De una crisis a otra: la sociedad que da su mundo por perdido
La paradoja es incómoda: ningún indicador certifica el final de nada, pero una parte de la sociedad lleva tiempo despidiéndose. No es el lamento de un mal trimestre, sino la suma de una secuencia —la crisis financiera de
2008, la pandemia, la guerra de Ucrania y el conflicto abierto en Oriente Próximo— leída como un solo proceso y no como golpes sueltos. «Hasta aquí hemos llegado», resume la tesis. El diagnóstico, sostienen quienes lo defienden, no es que se avecine un derrumbe, sino que
ya estamos dentro y nadie quiere mirarlo de frente.
Los mercados funcionan. Las nóminas se pagan, la mayoría. Ese es el material del que se agarra la versión oficial. El problema es que una parte de la conversación pública ha dejado de creer en esa versión, y no por un vídeo conspiranoico, sino por hastío acumulado.
2008, la pandemia y dos guerras: la secuencia que nadie cortó
2008 no se recuerda como un accidente puntual. Se recuerda como el
arranque. Aquella crisis empujó fuera del país a cientos de miles de personas y, para muchas de ellas, se argumenta, la vida nunca volvió a su sitio: no hubo recuperación, hubo mudanza. Ese es el primer eslabón de la cadena que ahora se completa con la pandemia y con dos guerras simultáneas.
Hay quien sitúa el origen del ciclo bélico en los
Juegos Militares celebrados en Wuhan en 2019. Es una hipótesis, no un hecho probado, y conviene tratarla como lo que es: una pieza más de un relato que intenta dar sentido a lo que, de otro modo, parece una sucesión de casualidades. Lo constatable es el cansancio. La guerra de Ucrania ha dejado de mirarse:
Sick of it, lo resume una intervención, ya no hay estómago para un vídeo más.
Y encima, Oriente Próximo. La declaración de guerra por supervivencia de Israel, en un entorno de países enemigos en ascenso y aliados entre sí, se lee como la confirmación de que el tablero se rompe por varios lados a la vez.
Las prisas de un imperio que muere matando
El análisis más repetido tiene un sujeto claro:
Estados Unidos. La tesis es que el imperio tiene prisa por resetear el tablero antes de que el resto del mundo le coma la tostada, y que el
1 de enero es la fecha marcada en rojo: ese día, según esta lectura, los enemigos de Estados Unidos e Israel se unen a los BRICS. El fin de un orden, aunque sea un orden que se da la vuelta mientras agoniza.
La formulación es cruda: un imperio que
muere matando, con todos los trucos de tahúr aprendidos. Conviene subrayarlo: es un escenario, no un comunicado oficial. Nadie ha publicado el guion. Pero la sensación de que los mensajes sobre derrota ya no se disimulan recorre buena parte de la conversación —reservas, racionamiento, recomendaciones de ahorro doméstico en varios países—. El relato del sacrificio compartido ha dejado de ser una metáfora.
¿Por qué aparece el litro a 2 euros en todas las conversaciones?
Porque detrás de la geopolítica hay un miedo muy de andar por casa. El escenario que se dibuja no es una hecatombe instantánea, sino una
erosión lenta. El combustible a 2 euros el litro. Despidos masivos que, admiten, no llegan este año sino en dos, tres o cinco. Y, al final de la cuesta, una renta mínima de unos
400 euros conviviendo con precios altos.
El espejo que se pone sobre la mesa es
Argentina: un país que, se argumenta, ha ardido varias veces sin salir del pozo, prueba de que la salida no llega sola. Frente a eso, la esperanza depositada en un liderazgo de mano dura se considera, dentro de la propia discusión, una ensoñación más. El deseo, admiten, era ver arder un país para reconstruirlo rápido. El problema es que el fuego no elige al vecino.
Querer el incendio y no querer estar dentro
Aquí está la contradicción que mejor define el ambiente. Se desea la quema purificadora del sistema; se quiere ver todo empezar de nuevo. Pero quien lo desea reconoce, en la frase siguiente, que no quiere verlo desde dentro: «¿Te das cuenta del dolor que vas a ver y sufrir también?». La respuesta no llega.
El misántropo que fantasea con la extinción en abstracto se descubre temiendo el dolor concreto. No es cinismo, es biología. Y entre medias, la constatación de que la
salvación individual de la que muchos presumen es una lotería con muy pocos billetes premiados.
La receta del hilo: iglesia, cementerio o hospital
Si hay algo parecido a un consejo práctico en todo esto, es raro. Concretamente raro. Se recomienda pisar una iglesia aunque no se rece, sentarse en un cementerio o pasar por un hospital. El objetivo no es religioso: es recuperar profundidad de pensamiento y salir de unas pantallas que, sostienen, están llenas de mentiras.
En paralelo aparece el marco bíblico. Las señales antes del fin —guerras y rumores de guerras, nación contra nación, pestes y hambres— se citan al pie de la letra, y hay quien fija la fecha buena, la del
Octubre de verdad, en
2027, tras una tribulación que, dice, ya ha empezado.
Un apunte más elegante, que circula en la misma discusión, viene de los griegos: distinguían entre
cronos, el tiempo del calendario, y
kairos, el tiempo percibido. En los grandes cambios de ciclo, kairos se acelera y los acontecimientos desbordan cualquier capacidad de reacción. Puede que ahí esté la clave del vértigo.
¿Y si el mundo no se acaba, sino que simplemente se vuelve más incómodo, más caro y más ruidoso, y somos nosotros los que no queremos admitir que llevamos años despidiéndonos?