250 dólares por un número para cenar con una creadora de contenido
¿Cuánto vale una cena sin sexo? Una creadora de contenido ha puesto precio a la respuesta: 250 dólares por boleto en un sorteo cuya cena se celebra con ella y en el que, según sus propias condiciones, no hay opción de sexo. El asunto ha circulado como un caso de manual sobre la llamada economía de la atención y ha dejado un reguero de cuentas: 250 dólares el número, pago por transferencia y aviso del ganador cuando se vendan todos. La cifra no es casual. Es exactamente el punto en el que una parte del público deja de discutir si el producto tiene valor y empieza a discutir quién paga por él.
Qué incluye el sorteo y qué no
El planteamiento es sencillo y por eso escuece. Se compra un número, se transfiere el dinero y se espera. La cena no va incluida en el precio del boleto, según se desprende de las condiciones que se comentan, y el encuentro se publicita como una conversación sin índole sexual. La contradicción salta a la vista: el mismo anuncio que promete una velada sin segundas intenciones se acompaña de una fotografía en la que el cuerpo ocupa el encuadre y la cara no. Esa asimetría entre el texto y la imagen es el corazón del asunto, y explica por qué el caso ha dejado de ser una anécdota para convertirse en un pequeño laboratorio de cómo se monetiza la atención.
Hay quien sostiene que el sorteo es una rifa encubierta con un premio que no se puede verificar de antemano: ni notario, ni acta, ni lista pública de compradores. El comprador paga por fe. Y la fe, en este mercado, cotiza alto.
El cálculo del comprador: 250 dólares frente al mercado
La discusión derivó rápido hacia la comparación de precios. Con 250 euros, se argumenta, se accede a varios encuentros en el circuito comercial, y en algunas zonas el precio de referencia por media hora se sitúa entre 60 y 90 euros según el establecimiento. El diferencial es abrumador: el boleto del sorteo no compra compañía, compra una probabilidad. La probabilidad, además, no está cuantificada. Nadie sabe cuántos números se venden, así que el comprador no puede calcular su esperanza matemática. Es una lotería sin reglamento visible.
El cálculo completo, con el desglose de precios por zona y por formato, da una diferencia que sorprende incluso a quien creía tener el mercado interiorizado.
La burbuja de la demanda: por qué sube el precio
La explicación más repetida no apunta a la oferta, sino a la demanda. La mitad de la población mundial tiene lo que aquí se vende, así que no hay escasez de oferta. El problema, se argumenta, es que una parte de la otra mitad está dispuesta a pagar cantidades crecientes por una atención que en el mercado ordinario se obtiene gratis. De ahí la tesis de la burbuja: no es una burbuja de oferta, es de demanda, y como toda burbuja de demanda se sostiene mientras alguien esté dispuesto a comprar el siguiente boleto.
La crítica se dirige menos a quien vende y más a quien compra. Se sostiene que el sorteo no crea el fenómeno, lo visibiliza: si no hubiera compradores, no habría rifa. Y ahí entra el matiz incómodo. Buena parte de los mensajes más duros no van contra la creadora, sino contra los que pagan, a los que se acusa de alimentar un mercado que luego se quejan de sufrir.
El contraargumento: si hay quien paga, el precio es correcto
No todo el mundo lo ve como una estafa. La posición más pragmática es que un precio es correcto cuando alguien lo paga, y que quien organiza el sorteo no hace nada distinto a lo que hace cualquier marca cuando lanza una edición limitada. Si el producto no tuviera demanda, el sorteo se quedaría vacío. La discusión, desde este ángulo, no es moral sino de eficiencia: el mercado asigna el recurso escaso, que aquí no es el encuentro sino la atención.
En contra pesa un argumento que no se resuelve con teoría de precios: el comprador no sabe qué compra. No hay contrato, no hay garantía de que la cena se celebre, no hay mecanismo de devolución. La asimetría de información es total. Y en un sorteo sin regulación, la única protección del comprador es la reputación del vendedor, que en este caso es también el producto.
La asimetría de la foto: texto sin sexo, imagen con intención
El detalle que más ha circulado es el contraste entre el mensaje y la imagen. El texto dice que no hay opción de sexo; la fotografía, según quienes la han visto, muestra el trasero y los muslos y deja la cara fuera del encuadre. La pregunta que se repite es elemental: si el encuentro es una convivencia sin índole sexual, ¿por qué se publicita con una imagen que sugiere lo contrario? La respuesta más cínica es que la imagen no vende el encuentro, vende el boleto. Y el boleto se vende mejor con ambigüedad que con claridad.
El sorteo sigue su curso y el ganador se conocerá, si se conoce, cuando se vendan todos los números. Para entonces el comprador habrá pagado 250 dólares por una conversación, una cena aparte y la posibilidad remota de que la química haga el resto. La química, como el sorteo, no admite reclamaciones.