Mouliaá, primera en denunciar acoso de Errejón
La actriz Elisa Mouliaá se convirtió en la primera mujer que da la cara y asegura haber sido víctima de acoso sexual por parte de Íñigo Errejón. Lo hizo a través de X, según recoge el mensaje inicial. A partir de ahí, el caso se convirtió en un polvorín: unos ven una denuncia legítima, otros un movimiento calculado para sacar tajada. La discusión, con 125 respuestas y 710 días de antigüedad, ha derivado en un ajuste de cuentas que trasciende a la propia Mouliaá.
Qué pasó con Elisa Mouliaá y Errejón
El detonante fue un tuit. La también colaboradora de televisión recurrió a X para dar a conocer que había sufrido acoso sexual por parte de Errejón. La noticia, publicada por
ABC, abrió la veda. En cuestión de horas, el nombre de Mouliaá estaba en todos los mentideros. La reacción no se hizo esperar: desde el «yo sí te creo» hasta el escarnio más soez. El caso se enredó con la dimisión de Errejón y con el relato de que las denuncias falsas no existen, pronunciado por él mismo en su día.
La primera consecuencia fue la exposición pública de Mouliaá. Su condición de colaboradora televisiva y sus apariciones previas —incluidas fotos en redes— fueron utilizadas por una parte de los comentaristas para cuestionar su credibilidad. Otra parte señaló que eso es precisamente lo que hace el machismo: desacreditar a la víctima por su pasado. El resultado: un choque de narrativas donde los hechos concretos quedaron difuminados.
Las pruebas que aparecieron después
Con el paso de los días surgieron supuestas pruebas. Se habló de un tuit efímero con pantallazos de WhatsApp, de audios y de un relato que Mouliaá habría contado a una amiga al día siguiente de los hechos. En ese relato, según la transcripción que circuló, decía: «Pensé que podía ser una historia de amor preciosa, pero en lugar de encontrarme con algo romántico me encontré con una persona que lo único que quería era tocar mi cuerpo y meterme la lengua». Añadía que se sintió «un poco presionada».
Esos mensajes fueron interpretados de forma opuesta. Para unos, confirmaban el acoso. Para otros, mostraban una relación consentida que luego se torció. La discusión derivó hacia si hubo o no denuncia formal, si el relato es verosímil y si Mouliaá buscaba notoriedad o compensación. En ese punto, el foco se desplazó desde Errejón hacia la propia denunciante.
El giro: de víctima a oportunista
El título del hilo lo dice sin ambages: «Elisa Mouliaá es la primera que se apunta a sacar tajada del caso Errejón». Esa tesis se apoya en varios argumentos que fueron apareciendo. Primero, que Mouliaá no presentó denuncia en su momento. Segundo, que su exposición mediática ha sido constante. Tercero, que los audios y mensajes revelarían un interés económico o de fama. Nada de eso está probado, pero circuló con fuerza.
Frente a esa lectura, otra corriente sostiene que cuestionar a la víctima es la reacción clásica. Que si hubiera callado, se le habría reprochado no hablar; y si habla, se le acusa de buscar protagonismo. En el fondo, el caso Mouliaá se convirtió en un campo de batalla donde cada bando proyecta sus prejuicios. Y mientras, el nombre de Errejón quedó tocado, pero el de ella quedó expuesto a una vorágine de la que difícilmente saldrá indemne.
Qué se juega Errejón y qué se juega Mouliaá
Errejón, que fue portavoz parlamentario y líder de Más País, vio cómo su carrera política se truncaba. Dimitió y se apartó de la primera línea. Para sus críticos, el caso confirmó lo que siempre sospecharon: que el feminismo de escaparate ocultaba comportamientos abusivos. Para sus defensores, fue un linchamiento mediático sin juicio justo. La discusión sobre si hubo acoso o no sigue abierta, pero el daño político es irreversible.
Mouliaá, por su parte, ha visto cómo su nombre se convertía en Trending Topic y en objeto de burla. Algunos mensajes se cebaron con su físico y con su pasado. Otros la acusaron de mentir. La pregunta que sobrevuela es si realmente buscaba justicia o si, como sostiene el título del hilo, fue la primera en intentar sacar tajada. No hay respuesta cerrada. Lo que sí hay es un hecho: el caso Errejón ha dejado un reguero de sospechas mutuas y muy poca claridad.
Al final, la historia se atasca en el mismo punto: nadie sabe a ciencia cierta qué pasó aquella noche. Lo que empezó como una denuncia de acoso sexual se ha transformado en un ajuste de cuentas donde la política, el feminismo y el espectáculo se mezclan sin pudor. Y Mouliaá, quiera o no, es ya la cara visible de esa tormenta.