LA ENDURA
Tengo un amigo que sabe mucho de los cátaros, y aun sospecho que sabe de ellos más de lo conveniente, porque hay saberes antiguos que, cuando se frecuentan demasiado, acaban tomando confianza con uno.
Mi amigo se llama Antonio, aunque esto importa poco, y cuando sucedió lo que voy a contar andaba cerca de los ochenta años. No tenía enfermedad que llevase nombre de santo ni de médico famoso, sino todas juntas y ninguna: cansancio por las mañanas, sueño después de comer, dolores que mudaban de sitio según el tiempo y una desgana general que él llamaba vejez porque algún nombre había que ponerle.
Había comido bien toda su vida, bebido cuando correspondía y también alguna vez cuando no correspondía, trabajado más de lo prudente y dormido menos de lo necesario. Es decir, había vivido como vive casi todo el mundo.
Una tarde vino a verme y me dijo:
—Voy a hacer la Endura.
Lo dijo igual que quien anuncia que va a pasar unos días a Lugo.
—¿Y eso qué es?
—No comer hasta que se acaba.
No quise preguntarle qué era exactamente lo que se acababa.
Antonio conocía muy bien el consolamentum, a los perfectos, las persecuciones de los cátaros y todas aquellas cosas de Occitania. Sostenía que la Endura no era exactamente un quitarse la vida, sino un asunto entre el alma y el cuerpo en el cual convenía que los demás no metiesen demasiado las narices.
Se encerró en una casa que tenía para pasar el verano y dejó de comer.
Bebía agua.
Nada más.
Yo iba a verlo cada pocos días, en parte por amistad y en parte porque nunca había conocido a nadie que hubiese decidido morirse por un procedimiento del siglo XIII.
La primera semana lo encontré muy débil.
—¿Qué tal?
—Bien.
—No tienes buena cara.
—Eso será porque la cara también está ayunando.
A los diez días estaba tan flaco que las orejas parecían habérsele hecho mayores. Caminaba despacio y se levantaba de la silla poniendo las dos manos en los brazos.
Yo pensé que los cátaros sabían lo que hacían.
Pero hacia el día quince ocurrió una cosa rara.
Antonio dejó de empeorar.
Y a la tercera semana ocurrió otra todavía más rara: empezó a mejorar.
Una mañana lo encontré barriendo.
—¿Qué haces?
—Había pole.
Era cierto que había pole, pero también era cierto que tres días antes aquel hombre necesitaba agarrarse a la mesa para levantarse.
Tenía ahora los ojos claros, la piel limpia y una viveza que yo no le recordaba desde hacía años. Continuaba extraordinariamente delgado, pero ya no parecía un enfermo. Parecía uno de esos viejos campesinos que pesan cincuenta kilos y todavía suben al castaño antes que los nietos.
Antonio tenía su explicación.
—Ya estoy pasando al otro lado.
—¿A qué otro lado?
—Al que decían los cátaros.
Yo le dije que antes de marcharse definitivamente al otro lado tuviese la bondad de esperar unos días, porque quizá lo que le estaba ocurriendo fuese menos celestial de lo que suponía.
El cuerpo, cuando deja de recibir comida, primero protesta, después negocia y finalmente abre despensas que llevaba muchos años sin visitar. Consume lo que tiene guardado, cambia de combustible y comienza una limpieza interior de la que hoy sabemos algunas cosas y de la que probablemente ignoramos muchas más.
Antonio escuchó atentamente.
—Lo que pasa es que me estoy purificando.
—Puede que sí. Lo que no sabemos es quién está haciendo la limpieza.
A los veintisiete días suspendió la Endura.
La razón fue bastante sencilla. Ya no quería morirse.
Me lo comunicó aquella tarde mientras caminábamos por el jardín. Y digo caminábamos porque yo, que había ido preparado para acompañar a un moribundo, tuve que pedirle que fuese más despacio.
—Esto se acabó —dijo.
—¿La Endura?
—Sí.
—¿Por qué?
Me miró como si la pregunta fuese bastante […].
—Porque ahora me encuentro perfectamente. Habría que ser poco sensato para cancelar precisamente cuando uno acaba de ponerse bueno.
Volvió a comer, aunque nunca volvió a comer como antes. Un poco de pescado, verduras, fruta, alguna sopa, aceite, pan en pequeña cantidad y vino cuando había motivo para abrir una botella, que según Antonio no era todos los días pero tampoco convenía ponerse fanático.
Decía que había aprendido una cosa que los antiguos conocían y nosotros habíamos olvidado: que el hombre necesita comer, pero quizá no necesita comer tanto ni tantas veces.
Después leyó cosas sobre la autofagia, las cetonas y hasta los telómeros. Le interesó especialmente esto último, porque hay quien estudia si ciertos estados metabólicos y ciertas restricciones alimentarias pueden influir en los mecanismos relacionados con el envejecimiento celular.
Antonio sostenía que sus telómeros habían debido de enterarse de la Endura y habían decidido ponerse a trabajar.
—¿Y cómo lo sabes?
—Porque tengo ochenta y cinco años y esta mañana he subido cuatro pisos sin ascensor.
Contra argumentos así es difícil discutir.
Sigue vivo.
Está delgado como una vara de avellano, camina deprisa, come poco y tiene esa irritante salud de algunos viejos que obliga a los jóvenes a preguntarse cuál de los dos está envejeciendo realmente.
De vez en cuando, cuando nos vemos, le recuerdo aquella temporada.
—Tú querías suicidarte como un cátaro.
Antonio siempre protesta.
—Eso fue porque yo había entendido mal la Endura.
—¿Y ahora la entiendes?
—Ahora sí.
Entonces suele quedarse un momento callado, porque Antonio concede mucha importancia a los silencios cuando está a punto de decir algo que considera definitivo.
—La Endura no servía para saber si estabas preparado para morir.
—¿Entonces?
—Servía para saber si todavía tenías motivos para vivir.
Y añade que quizá por eso era un sacramento.
Yo no sé si los cátaros hubieran estado de acuerdo.
Pero tampoco queda ninguno para preguntárselo.
H.V.
Tengo un amigo que sabe mucho de los cátaros, y aun sospecho que sabe de ellos más de lo conveniente, porque hay saberes antiguos que, cuando se frecuentan demasiado, acaban tomando confianza con uno.
Mi amigo se llama Antonio, aunque esto importa poco, y cuando sucedió lo que voy a contar andaba cerca de los ochenta años. No tenía enfermedad que llevase nombre de santo ni de médico famoso, sino todas juntas y ninguna: cansancio por las mañanas, sueño después de comer, dolores que mudaban de sitio según el tiempo y una desgana general que él llamaba vejez porque algún nombre había que ponerle.
Había comido bien toda su vida, bebido cuando correspondía y también alguna vez cuando no correspondía, trabajado más de lo prudente y dormido menos de lo necesario. Es decir, había vivido como vive casi todo el mundo.
Una tarde vino a verme y me dijo:
—Voy a hacer la Endura.
Lo dijo igual que quien anuncia que va a pasar unos días a Lugo.
—¿Y eso qué es?
—No comer hasta que se acaba.
No quise preguntarle qué era exactamente lo que se acababa.
Antonio conocía muy bien el consolamentum, a los perfectos, las persecuciones de los cátaros y todas aquellas cosas de Occitania. Sostenía que la Endura no era exactamente un quitarse la vida, sino un asunto entre el alma y el cuerpo en el cual convenía que los demás no metiesen demasiado las narices.
Se encerró en una casa que tenía para pasar el verano y dejó de comer.
Bebía agua.
Nada más.
Yo iba a verlo cada pocos días, en parte por amistad y en parte porque nunca había conocido a nadie que hubiese decidido morirse por un procedimiento del siglo XIII.
La primera semana lo encontré muy débil.
—¿Qué tal?
—Bien.
—No tienes buena cara.
—Eso será porque la cara también está ayunando.
A los diez días estaba tan flaco que las orejas parecían habérsele hecho mayores. Caminaba despacio y se levantaba de la silla poniendo las dos manos en los brazos.
Yo pensé que los cátaros sabían lo que hacían.
Pero hacia el día quince ocurrió una cosa rara.
Antonio dejó de empeorar.
Y a la tercera semana ocurrió otra todavía más rara: empezó a mejorar.
Una mañana lo encontré barriendo.
—¿Qué haces?
—Había pole.
Era cierto que había pole, pero también era cierto que tres días antes aquel hombre necesitaba agarrarse a la mesa para levantarse.
Tenía ahora los ojos claros, la piel limpia y una viveza que yo no le recordaba desde hacía años. Continuaba extraordinariamente delgado, pero ya no parecía un enfermo. Parecía uno de esos viejos campesinos que pesan cincuenta kilos y todavía suben al castaño antes que los nietos.
Antonio tenía su explicación.
—Ya estoy pasando al otro lado.
—¿A qué otro lado?
—Al que decían los cátaros.
Yo le dije que antes de marcharse definitivamente al otro lado tuviese la bondad de esperar unos días, porque quizá lo que le estaba ocurriendo fuese menos celestial de lo que suponía.
El cuerpo, cuando deja de recibir comida, primero protesta, después negocia y finalmente abre despensas que llevaba muchos años sin visitar. Consume lo que tiene guardado, cambia de combustible y comienza una limpieza interior de la que hoy sabemos algunas cosas y de la que probablemente ignoramos muchas más.
Antonio escuchó atentamente.
—Lo que pasa es que me estoy purificando.
—Puede que sí. Lo que no sabemos es quién está haciendo la limpieza.
A los veintisiete días suspendió la Endura.
La razón fue bastante sencilla. Ya no quería morirse.
Me lo comunicó aquella tarde mientras caminábamos por el jardín. Y digo caminábamos porque yo, que había ido preparado para acompañar a un moribundo, tuve que pedirle que fuese más despacio.
—Esto se acabó —dijo.
—¿La Endura?
—Sí.
—¿Por qué?
Me miró como si la pregunta fuese bastante […].
—Porque ahora me encuentro perfectamente. Habría que ser poco sensato para cancelar precisamente cuando uno acaba de ponerse bueno.
Volvió a comer, aunque nunca volvió a comer como antes. Un poco de pescado, verduras, fruta, alguna sopa, aceite, pan en pequeña cantidad y vino cuando había motivo para abrir una botella, que según Antonio no era todos los días pero tampoco convenía ponerse fanático.
Decía que había aprendido una cosa que los antiguos conocían y nosotros habíamos olvidado: que el hombre necesita comer, pero quizá no necesita comer tanto ni tantas veces.
Después leyó cosas sobre la autofagia, las cetonas y hasta los telómeros. Le interesó especialmente esto último, porque hay quien estudia si ciertos estados metabólicos y ciertas restricciones alimentarias pueden influir en los mecanismos relacionados con el envejecimiento celular.
Antonio sostenía que sus telómeros habían debido de enterarse de la Endura y habían decidido ponerse a trabajar.
—¿Y cómo lo sabes?
—Porque tengo ochenta y cinco años y esta mañana he subido cuatro pisos sin ascensor.
Contra argumentos así es difícil discutir.
Sigue vivo.
Está delgado como una vara de avellano, camina deprisa, come poco y tiene esa irritante salud de algunos viejos que obliga a los jóvenes a preguntarse cuál de los dos está envejeciendo realmente.
De vez en cuando, cuando nos vemos, le recuerdo aquella temporada.
—Tú querías suicidarte como un cátaro.
Antonio siempre protesta.
—Eso fue porque yo había entendido mal la Endura.
—¿Y ahora la entiendes?
—Ahora sí.
Entonces suele quedarse un momento callado, porque Antonio concede mucha importancia a los silencios cuando está a punto de decir algo que considera definitivo.
—La Endura no servía para saber si estabas preparado para morir.
—¿Entonces?
—Servía para saber si todavía tenías motivos para vivir.
Y añade que quizá por eso era un sacramento.
Yo no sé si los cátaros hubieran estado de acuerdo.
Pero tampoco queda ninguno para preguntárselo.
H.V.
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