Eric Finch
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El descontento en Alemania, reflejado en el posible ascenso de la AfD, se explica por la insatisfacción con la política convencional y la percepción de que las prioridades sociales y culturales no resuelven los problemas económicos.
La política, a veces, parece una partida de ajedrez donde las piezas se mueven solas, sin que los jugadores parezcan entender el tablero. En Alemania, ese tablero está mostrando grietas preocupantes. El país, que durante mucho tiempo fue el motor económico de Europa, ahora se encuentra con un crecimiento plano. Su industria automovilística, un pilar histórico, está siendo superada por competidores asiáticos, en parte por directivas de Bruselas que, con buenas intenciones ecológicas, han terminado por favorecer a China. Volkswagen anunciaba recientemente 50.000 despidos.
Antaño sinónimo de innovación, Alemania pareció acomodarse en una zona de confort basada en su pasado industrial. Se ha vuelto un país híper sindicalista, con jornadas laborales más cortas y salarios elevados, lo que ha mermado su competitividad. Además, se ha quedado rezagado en la vanguardia tecnológica, el universo digital y la inteligencia artificial. La inmigración, lejos de ser un mero factor demográfico, ha generado tensiones sociales y, en ocasiones, episodios de violencia alarmantes, como el trágico suceso de Magdeburgo en diciembre de 2024, donde un solicitante de asilo arrolló a varias personas en un mercado navideño.
Es en Sajonia-Anhalt, una región con una historia marcada por la industria pesada y la transición post-comunista, donde se manifiestan con mayor crudeza estas inquietudes. Tras la caída del Muro de Berlín, la región sufrió una fuerte desindustrialización, con picos de paro del 20% a principios de siglo, lo que provocó la emigración de jóvenes a zonas más prósperas. Hoy, es el estado federado más envejecido de Alemania, con una edad media cercana a los 50 años, y su economía muestra signos de debilidad, con una contracción del PIB del -0,2% el año pasado, frente a un escaso crecimiento nacional del 0,2%.
Ante este panorama, las próximas elecciones en Sajonia-Anhalt apuntan a un vuelco político. Las encuestas prevén una victoria contundente para la AfD, con un 42% de los votos, muy por delante de la CDU (actual partido gobernante) y los socialistas, que se encuentran en una situación precaria en toda Europa. Este resultado, si se confirma, supondrá una revolución, con un partido catalogado de "ultra" por el establishment político, cultural y mediático alemán alzándose con el poder. La gente, harta de ver empeorar sus vidas y sin encontrar soluciones en la política tradicional, busca alternativas.
La AfD articula un discurso que, si bien puede ser inflamado y albergar elementos polémicos, apela a demandas concretas de una parte de la población. Sus propuestas incluyen el control de la inmigración irregular, la expulsión de inmigrantes delincuentes y el cierre del asilo. También abogan por aumentar las prestaciones sociales y reducir impuestos, un equilibrio difícil de lograr. Quieren suprimir las televisiones y radios públicas, argumentando que no desean financiar un servicio que consideran adoctrinador en lugar de neutral. Además, buscan revertir las políticas de género y recuperar el patriotismo y la libertad de expresión, amenazados, según ellos, por la censura de la corrección política y el llamado "wokismo".
En esencia, estas propuestas, calificadas de "ultras", resuenan en una parte de la ciudadanía, independientemente de su ideología previa, cuando los partidos convencionales no abordan sus problemas. Se constata que la ingeniería social de la izquierda, a menudo etiquetada como "wokismo", puede educar en ciertas ideas, pero no llena el estómago ni resuelve las preocupaciones económicas.
Los partidos que se mueven por la emoción, en lugar de por la razón y los datos, no convencen a todos. La idea de que el futuro se ha trasladado a Asia, mientras Europa se vuelve más pasiva y menos innovadora, es una preocupación latente. El enfado de las clases medias, que ven mermado su poder adquisitivo, amenazada su industria y transformadas sus ciudades, es comprensible. Barrios que han pasado de ser mayoritariamente cristianos a musulmanes en una generación plantean retos de integración innegables.
Es fundamental respetar la libertad de elección de esos votantes alemanes que buscan un cambio, en lugar de descalificarlos automáticamente. Resulta llamativo que se alce tanta indignación contra partidos de derecha radical en Europa Occidental, mientras se ha tolerado históricamente la presencia de formaciones herederas de ideologías con un historial mucho más destructivo.
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