El reportaje: aulas de 50 alumnos y solo un 30% de asistencia
El gran engaño de la
educación en España. Bajo ese titular, y con el subtítulo de que se trata de una
estafa piramidal, El Mundo sostiene que el sistema certifica un saber que no existe: hacemos creer a los alumnos, dice, que saben más de lo que saben. Los problemas de los jóvenes para entrar en el mercado laboral son la punta visible, pero el problema arranca en Primaria y llega hasta la Universidad. El diagnóstico, en cambio, está lejos de ser unánime: las causas que se señalan son dispares.
Qué denuncia el reportaje: 50 alumnos por clase y un 30% de asistencia
El retrato que el profesor Daniel Arias hace de una clase cualquiera de su asignatura, recogido en el reportaje, es cualquier cosa menos amable: grupos de
50 alumnos de los que no asisten más de un
30%, temarios cada vez más cortos y superficiales, y más aprobados al final del curso. Su explicación apunta a las leyes educativas: «Es la filosofía sobre la cual se han construido las leyes educativas en este país: que el alumno siga adelante, que no se traumatice». A eso añade la pérdida progresiva de autoridad del docente, que convierte las clases en lo que él describe como un absoluto
zoo. Cero debate, cero participación, trabajos y presentaciones como último refugio de la nota.
Los titulares que acompañan al reportaje completan el cuadro: «Atravesamos la época más infantil de la historia» y «La Universidad española se dirige hacia la irrelevancia total». El original está tras el muro de pago, y por ahí circula un enlace para saltárselo.
El tamaño del aparato educativo, según un cálculo que circula en el foro
Cuando la discusión se traslada a las cuentas, el diagnóstico gana dimensión. Docencia no universitaria y universidad concentrarían, según un reparto que maneja un participante del foro y que no consta verificado, el
27,27% de todo el empleo público.
- Docencia y universidad: 27,27%
- Sanidad: 19%
- Ayuntamientos: 19%
- Justicia, seguridad y defensa: 14%
- Resto administrativo: 20%
De ese mismo cálculo sale una comparación que resume el asombro: hay el doble de profesores que la suma de jueces, policías, guardias civiles y militares. La universidad, por sí sola, sería el
6% del total de empleados públicos, y dentro de ella uno de cada tres trabajadores sería personal de administración y servicios: un PAS por cada dos profesores. El personal docente no universitario trabajaría 24 horas a la semana y 180 días al año, según esa misma fuente. El volumen del cuerpo, concluyen los más críticos, no garantiza su rendimiento.
Integrales sin resolver: cómo se ha desplomado el nivel
Nada ilustra mejor el desplome, según quienes lo cuentan, que un ejemplo de primera mano. Un ingeniero recuerda que en su examen de Cálculo Infinitesimal no llegó a resolver completamente ni una sola integral. Antes eso era un cero; después, se puntuaba según hasta dónde habías llegado. Aprobó con un examen que, unos cursos antes, no habría pasado del 3. Y otro participante relata que en su clase de Cálculo, hace un cuarto de siglo, buena parte del alumnado no sabía que una circunferencia tiene 360 grados.
El patrón se repite fuera de las ciencias. Se relata el caso de una licenciada en Psicología de menos de 25 años que razonaba, según quien la trató, como una niña de diez: casi no sabía expresarse ni enlazar dos frases con sentido. De ahí algunos extraen una conclusión incómoda: el título acredita una formación que su titular no siempre tiene, y el mercado laboral acaba pagando la factura.
¿De quién es la culpa? LOGSE, bilingüismo y psicopedagogos
Aquí el consenso se rompe. Una corriente señala directamente a la
LOGSE y a todo lo que vino después: el cambio de instrucción por educación, la ley del menor, la disciplina convertida en sospechosa y el esfuerzo dejado de premiar. Otra apunta a recortes en contenidos: menos latín, menos filosofía, menos historia, menos educación física, ningún debate sobre el bilingüismo y ninguna homologación real con Europa. Hay quien reparte la culpa entre los gabinetes psicopedagógicos que nunca dieron una hora de clase y acabaron diciéndole a un veterano cómo hacer su trabajo.
Frente a eso, hay quien defiende que el sistema español es más exigente de lo que se dice: se suspende y se repite más que en casi ningún otro país, y hay asignaturas filtro donde aprueba menos del 5% de la clase, algo impensable en otros sistemas. El contraste internacional se usa en las dos direcciones: un participante describe Alemania como un sistema orientado a formar para el empleo, con exámenes orales más llevaderos y resultados muy metódicos, y otro sostiene que Finlandia solo es libre en Primaria y recupera el modelo duro en Secundaria. Y nadie del sector público, ironizan los más escépticos, dimite por todo esto.
El incentivo perverso que nadie corrige
El problema, apuntan otras voces, no es ya pedagógico sino estadístico. Si una universidad sube el listón, sube su tasa de fracaso; si lo baja, mejora sus ratios y escala puestos en el mercado de la educación. El resultado, según este planteamiento, es un sistema que empuja hacia la mediocridad mientras los padres pagan matrículas caras. La educación se ha convertido, en paralelo, en un aparcamiento de jóvenes y en un requisito para cualquier empleo, con o sin relación con lo estudiado.