El 'pajaporte' deja de ser una rareza local y se globaliza
Verificar la edad para entrar en según qué webs ya no es una excentricidad de un país concreto. La exigencia de identificación digital para acceder a contenido para adultos aparece en Australia y Canadá, y la conversación se ha desplazado rápido: de la anécdota pajillera al andamio de un sistema de identidad digital de uso general. El detonante es una búsqueda simple en Google, dos noticias y una sospecha que lleva años circulando: lo que empieza como control de acceso a un tipo de página termina siendo la puerta de entrada a internet entera.
El porno es la excusa, no el objetivo
El primer mensaje del asunto lo deja claro: el porno es «veneno para el cerebro», pero el problema no es ese. El problema es que identificarse para ver una web es el primer paso para identificarse para ver cualquier cosa. La tesis que recorre el asunto es que la verificación de edad funciona como
caballo de troya: se implanta en el terreno más fácil de justificar ante la opinión pública y luego se extiende a redes sociales, foros y prensa.
Hay una coincidencia llamativa entre posturas que normalmente no coinciden: la identidad digital no se diseña para proteger a los niños, sino para construir el registro único del usuario. Quien defiende la medida habla de protección de menores; quien la critica señala que
una VPN sortea cualquier verificación de edad y que, por tanto, el efecto real no es impedir el acceso, sino normalizar la identificación. La medida no funciona como filtro, funciona como precedente.
Australia y Canadá como laboratorio, España como alumna aplicada
El asunto arranca con dos noticias concretas: Australia y Canadá. En Australia se llegó a plantear durante la pandemia el internamiento de no vacunados en instalaciones específicas; en Canadá se bloquearon cuentas bancarias de transportistas que protestaban contra las medidas sanitarias. Son los dos países que aparecen una y otra vez como referencia de lo que se puede hacer cuando el relato oficial tiene mayoría. La comparación no es inocente: si allí se ha hecho con cuentas bancarias, aquí se hará con la identidad.
La discusión deriva hacia el marco temporal. La agenda 2030 aparece como horizonte, y el diagnóstico dominante es que la identidad digital es la infraestructura previa al dinero digital: sin identificación única no hay moneda programable, y sin moneda programable no hay multa automática por opinar fuera de rango. La secuencia que se dibuja es identidad, después dinero, después crédito social. El porno solo es el primer ladrillo.
¿Y las VPN? El argumento que se cae solo
La objeción técnica aparece pronto: si existen VPN y proxies desde hace años, ¿para qué sirve el 'pajaporte'? La respuesta que se impone es que la VPN resuelve el acceso individual, no el modelo. La identidad digital no necesita que nadie la use para funcionar: necesita que esté instalada, que sea obligatoria para operar con normalidad y que quien no la use quede fuera del sistema. El que se conecta por VPN no está fuera, está en el margen.
Hay un cálculo que circula y que conviene mirar con calma: el coste de mantener el acceso anónimo a base de túneles, proxies y almacenamiento local. No es cero, y no escala. La generación que se está formando ahora aprenderá a ocultar el rastro como quien aprende a conducir: por necesidad, no por ideología. Eso, paradójicamente, puede ser lo más útil que salga de todo esto.
El precedente español: NIF desde hace dos décadas
Una de las aportaciones más incómodas del asunto es la comparación con España. Aquí el NIF lleva más de veinte años funcionando como identificador universal: sin él no se abre una cuenta, no se firma ante notario, no se opera con una caja rural. La identidad digital no sería una novedad, sería una actualización del mismo principio. Quien señala esto no lo hace para tranquilizar, lo hace para subrayar que el terreno ya está abonado.
El contraste con Estados Unidos, Reino Unido o Australia es el que descoloca: países donde no existe un documento de identidad obligatorio y donde, precisamente por eso, la identidad digital se presenta como una mejora. El argumento oficial es la comodidad; el argumento real es la trazabilidad. En España ya se paga con NIF cada vez que se mea; en otros sitios están empezando.
Noruega, el Foro de Davos y la sincronización
La conversación se amplía con Noruega, donde se ha planteado una medida equivalente con el argumento de limitar el acceso de menores a redes sociales. El patrón se repite: misma justificación, mismo mecanismo, distinto país. La coincidencia temporal de anuncios en jurisdicciones distintas alimenta la tesis de la coordinación, aunque la coordinación no requiere un comité central: basta con que todos lean el mismo informe.
El Foro Económico Mundial de Davos aparece citado como el marco donde se cocina el concepto de identidad digital. No hace falta suscribir la teoría de la conspiración para comprobar que las mismas ideas aparecen en los mismos foros y se implementan en los mismos calendarios. La pregunta no es quién lo ordena, sino por qué tantos gobiernos llegan a la misma solución al mismo tiempo.
El cierre que no cierra
Queda una pregunta sin respuesta: si el porno es el primer paso y la identidad digital el segundo, ¿cuál es el tercero? Nadie lo dice, y ese silencio es lo más elocuente del asunto. Mientras tanto, la medida avanza en Australia, en Canadá, en Noruega y en cualquier país que quiera apuntarse al carro. La resistencia, de momento, se organiza a base de VPN y discos duros. Poco para lo que viene.