Podemos jalea en las calles la kale borroka contra Vito Quiles
Ione Belarra y Irene Montero han convertido un acto fallido en Pamplona en un punto de no retorno. La secretaria general de Podemos escribió que los antifascistas han hecho más por pararle los pies al odiador Vito Quiles que todo el PSOE, incluida la presidenta del Congreso. Montero fue más lejos: el movimiento antifa, lleno de jóvenes, asume el principal deber ciudadano de nuestro tiempo, hacer de las universidades y las calles espacios seguros libres de fascismo. El mensaje no es una opinión suelta. Es una línea política.
El desencadenante fue un acto de Vito Quiles en el campus de la Universidad de Navarra que terminó con un periodista de El Español agredido por radicales, según la versión publicada por ese medio. A partir de ahí, el asunto dejó de ser una trifulca y se convirtió en un pulso sobre quién puede hablar en la calle y quién decide a quién se le para.
Qué pasó en el campus de la Universidad de Navarra
El director de El Español, Pedro Jota, cargó contra el Gobierno tras la agresión a su redactor José Ismael Martínez. Habló de una cacería, de una jauría humana lanzándose contra un joven periodista en cumplimiento de su deber constitucional, y de matones encapuchados actuando dentro de un recinto universitario. La pregunta que lanzó al Ejecutivo de Sánchez quedó sin respuesta pública en el material disponible.
La versión que circuló desde el otro lado fue distinta. Se difundió que cientos de jóvenes se organizaron en Iruñea y que el propio Quiles se inventó bulos para justificar no presentarse. El cierre de un programa de Canal Red lo resumió con una frase que se repite: gracias Navarra por recordarle no solo a Vito Quiles que no pasará, sino a todos los políticos de este país que ni con Quiles ni con ningún fascista se compadrea, se les calla, se les echa de nuestros barrios.
Hay un detalle que conviene no perder de vista. Pablo Echenique, en el mismo medio, calificó las pequeñas demostraciones de fuerza de la minoría facha en la juventud como un hobby cayetano, no como un movimiento político. Es decir: para unos es el retorno de los años de plomo; para otros, una pandilla de niños bien.
La izquierda que no compadrea y la que sí
Belarra apuntó directamente a Gabriel Rufián. Le mandó un mensaje a cierta izquierda que no compadree con Vito Quiles y lamentó que las medidas tomadas en el Congreso no hayan servido. Todavía tenemos a gente de izquierdas que se dedican a lavarle la cara y reírle las gracias, dijo. La frase tiene destinatario y tiene consecuencia: quien no aplauda la estrategia queda fuera del marco.
Ese marco es el que más incomoda a una parte del electorado natural de la izquierda. El argumento que se repite es económico antes que moral: si la izquierda lleva dos décadas luchando por causas ajenas a su base electoral, el trabajador varón español acaba preguntándose por qué debería apoyar un discurso que no menciona sus problemas. No es una tesis marginal. Es la que explica por qué Vox crece donde antes gobernaba el PSOE.
El precedente que nadie quiere repetir
La comparación con la kale borroka aparece una y otra vez. Un participante recuerda que quemaban contenedores y autobuses en pleno centro de San Sebastián cada poco, y que llegó una legislación dura y se terminó en dos tardes. Su conclusión es incómoda para ambos bandos: es cuestión de voluntad política, no de otra cosa.
Otros van más lejos y hablan de subcampeonato, de reedición del 39, de gente que azuza a las masas pero no arriesga su pellejo. La memoria histórica funciona aquí como advertencia y como amenaza. Y hay quien sostiene que el día que se abra la veda, la respuesta no vendrá de instituciones ni de tribunales.
El negocio de llamar fascista a todo
El diagnóstico más repetido es que el término fascista ha dejado de describir una ideología y ha pasado a designar cualquier cosa que no comulgue con el relato. Si cualquiera que no piense como ellos es fascista, aunque sea de izquierdas, el concepto se vacía y solo queda la coartada para la violencia. La consecuencia práctica es la que denuncian algunos: se cancelan actos vecinales por amenazas, se impide hablar a quien no toca y se normaliza que una turba decida quién tiene derecho a un espacio público.
La pregunta que queda abierta no es quién tiene razón sobre Vito Quiles. Es si una democracia puede permitirse que sus partidos jaleen a quienes impiden hablar a otros, o si eso es exactamente lo que llevaba escrito el libro que nadie quiere volver a leer.