cálculo completo, con la huella de carbono del transporte marítimo y la comparación con la producción local, da una diferencia que sorprende. Pero ese número no aparece en los informes que señalan al ganado europeo.
Quién es el mensajero y por qué importa
El debate ha derivado hacia la figura del director de la OMS. Hay quien recuerda su origen profesional y cuestiona su autoridad para dictar lo que debe comerse en el primer mundo. También quien señala que el problema no es el mensajero, sino quien le puso ahí y le pasa el guion. La OMS, sostienen, es una organización cuya credibilidad quedó tocada tras la gestión de la pandemia.
En el fondo late una pregunta más incómoda: ¿a quién beneficia que el foco esté en el agricultor europeo y no en los grandes intereses energéticos que mueven el sistema alimentario global?
Con estos mimbres, lo previsible es que la presión sobre el sector primario no ceda antes de las elecciones europeas. Si la agenda verde se endurece, el campo tiene un calendario de movilizaciones que no piensa abandonar. Y si el petróleo se encarece, la ecuación alimentaria se complica para todos. Nadie sabe aún cómo se resuelve.