No invertir también es apostar: la inflación cobra su 3% anual
No invertir es una decisión de inversión, y rara vez la más prudente. El dinero que se queda quieto en la cuenta no está quieto: pierde poder adquisitivo al ritmo de la inflación, un coste cifrado en un
3% anual sobre el dinero neto, después de impuestos, con una diferencia clave respecto a cualquier alternativa: esa pérdida es segura, mientras que la otra solo ofrece probabilidad. De ahí arranca todo. Quien dice que «hay más posibilidades de que salga mal a que salga bien» está describiendo el corto plazo, no una cartera a veinte años.
¿Por qué no invertir también es perder dinero?
La paradoja se plantea con dos sobres. El A garantiza perder un 3% de todo lo que se gane; el B ofrece la posibilidad —no la seguridad— de ganar algo a cambio de poder perder parte o todo. El sobre A se llama inflación. El B, inversión. Quien elige A no ha eliminado el riesgo: ha elegido el riesgo conocido. Hay quien va más lejos y sostiene que el euro es
«un bono o deuda emitido por el BCE» que se deprecia cada año y que solo el oro es dinero real. Es una tesis discutible, pero explica por qué parte del ahorro conservador busca refugio en cosas que no se imprimen.
El contraargumento clásico —tener los ahorros en efectivo a la vista— también es una posición de mercado: se está largo en euros. El matiz importante es que no todo el dinero debe hacer el mismo trabajo. Hay colchón para imprevistos, dinero para gasto corriente y, solo después, capital destinado a producir rendimiento. Meter en bolsa el dinero que se necesita en seis meses es la vía más rápida de convertir una mala racha en una pérdida real.
La bolsa de EEUU lleva 200 años subiendo, pero cada 8 años llega el hostión
El argumento alcista se apoya en una serie larga:
doscientos años de mercado estadounidense al alza, con la renta variable pasando más tiempo subiendo que bajando desde que hay registros. La literatura lo respalda: un clásico de finanzas,
Un paseo aleatorio por Wall Street, muestra que en cualquier periodo pasado de diez años o más la bolsa siempre terminó en positivo. El corolario es incómodo: a plazos cortos, cualquiera puede palmar.
La otra mitad de la frase pesa tanto como la primera. En el corto plazo manda el azar: el mercado puede subir, bajar o meterte una crisis del
-50% en seis meses, y cada ocho años aproximadamente llega una sacudida de las grandes. Los defensores de esta vía no esconden el riesgo. Apuntan a vehículos simples —ETF sobre SP500 y NASDAQ—, a recoger beneficios cada cinco años y a una regla de conducta: distinguen entre impacientes, que venden lo que sube y lo que baja antes de que respire, y pacientes, que están del lado de la rentabilidad.
El maquillaje de los índices: el IBEX con las empresas de hace 30 años
Aquí está el argumento más incómodo para los devotos del índice. Los selectivos se revisan: las compañías que van mal salen y las que van bien entran. Se sostiene, con retintín, que ese mecanismo es el principal maquillaje del producto y que la frase «la bolsa siempre sube» se apoya en una foto que se retoca cada trimestre. El ejercicio propuesto es simple: reconstruir el IBEX con las mismas empresas de hace treinta años, algunas quebradas, y medir qué habría pasado de verdad.
La réplica de los fondos indexados es de orden geográfico más que de fe: el problema no es el instrumento, es el mercado elegido. El SP500 o el Russell juegan en otra liga; del IBEX conviene huir, se dice. Y hay un detalle que zanja la discusión con elegancia: Google no existía hace treinta años, pero en el hueco que ocupaba había otra empresa que hoy no está en el índice. Es decir, el índice antiguo tampoco habría sido el índice antiguo.
Quién lo perdió todo y por qué eso no invalida nada
Hay casos de inversores que se quedaron sin nada. Conviene decir cuáles: los que se apalancaron, los que concentraron la cartera en un solo nombre y los que compraron el banco que quebró. La historia se repite con nombres propios. En 1929 hubo quien descubrió que era «un negociante muy astuto» porque todo lo que compraba subía, y que nunca vendió a tiempo: podías cerrar los ojos, poner el dedo en el tablero mural y la acción comprada subía sin remedio.
El otro dato del siglo pasado es aritmética pura. El equivalente de
240.000 dólares del 24 de octubre de 1929 son 3.857.303,99 dólares de agosto de 2021: la inflación del periodo, un 1.507%, multiplicó por más de dieciséis el índice del coste de la vida. Cualquier ahorro que no rinda por encima de esa cifra no está parado, está retrocediendo.
El coste que no sale en el folleto: comisiones, impuestos y tiempo
Sumemos los enemigos. Gastos, comisiones e impuestos se llevan una tajada del esfuerzo ajeno sin asumir el riesgo: el intermediario cobra por operar incluso cuando la operación sale mal. La inseguridad jurídica, política y económica añade ruido. Y el tiempo: analizar balances, leer cuentas y rastrear indicadores exige horas diarias. Hay quien reconoce dedicar
tres horas al día a estudiar empresas. El problema es el denominador: en esa misma afirmación se sostiene que el
99% de quienes invierten no ha leído un libro de bolsa en su vida. Con esa base, el mercado parece un casino.
Diversificar o construir capas: cómo se protege quien no quiere sobresaltos
Los que llevan tiempo en esto han dejado de discutir sobre acertar y discuten sobre estructura. Una parte reduce la bolsa a un refugio antiinflación con
«acciones inmortales», del tipo BlackRock o LVMH, y se mantiene lejos de las criptomonedas y de productos que considera ponzis. Otra receta, más repetida, es la de capas: dinero para gasto corriente, que no debería pasar de ahí; un colchón para emergencias —de una endodoncia a un coche—; una capa de baja volatilidad que se mueve despacio; y solo al final la bolsa. El error que se repite es quedarse solo con la primera y la cuarta: cuando llega el imprevisto hay que vender, y puede tocarte hacerlo con pérdidas.
Otras vías renuncian al rendimiento financiero entero. Hay quien dejó de invertir y dirigió ese dinero a una casa autosuficiente con terreno cultivable, paneles y minitractor: cuatro años de obra y la esperanza de tres años más de trabajo para rematarla. Y quien defiende que lo único que renta de verdad es invertir en uno mismo. Ninguna de las dos es una rendición: son formas de elegir qué riesgo se quiere correr.
Con estos mimbres, lo predecible es que la brecha no se cierre a corto plazo: quien tiene veinte años por delante seguirá comprando índices mundiales cada mes, y quien depende de su nómina para vivir seguirá prefiriendo la liquidez, aunque le cueste un 3% anual. La única certeza estadística que deja el asunto es incómoda para ambos bandos: no existe la opción de no apostar.