El final de El tercer hombre y la música que lo hizo inmortal
¿Qué tiene el plano final de El tercer hombre para seguir emocionando décadas después? El clásico con Orson Welles cierra con Joseph Cotten plantado en un camino de Viena mientras la mujer a la que ama le ignora y desaparece entre los árboles. No hay artificio: solo la brisa, las hojas y la certeza de que no hay vuelta atrás. Esa escena, con la cítara de Anton Karas o sin ella, condensa un cine que ya no se hace.
Parte del hechizo es la música. La banda sonora de Karas se volvió mítica hasta el punto de que algunos sostienen que se apropió de la película. Otros, en cambio, defienden que el plano final funcionaría igual en silencio, con el simple sonido de las pisadas. Es un falso dilema: la cítara es El tercer hombre, pero la potencia del encuadre sobrevive a cualquier partitura.
La película, además, tiene historia propia: estuvo sin copyright en Occidente desde 1965 hasta 2012, lo que provocó a principios de los 2000 una fiebre de ediciones cutres en periódicos y revistas. Puro expresionismo alemán en versión británica, y para algunos, propaganda inglesa encubierta. Da igual: el coleccionista que compró su DVD hace treinta años para preservarla sabía que lo digital también desaparece. Al final, siempre queda el plano.