Cien hombres al día buscan sexo anónimo en la Casa de Campo
¿Cuánta gente cruza cada día la Casa de Campo de Madrid con un objetivo distinto al de pedalear o pasear? Un centenar de hombres, según el reportaje que El País dedicó al cruising, la búsqueda de encuentros sexuales anónimos y ocasionales en espacios públicos. El texto localiza la actividad a pocos metros del metro, junto a la autovía que sube hacia el zoológico, y añade el dato que más incomoda: quienes lo practican reconocen robos, agresiones y enfermedades de transmisión sexual entre los riesgos asumidos.
Qué es el cruising y cómo se organiza en Madrid
El
cruising funciona con un código de señales mínimo. Miradas que se sostienen unos segundos, un gesto hacia la propia ropa y, si hay correspondencia, un encuentro apartado de la senda que rara vez supera los quince minutos. Hablar es una opción que la mayoría descarta.
El itinerario es sencillo de reconstruir: se sale de la estación de metro y se camina en paralelo a la autovía que conecta con el zoológico. Los árboles forman trincheras donde los hombres se desnudan, se agachan y se limpian.
Servilletas, cartones y preservativos colgados de las ramas son los restos visibles de una actividad que no anuncia nadie y que, aun así, aparece geolocalizada y reseñada en plataformas digitales de la comunidad gay.
Un paseo por la zona basta para entender el nombre: hombres que deambulan a paso medio, en silencio, casi en automático, y que vuelven a perderse entre la vegetación. El voyerismo, admite el reportaje, es tan rutinario como inevitable. Y la cifra diaria,
cerca de cien personas, da una idea de la escala del fenómeno.
Robos, palizas y ETS: los riesgos que asumen los practicantes
El reportaje no ofrece estadísticas de criminalidad ni de salud pública. Ofrece testimonios. Los propios practicantes describen sustos, robos y agresiones, además de infecciones, como parte del precio del formato. La derivada sanitaria es la parte menos amable: varios mensajes del hilo señalan que el tratamiento de estas infecciones acaba recayendo en el sistema público, y el texto deja caer que la exposición a ETS es continua.
Hay también quien pone el acento en las molestias para el resto. Ciclistas y paseantes habituales describen encuentros inesperados al desviarse de las rutas principales, y varias respuestas insisten en el estado en que queda el terreno, con residuos sanitarios entre la maleza. Se cita incluso a quien llega en bici sin saberlo y se encuentra con la escena.
La zona, en cualquier caso, sigue llena. Ni el riesgo de agresión ni el sanitario parecen funcionar como disuasión.
Quién va: de los 30 a los 75 años, casados, solteros y jubilados
El retrato que traza el reportaje es variado hasta lo previsible. Estudiantes, trabajadores, desempleados, pensionistas, solteros y casados. El caso que más llama la atención es el de un hombre de
75 años, dos nietos y camiseta polo rosa, que acude cada mañana en coche desde que se jubiló, hace once años. Define el lugar como un
expositorio de carne y se considera respetuoso porque no hace insinuaciones, aunque tampoco las rechaza.
Aparecen también perfiles más jóvenes, como un treintañero que explica sus propias tácticas para llamar la atención en la zona. Y está el fixer que guio a los periodistas: un latinoamericano de 30 años, practicante ocasional, que pidió no ser identificado para evitar el estigma.
Las edades y las ocupaciones rompen el estereotipo del adolescente curioso. Aquí hay de todo. El anonimato, señalan, es la mitad del pacto.
¿Por qué resurge el cruising si existen aplicaciones de contactos?
Una de las explicaciones que circula apunta a la fatiga de las aplicaciones: publicidad intrusiva, perfiles que no se corresponden con la realidad y plataformas que monetizan cada función nueva. Frente a la foto retocada, el encuentro presencial ofrece verificación inmediata.
El argumento tiene su lógica económica. Las aplicaciones cobran por visibilidad y por prestaciones que antes eran gratuitas, y quien no paga queda en un segundo plano. Eso empuja a parte de la demanda fuera de la pantalla, donde el coste es cero y el filtro es la mirada. Hay quien sostiene que el fenómeno nunca desapareció, solo cambió de escenario.
La reacción: rechazo moral, dudas sobre el reportaje y espacio público
Las respuestas al reportaje se dividen con nitidez. Una parte de la audiencia lo lee como una muestra más de degradación moral y reclama presencia policial y sanciones: si no se puede montar un mercadillo sin licencia, argumentan, tampoco debería tolerarse esto. Otra parte cree que el texto señala con el dedo a un colectivo y recuerda que la conducta no es exclusiva de una orientación sexual, sino de un comportamiento masculino concreto; donde hubiera demanda femenina equivalente, sostienen, habría un fenómeno comparable.
Entre medias aparece una crítica al propio medio. Hay quien califica el reportaje de publirreportaje por detallar la ubicación exacta, y quien responde que el artículo no tiene nada de homófobo y se limita a informar de algo que ocurre a la vista de todos. No falta el paralelismo con la prostitución y los cines para adultos: prácticas antiguas, tratadas con distinto rasero según quién las ejerza.
La salida más repetida es higienista y poco romántica: trasladar la actividad a saunas y espacios cerrados, donde la limpieza y la privacidad están garantizadas y el resto de paseantes no se topa con nada.
Viruela del mono: el vínculo que parte del público da por hecho
El vínculo con la viruela del mono aparece en muchas intervenciones casi como un hecho probado, y de ahí salta el reproche a los medios por haber rebajado el asunto para no estigmatizar. El material no aporta ningún dato epidemiológico que sostenga esa asociación. Una coincidencia temporal no es una relación causal, y la salud pública se maneja con series y estudios, no con titulares cruzados.
Queda la pregunta inicial: ¿se puede cuantificar algo que nadie declara? No. El único recuento disponible es el de un reportaje, y la estadística más firme es la de residuos que se encuentra quien pasea por allí. Madrid presume de pulmón verde; el pulmón tiene sus propias costumbres y ningún ayuntamiento le pone contador.