El Rey León en VHS a 100 euros no se vende: el mercado no existe
En pleno 2022, los anuncios de cintas VHS del
Rey León a 100 euros se multiplicaron en Facebook Marketplace y Wallapop hasta parecer una tendencia consolidada. Basta una comprobación elemental para desmontarla: en esos mismos portales hay copias idénticas a 5 euros y a 50 céntimos que no encuentran comprador. La
venta de VHS antiguos a precios desorbitados no es un mercado: es un escaparate.
El relato se propaga más rápido que cualquier transacción real. Hasta el anuncio más comentado, el que pedía
50.000 euros por una cinta, se descarta de entrada como broma. Pero la versión pequeña —100 euros— es la que ha calado y la que sostiene la discusión.
¿Cuánto se paga de verdad por un VHS de segunda mano?
La respuesta corta es que prácticamente nada. Los precios publicados no son precios de venta, y esa distinción es la clave del asunto. Una lista larga de anuncios sin transacciones que los respalden no demuestra demanda: demuestra que publicar es gratis.
Quien defiende que hay negocio apunta a una excepción concreta: ediciones con la caja en buen estado, doblajes que ya no existen en DVD ni en Blu-Ray o copias de videoclub de los años 80. Esa franja sí tiene compradores. Pero es una rendija estrechísima dentro de un océano de cintas inservibles. El resto, por mucho que se anuncie, acumula polvo.
Las únicas cintas que pueden valer algo
El valor no está en la película —cualquiera se consigue hoy en mejor calidad— sino en el objeto. La edición pirateada, la que se editó al margen de las grandes distribuidoras, es la que más se cotiza. La cinta física con su pegatina original de videoclub, sin manoseo, multiplica su precio. Una copia de
Tiburón 3 en estuche de videoclub puede alcanzar los
100 euros.
Hay ejemplos que marcan dónde está el límite. Un anuncio de la película
Asesinos —no la de 1995— pide
490 euros en Todocolección, con el reclamo de «RAREZA TOTAL» en el título. La carátula, ilustración tipo juego de Spectrum, vende, pero no garantiza que alguien vaya a pagarlo. En el caso de
Mazinger, las seis cintas de videoclub con cuatro episodios cada una —con los doblajes de TVE— son objeto de deseo; en su día ya eran carísimas y pocos videoclubs tenían más de tres.
Hay otro motivo para el interés: buena parte del cine español de esas décadas solo existe en VHS o en DVD, y algunos proyectos de filmoteca digital buscan preservar una imagen que nadie va a volver a producir. Ese afán es real. El precio, bastante menos. El desglose completo de qué ediciones concretas se revalorizan da para una lista que no cabe aquí.
El problema físico: la cinta se degrada sola
Una cinta de hace 25 años metida en un reproductor de hace 25 años tiene muchas papeletas de no volver a salir. El soporte magnético se degrada por frío, calor, humedad y simplemente por el campo magnético terrestre. Una copia recién grabada ya partía de una calidad ínfima; con los años, la señal se va.
La experiencia va en esa dirección. Al recuperar cintas de principios de los 90 y pasarlas por un aparato rescatado del altillo, aparecen fallos de color, imágenes casi en blanco y negro y bandas de ruido sobre la imagen. Algunas aguantan. Muchas, no. Y el parque de reproductores en funcionamiento se reduce cada año.
Los precios de los 80: 150.000 pesetas por un vídeo
Aquí el dato que reordena toda la conversación. A principios de los 80, un vídeo doméstico costaba del orden de 150.000 pesetas, y un modelo Panasonic podía llegar a 180.000. El salario mínimo de mediados de esa década rondaba las 40.000 pesetas. Un reproductor equivalía a más de cuatro sueldos mínimos.
Con esa referencia, la nostalgia que sostiene los precios actuales tiene una base: el objeto fue carísimo. Una cinta Beta que se rompió dentro del aparato llegó a costar 30.000 pesetas en aquella época. Por eso hay quien ve en cada cinta un tesoro. El problema es que un objeto caro hace 40 años no tiene por qué valer nada hoy.
De la burbuja de los videojuegos al VHS inflado
La explicación más repetida es la imitación. El coleccionismo de videojuegos retro subió precios durante años, y algunos vieron la oportunidad de trasladar la jugada a las cintas. La escena que resume el fenómeno tiene a una compradora entrando en una tienda de videojuegos a preguntar si le compran sus VHS porque le han dicho que valen mucho.
Se parece más a la especulación pura: algo que no tiene valor se ofrece a un precio inflado con la esperanza de que otro pague. En eso, el VHS se comporta como cualquier activo sin respaldo.
Con estos mimbres, el misterio no es por qué se pide tanto por una cinta. El misterio es que, año tras año, siga habiendo quien confunda un anuncio con un precio.