El zasca de Puente a Díez que las cifras de pasajeros desmienten
Oscar Puente ha vuelto a utilizar Twitter con el tono que le caracteriza. El ministro de Transportes respondía esta semana al economista José Carlos Díez con un calificativo que no reproduce la prensa seria, después de que este criticara la política aeroportuaria del Gobierno. El motivo: la marcha de Ryanair de un aeropuerto y su sustitución por Vueling. Puente lo vendía como un éxito. Los datos que circulan apuntan a lo contrario.
Según las cifras manejadas, en 2023 la ruta operada por Ryanair movió 209.000 pasajeros. Tras el cambio de compañía, la cifra cayó a 87.500 en 2025. El ministro presumía de un crecimiento del 49% en julio, pero el acumulado del año sigue muy lejos de las cifras anteriores: en los primeros siete meses de 2026 apenas se superan los 60.000 viajeros. Proyectando la tendencia, el año cerraría en torno a los 110.000, un 45% menos que en 2023.
¿Éxito o maquillaje estadístico?
La trampa del argumentario de Puente es la misma de siempre: comparar con el año inmediatamente anterior, que ya fue malo. Un crecimiento del 49% sobre una base hundida no devuelve el tráfico perdido. Es la diferencia entre decir que un enfermo ha subido de 10 a 15 grados de fiebre y afirmar que se ha curado porque la fiebre aumenta un 50%. Los cálculos completos, partida a partida, han circulado con el intercambio y dejan en evidencia la operación de imagen.
El frente de las subvenciones: quién cobra y quién no
Otro de los puntos abiertos es el de las ayudas públicas. Desde el entorno crítico se sostiene que Vueling recibe subvenciones del Gobierno español, mientras Ryanair no. La defensa de esa tesis choca con la normativa europea: las ayudas directas a aerolíneas están muy limitadas; existen mecanismos de apoyo para rutas no rentables con requisitos que Ryanair, según varias lecturas, no cumple al negarse a operar en determinadas condiciones. La cuestión queda abierta porque cada parte interpreta la regulación a su manera.
Un ministro que tuitea como un influencer y el coste institucional
Más allá de la anécdota, el episodio reabre la cuestión del comportamiento de los cargos públicos. Insultar a un economista desde la cuenta oficial de un ministerio no es una estrategia de comunicación, es una señal de degradación de la vida pública. Algunas lecturas lo comparan con prácticas de regímenes autoritarios donde el poder no responde con datos, sino con descalificación. El problema no es que un político critique a un analista; es que lo haga con el lenguaje de la tasca y con cifras que no resisten el contraste.
El episodio deja dos moralejas. La primera: en política aeroportuaria, los anuncios triunfalistas duran lo que tarda un auxiliar de vuelo en colocar el equipaje. La segunda: un ministro que confunde récord con recuperación y encima se burla de quien le enseña la hoja de cálculo, no debería extrañarse de que los ciudadanos desconfíen de los datos oficiales. La próxima vez que celebre un éxito, que mire los números de antes. Y los de después.