EEUU: síntomas de república bananera bajo la lupa
¿Está Estados Unidos camino de convertirse en un estado fallido? La pregunta, que durante décadas habría sonado a provocación de tertulia, se ha instalado en el análisis político con una insistencia que ya no se puede despachar con una sonrisa. El detonante de la última oleada de discusión fue el arresto del exsegundo al mando de la Marina estadounidense por cargos de soborno, un caso que para muchos resume el grado de podredumbre institucional. A partir de ahí, el diagnóstico se despliega en tres frentes: una sociedad fracturada entre megaricos y una clase media en caída libre, un
racismo endémico que no cesa, y denuncias de fraude electoral que han dejado de ser marginales.
La fractura social: megaricos frente a una clase media empobrecida
El primer síntoma que se señala es la desestructuración social. La brecha entre una élite minúscula de hiper millonarios y una mayoría que llega justa a fin de mes se ha convertido en el rasgo definitorio del país.
48 millones de norteamericanos reciben cupones para alimentos por valor de 255 euros al mes, una cifra que en la primera economía del planeta funciona como una confesión involuntaria. Hay quien sostiene que el sistema está diseñado para que los marginales mueran antes: sin sanidad pública, con comida de baja calidad y con guerras que se llevan por delante a los pobres. El resultado, se argumenta, es una sociedad que ya no se reconoce a sí misma.
La percepción de quienes han vivido allí apunta en la misma dirección. Se describe un país donde la gente trabaja y aun así duerme en la calle, donde el sueño americano se ha convertido en una lotería con muy pocos boletos premiados.
El borreguismo, dicen, alcanza niveles que aquí ni imaginamos: la población acepta que su gobierno dilapide billones en guerras mientras una niña necesita una hucha en un restaurante para pagarse un transplante de corazón.
Racismo y tensiones étnicas: un problema sin resolver
El segundo frente es el racismo. Se describe como endémico, con casos escandalosos casi a diario, y con una particularidad que suele omitirse: también se denuncia racismo contra la población blanca de clase media, promocionado desde corporaciones filantrópicas y desde la propia administración. La discusión sobre este punto es áspera y no admite matices fáciles. Un participante que vivió en Houston afirma que el mayor racismo que vio fue de la población negra hacia los demás, una percepción que otros rechazan de plano. Lo que emerge es un país donde la identidad étnica se ha convertido en arma política y en negocio.
El fraude electoral y la erosión institucional
El tercer síntoma son las denuncias de fraude electoral. La discusión sobre el pucherazo a Trump se ha convertido en un lugar común: si eso fue posible, se argumenta, todo lo que nos vendieron durante décadas en películas y series es una mentira. La persecución judicial del rival político se describe como un escándalo que deja a Nixon como un aprendiz.
El uso de los instrumentos del estado para perseguir al oponente es, para muchos, la señal más clara de que el país ha cruzado una línea.
La decadencia imperial: ¿un proceso irreversible?
La discusión deriva hacia la geopolítica. Se menciona el sabotaje del Nord Stream como ejemplo de que el imperio es especialista en sabotajes, autoatentados y mentiras desde el Maine en 1898. La pregunta que sobrevuela es si Europa es también una república bananera por su sumisión. Y la advertencia: cuando el dólar se colapse, las películas de Mad Max parecerán Sor Citroen.
Ahí lo dejo, viene a decir el análisis, para que cada cual saque sus conclusiones.
El contraargumento: ¿es EEUU el problema o el espejo?
No todos comparten el diagnóstico. Hay quien sostiene que Estados Unidos es el mejor país del planeta para vivir si tienes dinero, y que el problema es que solo el 1% lo tiene. Otros señalan que la degradación no es exclusiva: todo Occidente va por el mismo camino. Y algunos recuerdan que el socialismo aún no se ha impuesto allí, que la gente sigue siendo responsable de sus aciertos y errores, y que el estado no te mantiene. La discusión, en cualquier caso, no se cierra. Como no se cierran las repúblicas bananeras.