Manifestación del 20-O: 25.000 personas piden elecciones y nadie mueve una urna
La manifestación convocada en Madrid para el domingo 20 de octubre por la Plataforma por la España Constitucional no va a cambiar el calendario electoral. Eso lo saben hasta los que fueron. La Delegación del Gobierno cifró la asistencia en
25.000 personas; los organizadores hablaron de
400.000. La horquilla, como siempre, es la noticia menos interesante del día. Lo relevante es que una concentración que pedía «elecciones ya» acabó convertida en un catálogo de agravios donde cada cual arrimaba el ascua a su sardina: los que querían volver a 2019, los que querían volver a enero de 2004, los que pedían una huelga general y los que directamente pedían disturbios.
El lema oficial era el fin de una legislatura que, según los convocantes, amenaza la democracia. En la práctica, el evento funcionó como termómetro de un descontento que no encuentra traducción institucional. Ni una sola de las demandas que se corearon tiene recorrido legal a corto plazo. Y eso, en un país donde la política se vive como religión, genera una frustración que se canaliza hacia el folklore: banderas de Venezuela, banderas de la UE, banderas de Israel que faltaban y banderas de España que sobraban según quién mirase.
Quién convoca y por qué el 20-O no es una fecha cualquiera
La Plataforma por la España Constitucional eligió el 20 de octubre para sacar a la calle a sus bases. El mensaje oficial: exigir la convocatoria de elecciones generales ante lo que consideran una deriva autoritaria del Ejecutivo. El mensaje real, el que se escuchó en los corrillos, era más prosaico:
no hay manera de echar a Sánchez por las urnas y tampoco por la calle.
El cálculo que circula entre los asistentes es que el presidente no convocará nada porque no le conviene. «Hasta 2027 no habrá elecciones y lo sabéis», resumía uno de los mensajes más repetidos. La lógica es sencilla: si los socios de investidura se hunden, el que se mantiene es él. Conclusión: la manifestación no era para presionar a Sánchez, era para calentar a los suyos.
El cartel que nadie supo leer: banderas de Venezuela, la UE y las que faltaban
El apartado visual dio más que hablar que el discurso. En una concentración que se anunciaba como defensa de la Constitución española, aparecieron
banderas de Venezuela y de la Unión Europea. Faltó, según varios asistentes, la de Israel y la de Ucrania «para completar el pack». La mezcla de símbolos generó un debate paralelo: ¿qué pinta la bandera de un país tercero en una protesta por la democracia española?
La respuesta que dieron algunos fue que Venezuela funciona como espejo: lo que pasa allí es lo que temen que pase aquí. Otros lo leyeron como un error de comunicación: si el objetivo era ampliar el mensaje, meter banderas extranjeras lo reduce. En cualquier caso, el
pack tontológico, como lo llamó un asistente, se convirtió en el meme del día.
Los que piden volver a 2019 y los que piden volver a 2004
Una de las corrientes más activas dentro de la manifestación era la del «hay que revertir todo». Revertir la subida de pensiones, revertir las contrataciones públicas, revertir las amnistías, revertir los pactos fiscales. El problema de ese programa es que nadie concreta cómo se hace sin mayoría parlamentaria. Y ahí empieza el laberinto.
La otra corriente, más veterana, sostenía que el problema no empezó en 2019 sino mucho antes. «Hay 41 años de retraso», decía uno de los mensajes más lúcidos del día. La referencia era la reconversión industrial de los años ochenta, cuando los que hoy protestan llamaban violentos a los que entonces protestaban. La conclusión implícita: este país tiene una capacidad infinita para llegar tarde a todas las citas.
El problema de fondo: sin elecciones, solo queda el espectáculo
La manifestación del 20-O deja un dato incómodo para todos. Si no hay elecciones hasta 2027, como sostienen muchos de los asistentes, entonces la calle no sirve para cambiar gobiernos. Sirve para medir temperatura, para hacer piña y para que los partidos de la oposición se hagan la foto. Poco más.
Hay quien sostiene que la única presión real no viene de Madrid sino de Bruselas: «no habrá elecciones hasta que no se corte el grifo desde Europa». Es una hipótesis, no un hecho. Pero explica por qué algunos manifestantes hablaban más de deuda pública que de democracia. «Casi hace más falta una manifestación contra el endeudamiento», resumía otro mensaje. La pancarta propuesta era más explícita: que la deuda la pague otro.
Lo que de verdad se discutía en la calle: si esto sirve para algo
La pregunta que sobrevolaba la concentración no era si Sánchez convocará elecciones. Era si manifestarse sirve para algo cuando el que decide tiene mayoría parlamentaria y no tiene prisa. La respuesta más repetida era que no. La segunda más repetida era que da igual, que hay que salir igualmente.
En ese cruce de escepticismo y deber cívico se quedó el 20-O. Una manifestación que pedía elecciones y que, en el fondo, servía para constatar que las elecciones no dependen de los manifestantes. El calendario lo marca el que gobierna. Y el que gobierna, según todos los indicios, no tiene ninguna intención de moverlo.
Con estos mimbres, la predicción más razonable es que habrá más concentraciones, más lemas y más banderas. Y que ninguna de ellas moverá una sola urna. Al menos hasta que alguien con poder real decida que ya es hora. O hasta que Europa diga basta. Lo que llegue antes.