El Opus Dei también ha caído: Hakuna y los kikos le comen el terreno
Un polo que simula un alzacuellos. Una camiseta con lo que parece un cigoto y la palabra «Like a kid». Otra con una hostia consagrada y la palabra «Vivo». Rosarios, gorras bucket y la posibilidad de confirmarse con el padre Damián sin perder la esencia de surferito de marca. La tienda de Hakuna, el movimiento juvenil que arrastra a los hijos de las familias del Opus Dei, es el síntoma más visible de una transformación que incomoda dentro del propio catolicismo español: la Obra, la estructura que durante décadas funcionó como red clientelar de élites y tecnócratas, ha perdido el monopolio de la captación de jóvenes con posibles.
El diagnóstico que se repite en los círculos eclesiásticos es que los chavales del Opus se pasan en masa a Hakuna, una suerte de versión festivalera y estética del compromiso religioso. «Es una secta de niños pijos de Pozuelo y Las Rozas que buscan mercantilizar la fe», resume una de las voces más críticas del sector, que compara estos grupos con los conventos de nuevo cuño instalados en municipios acomodados de la Comunidad de Madrid y sospecha de su función como lavadero de dinero. La acusación no está probada, pero circula con naturalidad en los mentideros.
De los tecnócratas de Escrivá al merchandising de Hakuna
El Opus Dei construyó su influencia sobre dos pilares: la excelencia académica y la ocupación de puestos de decisión en la administración y la empresa. Aquello se llamó tecnocracia y funcionó durante décadas. Hoy, la queja interna es que el nivel intelectual de quienes entran en los seminarios y luego se ordenan es «bajísimo». La frase, repetida con sorna, apunta a un problema de fondo: la Obra ya no selecciona a los mejores expedientes, sino que compite por el mismo perfil adolescente que se deja seducir por un retiro con guitarras.
La estructura familiar clásica del Opus consistía en entregar un hijo al sacerdocio y una hija como numeraria. Con familias de entre cinco y siete vástagos, siempre quedaba alguno libre para la causa. Ese modelo se ha roto. Los hijos escapan, y cuando lo hacen, el ajuste de cuentas con los padres es duro: los favores recibidos se cobran en la siguiente generación, y la siguiente generación ya no responde.
Qué es Hakuna y por qué se le acusa de secta
Hakuna es un movimiento de espiritualidad juvenil de estética desenfadada, con fuerte presencia en colegios y parroquias de barrios acomodados. Se le atribuye una capacidad de captación que el Opus ha perdido. Sus críticos lo describen como una estructura que mercantiliza la fe mediante productos de consumo —ropa, complementos, música— y que funciona como cantera de vocaciones para proyectos eclesiásticos afines. La comparación con los kikos, el Camino Neocatecumenal fundado por Kiko Argüello, es inevitable: ambos operan como redes de captación con métodos cuestionados.
Los kikos llevan décadas infiltrados en parroquias diocesanas. Se les reconoce por las guitarras, los coros con cajón y su obsesión por las canciones no litúrgicas. Su método incluye la confesión pública de faltas ante la comunidad, un paso que en el argot interno se llama «segundos escrutinios» y que provoca deserciones masivas cuando llega el momento. Quienes han salido describen humillaciones y un clima diseñado para minar la autoestima y hacer al sujeto más moldeable. Hay quien señala el paralelismo con prácticas protestantes.
El sagrario en la sala de al lado y la guitarra en la hora santa
El deterioro litúrgico es el otro frente. Testimonios recogidos en el sector describen iglesias donde el sagrario se ha trasladado a una sala contigua, donde el sacerdote no pronuncia «el cuerpo de Cristo» al dar la comunión y donde un seminarista toca la guitarra y canta en plena hora santa del Jueves Santo. La misa tridentina, el gregoriano y la polifonía de Palestrina quedan como refugio de quienes no tragan con la estética festivalera. «Ofrezco a Dios mi sufrimiento auditivo en reparación por mis pecados», ironiza un católico practicante que evita las misas con guitarra.
La queja no es solo estética. Detrás hay una disputa sobre el control de los templos, las catequesis de adultos y los espacios parroquiales, que los movimientos de nuevo cuño van ocupando mientras las estructuras tradicionales se vacían.
El Opus Dei y la masonería: la comparación que no cesa
La analogía con la masonería aparece una y otra vez. Se le atribuyen al Opus métodos de captación basados en el escrutinio del entorno laboral y familiar del candidato: si tiene contactos, patrimonio o proyección, interesa; si no, se descarta. «Un cura normal le importa una mierda en qué trabajas, lo que le importa es la salvación de tu alma», resume una voz crítica. La Obra, en cambio, preguntaría por el estado civil y el empleo antes de invitar a una reunión de jóvenes.
No todos los testimonios son hostiles. Hay quien describe a miembros del Opus como «la gente más amable y respetuosa» que ha conocido, y quien sostiene que las técnicas de reclutamiento resultan ridículas precisamente porque no hacen falta para ser un católico cabal. El rechazo visceral al Opus, señalan, suele venir de los mismos que comulgan con el globalismo y el sanchismo.
La pregunta que sobrevuela todo esto no es teológica, sino de poder. Quién controla la formación de los jóvenes, quién ocupa las parroquias, quién decide qué se canta en la hora santa. El Opus Dei perdió el monopolio y ahora compite en un mercado de captación donde Hakuna vende polos con alzacuellos y los kikos ponen la guitarra. La Obra, que supo ser la vanguardia intelectual del catolicismo español, asiste a su propia irrelevancia generacional. Y el dato que descoloca es este: los hijos de los kikos, los captados por voluntad propia, también acaban saliendo. Tarde o temprano, todos huyen.