Mouliaá dice al juez que cree que Errejón le puso droga en la copa
Elisa Mouliaá ratificó ante el juez su denuncia por agresión sexual contra Íñigo Errejón y añadió un elemento nuevo que no había aparecido antes: la sospecha de que el exportavoz de Sumar pudo haberle echado algo en la bebida. «Me llevó dos o tres copas», declaró, según el relato que recoge la cobertura del caso. La novedad no pasó desapercibida. Y no porque el fondo del asunto haya cambiado, sino porque el detalle apareció justo el día de la declaración, no antes.
La defensa de Errejón se apoya en un argumento simple: sin informe toxicológico, la acusación de suministro de sustancias es, en el mejor de los casos, una impresión subjetiva. No hay análisis de sangre, no hay prueba pericial. Lo único que existe es el testimonio de la denunciante. Y eso, en un juzgado, pesa lo que pesa.
Qué se sabe del presunto suministro de droga
El relato de Mouliaá sitúa el episodio en un contexto de consumo de alcohol. Según su versión, Errejón le sirvió o facilitó varias copas antes de la agresión que denuncia. La sospecha de que esas copas pudieran contener algo más que alcohol es, por ahora, una hipótesis sin respaldo pericial. No hay análisis que la confirme ni que la descarte.
En términos procesales, la diferencia es enorme. Una agresión sexual sin prueba de suministro de sustancias se sostiene sobre el testimonio y las circunstancias. Una agresión con suministro probado añade un agravante. Pero para probarlo hace falta algo más que una declaración: hace falta un informe toxicológico, y ese informe no existe.
Hay quien sostiene que la aparición de este detalle en la fase final del procedimiento responde a una estrategia de refuerzo del relato. En contra pesa el argumento de que las víctimas a menudo no denuncian todos los elementos de una agresión en el primer momento, por vergüenza, por confusión o porque no los interpretan como tales hasta después.
La respuesta de Errejón y el contexto político
Errejón ha mantenido una posición pública de negación de los hechos. Su respuesta a los medios ha sido breve: «He dicho la verdad». No ha ofrecido detalles adicionales sobre el episodio ni sobre la relación con la denunciante.
El caso tiene una dimensión política que trasciende lo judicial. Errejón fue exportavoz de Sumar y una figura relevante de la izquierda española. Su caída ha sido utilizada por distintos sectores como munición en la guerra cultural. El caso ha reabierto el debate sobre las denuncias falsas, un asunto que Errejón había defendido en el pasado y que ahora se le vuelve en contra en forma de pregunta incómoda.
La declaración ante el juez no ha cerrado el caso. El procedimiento sigue abierto y no hay resolución firme. Cualquier afirmación sobre culpabilidad o inocencia es, a día de hoy, una opinión, no un hecho probado.
El ruido mediático y la instrumentalización del caso
Mouliaá ha pasado por platós de televisión antes y después de su declaración judicial. Eso ha generado un efecto paradójico: cuanto más habla públicamente, más se cuestiona su credibilidad en algunos sectores. La exposición mediática de una denunciante es un arma de doble filo, y en este caso lo está siendo.
El caso ha servido también para reabrir una discusión más amplia sobre cómo se gestionan las denuncias por agresión sexual cuando el denunciado es una figura pública de izquierdas. La simetría, o la falta de ella, en el tratamiento mediático de casos similares es uno de los puntos que más se repiten en el análisis informal del asunto.
Lo que queda claro es que el caso Errejón-Mouliaá no va a resolverse en el terreno de los hechos, al menos por ahora. Va a resolverse en el terreno de las percepciones. Y ahí, la prueba toxicológica que no existe pesa menos que el relato que cada uno haya decidido creer.
La declaración de Mouliaá añade una capa más a un caso que ya tenía suficientes. La sospecha de suministro de droga, sin informe que la respalde, es una pieza que encaja mejor en el relato mediático que en el expediente judicial. Si aparece un análisis, el caso cambia. Si no aparece, la palabra de una parte seguirá chocando con la de la otra. Y el juez, mientras tanto, tendrá que decidir a quién cree.