El ejército de EE UU envió al frente soldados ya enfermos de gripe en 1918
¿Empujó el ejército de Estados Unidos a sus soldados contagiados de gripe hacia el frente europeo en 1918 para reventar a un enemigo ya agotado? La sospecha circula desde hace años. Y conviene separar el dato del relato: el presidente
Woodrow Wilson mantuvo los envíos de tropas a Europa a sabiendas de que había contagios a bordo de los buques, y esa decisión, documentada, es la base de todo lo demás. En agosto de 1918 había cerca de
un millón y medio de soldados estadounidenses desplegados en el continente, muchos de ellos enfermos.
De dónde salió la gripe de 1918: Kansas, no España
Lo primero que se cae es el nombre. La pandemia pasó a la historia como gripe española porque sólo España —sin censura de guerra— publicaba sus muertos, mientras el resto de países aplicaba el silencio de rigor. El origen, según la línea que se defiende, está en los acuartelamientos de
Kansas, a comienzos de 1918. Un estudio de 2010 firmado por
Carol R. Byerly sobre el ejército estadounidense y la pandemia aparece citado como respaldo, y hay quien recuerda que fue
National Geographic, ya en 2014, la que viró el relato hacia China. El detalle que se subraya es otro: la mortandad anómala entre jóvenes sanos, un patrón poco habitual.
La decisión que lo cambió todo: Wilson no detuvo los embarques
Aquí llega el hecho central, y es sólido. Wilson preguntó al general
Peyton C. March, jefe del estado mayor desde mayo de 1918, si debía suspender los envíos a Europa para no propagar la epidemia. March le contestó que airear ese problema debilitaría al frente aliado. El presidente no frenó nada, pese a los informes sobre ciudadanos que morían en los barcos al declararse la gripe a bordo. Los buques siguieron zarpando.
A partir de ahí, la lectura se bifurca. Unos lo leen como negligencia militar crasa; otros van más lejos y sostienen una
extensión deliberada de la enfermedad, con los muertos propios asumidos como precio de la victoria. La segunda versión no tiene pruebas a su favor: para esas fechas se desconocía la naturaleza de los virus, un completo misterio.
Queda un cabo suelto que reaparece una y otra vez: el cóctel de vacunas que se inoculó a las tropas, sobre el que —se argumenta— nunca se ha investigado en profundidad. Y una pregunta incómoda: si la pandemia se cobró
50 millones de personas, más que el propio conflicto, ¿por qué nadie respondió por ello?
Cómo quedó el ejército alemán
El efecto en el bando contrario sí está documentado. La gripe devastó a las tropas de
Erich Ludendorff hasta obligarle a posponer su última gran ofensiva, y el general trató de esconder los brotes para que el enemigo no los oliera. Alemania había derrotado a Rusia y estaba trasladando divisiones al Oeste; aun así,
un millón de soldados estaban enfermos en mayo. En el momento de la retirada, otro millón seguía fuera de combate.
Ahí encaja el detalle que casi nadie relaciona: el frente estaba a unos
720 kilómetros de Berlín cuando se firmó el armisticio, el 11 de noviembre de 1918. Ningún ejército alemán fue arrollado en campo abierto, y esa es la base sobre la que Hindenburg construyó la leyenda de la puñalada por la espalda.
¿Por qué vuelve esta historia un siglo después?
Vuelve por el coronavirus. La discusión sobre el origen de la pandemia —fuga de laboratorio, experimentos de ganancia de función, financiación estadounidense— ha reabierto el viejo patrón: un patógeno de origen discutido y un relato que reparte culpas según conviene. En el fondo late la sospecha de que la operación previsible no es el virus, sino la atribución: cargar a China con una fuga que, se afirma, tendría raíces en experimentos financiados con dinero estadounidense.
Es el mismo mecanismo que se atribuye a 1918: aprovechar la circunstancia y reescribir después el origen.
Del frente europeo a la política española
Como suele pasar, la conversación deriva. De la gripe se salta a la hambruna de Bengala de 1943, a la guerra del Opio, al precedente de las mantas con viruela y a los experimentos de sífilis en Guatemala por los que Estados Unidos pidió perdón. Y de ahí, al presente inmediato: los servicios de inteligencia, la extinta banda terrorista ETA, los medios de comunicación y una clase política que, según la lectura dominante, no rinde cuentas por nada. El tono se endurece cuando entran Vox, la monarquía o Israel. Ahí ya deja de hablarse de 1918.
Con estas piezas, la conclusión cómoda es que el ejército estadounidense aprovechó la epidemia. La incómoda es que la única operación bien documentada es la de tapar el origen y dejarla correr. Lo demás, por ahora, sigue siendo una hipótesis que nadie ha demostrado.