El «puntomuertismo»: bajar cuestas sin marcha no ahorra y frena peor
Bajar una cuesta con el coche en punto muerto parece la jugada más obvia para gastar menos. La mecánica dice justo lo contrario. Con una marcha engranada y el pie fuera del acelerador, un motor de inyección moderno no quema nada; en punto muerto, sigue girando al ralentí y devora
entre 0,5 y 0,8 litros por hora. La costumbre, bautizada como
puntomuertismo, se extiende por cualquier calle con pendiente y ya ha costado algún susto en la puerta de un garaje: un vehículo apuró la frenada durante más de diez metros sin lograr detenerse y acabó empotrado contra el coche de una vecina que arrancaba, según el relato de un residente de la zona.
La calle en cuestión mide unos
500 metros, tiene pendiente pronunciada y desemboca en una carretera general que también baja. Desde hace al menos medio año, quien lo observa cuenta que cada vez más turismos, furgones y camiones la bajan sin marcha metida. El motivo que se les supone es el
ahorro. El resultado, un problema de seguridad que no depende del precio del carburante.
¿Por qué bajar en punto muerto alarga la frenada?
Sin marcha engranada, el coche avanza por pura inercia y el único freno disponible es el pedal. Con una marcha metida entra en juego el
freno motor: las ruedas arrastran al motor y esa resistencia retiene el vehículo sin tocar los frenos. Quien lo tiene interiorizado frena antes, con más margen y casi de forma refleja. Quien baja
a vela confía todo a las pastillas, que soportan el trabajo completo en una pendiente larga.
Ese trabajo tiene un límite. El uso continuado de los frenos en descenso los calienta y puede llevar al
fading, la pérdida progresiva de mordiente. El caso más extremo que se plantea no es un turismo, sino una autocaravana de
3.500 kilos con un remolque de
500 bajando un puerto de montaña. En punto muerto, la duda deja de ser cuánto se ahorra y pasa a ser si se llega abajo con frenos. En un vehículo pesado, la retención con marcha corta no es un extra: es el sistema de frenado principal.
El ahorro que no existe: consumo cero con marcha engranada
El malentendido de fondo está en creer que un motor relajado gasta menos. En los motores de inyección modernos ocurre al revés: cuando el coche rueda con una marcha engranada y el acelerador suelto, la centralita corta la inyección por encima de unas
1.500 revoluciones. El motor gira arrastrado por las ruedas y el consumo cae a cero. La retención no solo no cuesta nada: es gratis.
Al ralentí, en cambio, hay que mantener la combustión para que el motor no se cale. De ahí el gasto que registra cualquier ordenador de a bordo con el coche parado. Hay quien lo comprueba a diario en un Toyota con motor D4D: bajando con una marcha engranada y sin pisar el acelerador, no entra ni una gota de combustible. El asociado al ralentí se mide en litros por hora, no por kilómetro recorrido, y esa es la clave que desmonta el supuesto ahorro. Bajar en punto muerto gasta.
De apaño de crisis a función de fábrica
La idea no es nueva. La conducción
a vela, aprovechar la inercia con el motor desacoplado, lleva años en el manual de los hiperconductores, esos que exprimen cada depósito hasta la última gota. Lo llamativo es que haya dejado de ser una ocurrencia de aficionados. Algunos cambios automáticos incorporan ya una función de planeo que desacopla la transmisión y deja el motor al ralentí cuando la electrónica detecta que la inercia basta para mover el coche. El truco del ahorro aterriza en la mecánica de serie.
La diferencia es que la función de fábrica se activa sola, con criterio, y se desactiva en cuanto se pisa el freno o el acelerador. El punto muerto manual no tiene esa red de seguridad. Se decide a ojo, con el tráfico alrededor y la pendiente por delante. Y ahí el margen de error se paga en chapa.
Ocho kilómetros cuesta abajo y camiones sin frenos
Hay tramos donde la tentación es máxima. Un descenso de
8 kilómetros entre La Laguna y Santa Cruz de Tenerife se presta a bajar sin tocar el motor, y hay conductores que lo hacen cada mañana para rascar litros. En camiones, la cosa se vuelve directamente temeraria: la masa multiplica el problema y los frenos son el único recurso disponible.
No es una exageración de taller. Hace décadas, transportistas que movían mármol entre localidades extremeñas y levantinas bajaban puertos enteros en punto muerto con la cabeza tractora y un remolque largo e inestable detrás. Algunos incluso soltaban el volante en plena pendiente. La anécdota la cuenta quien viajó de paquete en aquellos camiones entre 1979 y 1980, y sirve para algo: el punto muerto cuesta abajo no es una moda reciente, es un vicio viejo que cada crisis recicla.
Entretanto, los coches siguen bajando la cuesta. El argumento técnico, cero consumo con marcha engranada, más control y menos desgaste, está sobre la mesa desde hace años. Y aun así hay quien sigue soltando la palanca al ver la pendiente. ¿Cuánto tiene que subir el precio del carburante, o cuántos golpes hacen falta en la puerta de un garaje, para que la costumbre cambie de una vez?