La gente no sale a la calle: apatía, demografía o miedo
La gente no sale a la calle. Y no es que no haya motivos: es que no cree que sirvan de nada. La media de edad del país supera los 49 años, y cerca de la mitad de la población es extranjera. Con esas cifras, la capacidad de movilización es más un deseo que un plan.
El dato que lo explica todo
La demografía juega en contra de cualquier convocatoria masiva. Con una media de edad cercana a los 49 años, el grueso de la población ha pasado de la indignación al escepticismo. Y cuando se añade que la mitad son extranjeros, la ecuación se vuelve aún más compleja: muchos no tienen lazos con las reivindicaciones locales, o están en situación vulnerable por su estatus legal.
Las terrazas llenas y las calles vacías
La paradoja es evidente: mientras las terrazas están llenas y las celebraciones deportivas sacan a miles, las manifestaciones económicas no reúnen a nadie. Hay quien sostiene que es una cuestión de prioridades: la gente sale para el ocio, no para el conflicto. También hay quien apunta al miedo a una represión selectiva, o que la indignación ya no se canaliza en la calle, sino en las redes sociales.
Los motivos de fondo
La crítica es demoledora: se protesta por el ático de una presidenta autonómica, pero no por el saqueo de lo público. Los sindicatos, tachados de corruptos, esperan directrices en lugar de liderar. Y mientras tanto, los discursos más extremos hablan de planes perfectamente orquestados y de traición en el Ejército y el Gobierno. Esa deriva conspirativa hace aún más difícil construir una movilización creíble.
La cuestión no es si la gente saldrá: es que cuando lo hace, suele ser por razones que nada tienen que ver con la economía. Hasta que las terrazas no se llenen de indignación, las calles seguirán vacías. O quizá el problema es que, como dice una de las voces más escépticas, ¿tú no eres gente?: la protesta empieza en uno mismo.