La violencia política se normaliza en las calles
Un periodista agredido por un grupo de cinco personas. Un acto de Vox impedido en Pamplona. Un partido que exige libertad para dos de los seis de Zaragoza. La secuencia no es una película: es el material con el que se ha construido un relato que estos días circula con la etiqueta de «violencia antifascista» y que ha convertido la calle en un tablero donde cada bando se atribuye la condición de víctima.
El detonante, según el material que ha circulado por redes y foros, es la agresión a un periodista que cubría un acto de Vox. La respuesta de la formación de Santiago Abascal no se hizo esperar: «Si España tuviese una democracia sana no deberíamos estar en Zaragoza, exigiendo la libertad de 2 de los 6 de Zaragoza, por antifascistas», publicaba el partido en su cuenta oficial. La frase, que mezcla la exigencia de libertad para dos personas con la denuncia de la violencia, ha sido leída por unos como una prueba de la deriva autoritaria del Gobierno y por otros como un intento de capitalizar el incidente.
El relato de la «violencia antifascista»
La tesis que recorre buena parte de los mensajes es que existe una violencia organizada desde la izquierda que actúa con impunidad. «Los guarros atacan incluso a un periodista y no pasa nada, la inmensa mayoría de medios lo ignora», sostiene un participante. La acusación se extiende a los medios de supuesta derecha, a los que se reprocha no aprovechar mediáticamente el incidente. En el otro extremo, hay quien recuerda que la violencia no es patrimonio de un solo bando y que «en otros tiempos donde había libertad para dar ostias estaban los guerrilleros de cristo rey y compañía».
El intercambio de acusaciones tiene un eco histórico que varios mensajes subrayan. «En España se está fraguando una repetición aumentada y corregida de la de hace 90 años», advierte un análisis. La comparación con los años treinta no es inocente: se cita el dicho de que «el pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla» y se describe una escalada que empieza con discusiones, sigue con insultos y amenazas, y acaba «a navajazos, tiros y...». La tormenta perfecta, añaden, requiere «una crisis económica de verdad y el abandono total del castigo de los delincuentes».
La estrategia de la tensión
Una de las claves que se repite es que la tensión interesa a ambos lados. «Les conviene que haya tensión para intentar convencer a sus votantes menos subnormales de que la derecha está ahí con su violencia», señala un mensaje. La idea de que el conflicto callejero es funcional a las estrategias electorales aparece en varios puntos del intercambio, aunque con signos opuestos: unos creen que beneficia a la izquierda movilizar el miedo al fascismo; otros, que la derecha rentabiliza el miedo a la inseguridad.
En ese contexto, el episodio de la agresión al periodista se convierte en un símbolo. «Unos pocos mueren en la cruz para que el resto, radicales y amebas, se arrastren durante toda su miserable vida», escribe un participante, en una frase que resume la mezcla de martirio y desprecio que atraviesa el hilo. La referencia a los «radicales y amebas» como mayoría silenciosa que se deja arrastrar por minorías activas es otro de los lugares comunes que aparecen.
El aborto y la oficina de Vox: 60.000 euros de dinero público
El hilo también recoge la polémica por la oficina antiaborto que Vox ha abierto con cargo a fondos públicos. «60 mil pavos de dinero público se va a llevar una señora de Vox por poner su nombre en una oficina antiaborto», denuncia un mensaje que acompaña la noticia de que el local ha amanecido pintado en Halloween. La cifra, repetida en varios mensajes, se usa como ejemplo de lo que se considera un uso partidista de recursos públicos.
La discusión sobre el aborto se cruza con la violencia callejera cuando se compara la reacción institucional ante unos hechos y otros. «El aborto debe ser un derecho, libre y gratuito, señores del siglo XIX», añade el mismo mensaje, que sitúa la disputa en el terreno de los derechos civiles. La mezcla de temas —aborto, violencia, financiación pública— ilustra hasta qué punto el hilo funciona como una caja de resonancia de la actualidad política.
¿Qué papel juegan los medios y las redes?
La crítica a los medios es transversal. Por un lado, se acusa a la izquierda de ignorar la violencia que no le conviene. Por otro, se reprocha a los medios de derecha no amplificar lo suficiente los incidentes que les perjudican. «La inmensa mayoría de medios lo ignora e incluso los medios de supuesta derecha no lo aprovechan mediáticamente», se queja un participante. La queja tiene un correlato en la desconfianza hacia las redes sociales, donde se denuncia la existencia de cuentas coordinadas y bots que amplifican unos relatos y silencian otros.
En ese ecosistema, la figura del periodista agredido se convierte en un caso límite. «Hombre, le han pegado entre 5 a un periodista indefenso», ironiza un mensaje que cita textualmente la noticia. La ironía no oculta la gravedad: la agresión a un profesional de la información es el tipo de episodio que, en otras circunstancias, uniría a todo el arco parlamentario. Aquí, en cambio, se ha convertido en material para la disputa partidista.
El fantasma de la guerra civil
La comparación con los años treinta no es una exageración aislada. Varios mensajes la desarrollan con detalle. «Es como la disputa entre colegiales, se empieza discutiendo, luego se insulta, injuria y se amenaza, después se empujan y acaban a navajazos, tiros y...», escribe un participante. La secuencia, que describe una escalada inevitable, se presenta como una advertencia más que como una predicción. «Ojalá me equivoque», añade el mismo mensaje.
Otros mensajes son menos cautos. «En cuanto haya un par de fiambres... guerra otra vez», sentencia un participante. La referencia a los «fiambres» —muertos— como el punto de no retorno es una de las frases más repetidas del hilo. La idea de que la violencia política solo se detiene cuando hay víctimas mortales es, quizá, el diagnóstico más pesimista que se puede extraer de la conversación.
¿Qué está pasando en las calles?
La pregunta que sobrevuela todo el hilo es si la violencia política es un fenómeno creciente o un episodio puntual amplificado por las redes. Los datos disponibles en el material no permiten una respuesta concluyente: no hay cifras oficiales de agresiones, ni series históricas, ni informes de organismos independientes. Lo que hay son testimonios, tuits y percepciones. «La señora de 60 años no vota a VOX porque ve vídeos de Vito Quiles, vota a VOX porque ahora tiene miedo de salir por determinadas calles», sostiene un mensaje que intenta explicar el giro electoral por la inseguridad percibida, no por la propaganda.
Esa percepción, real o inducida, es la que alimenta la tensión. Y la tensión, como reconocen varios mensajes, es el negocio de unos y el rédito de otros. «Es obvio la estrategia, nos conviene que haya tensión», escribe un participante. La frase, que podría ser una confesión o una provocación, resume el clima: nadie quiere la violencia, pero a nadie le disgusta del todo que exista.
¿Cuánto de esta espiral es real y cuánto es relato interesado? La respuesta, como casi siempre, depende de a quién se le pregunte. Lo que no admite discusión es que la calle se ha convertido en el escenario donde se dirimen batallas que deberían resolverse en las urnas.