Puente, acusado de racismo: el PSOE y la bula que no se autocrítica
Nada une más a la derecha española que un ministro socialista y un desplante verbal. La última polémica la protagoniza Óscar Puente, ministro de Transportes, con un calificativo de connotaciones raciales dirigido a Alvise Pérez y Santiago Abascal. El término, que circula en redes desde primera hora, reabre el debate sobre el doble rasero en la lucha contra el discurso del odio.
El PSOE ha hecho de la lucha contra el racismo una bandera transversal. De ahí la sorpresa: un miembro del Ejecutivo, que además controla una cartera estratégica, saliendo con un apelativo que muchos consideran un insulto directo al color de piel de sus rivales políticos. La oposición, lógicamente, ha montado en cólera. Pero la pregunta incómoda no es si Puente se equivocó, sino si le pasaría lo mismo a un dirigente de Vox o del PP. La respuesta, para una parte significativa del análisis, es no.
El doble rasero del discurso del odio
Hay quien sostiene que la izquierda española goza de una suerte de impunidad histórica: puede llamar "fascistas" a sus adversarios, coquetear con la deshumanización y salir indemne. Mientras tanto, cualquier exabrupto de la derecha se convierte en delito de odio. El caso Puente encaja perfectamente en esa tesis: si la frase la hubiera pronunciado Abascal, no habría día en que no ocupara portadas.
La ironía es que el propio PSOE ha impulsado leyes contra los delitos de odio y ha convertido la corrección política en seña de identidad. La contradicción es difícil de explicar sin hablar de cachet electoral: la base progresista, se argumenta, no castiga estos exabruptos mientras sean contra la derecha. Al contrario, los aplaude.
¿Y ahora qué?
El ministerio de Transportes no ha emitido un comunicado oficial hasta el momento. La presión sobre Puente crece, pero la historia tiene un recorrido limitado: la izquierda no va a purgar a uno de sus pesos pesados por un exabrupto que su electorado ni siente ni padece. La derecha, por su parte, ha encontrado el ejemplo perfecto para ilustrar la hipocresía del adversario.
Queda la duda razonable: si el escándalo se midiera con el mismo termómetro que se aplica a otros, ¿seguiría Puente en el Consejo de Ministros? La pregunta seguirá sin respuesta mientras los estándares morales sigan siendo de doble dirección.