El Hormiguero llama fascismo extremo a VOX y el público se parte
¿Sirve de algo llamar fascismo extremo a un partido que gobierna ayuntamientos y comunidades? Esa es la pregunta que sobrevuela la polémica desatada tras la emisión en la que la mesa de
El Hormiguero calificó a VOX y a sus votantes como el fascismo más extremo visto en España desde la Guerra Civil. La reacción en el público fue inmediata: una parte del respetable aplaudió la etiqueta, otra recordó que el partido lleva años en las instituciones y que la etiqueta, de tanto usarla, se ha quedado sin filo. El episodio ha reabierto un debate que va más allá de la
televisión: qué significa hoy llamar fascista a alguien y por qué esa palabra se ha convertido en el arma dialéctica más rentable del prime time.
Qué dijo exactamente la mesa de El Hormiguero sobre VOX
El programa, presentado por Pablo Motos, dedicó un tramo a analizar el auge del partido de Abascal. En esa mesa, el juicio fue tajante: quien vota a VOX no sabe que está dando poder al fascismo más extremo que ha existido en España desde la guerra. La frase, lanzada en horario de máxima audiencia, no se quedó en el plató. En pocas horas, el fragmento circulaba por redes y foros, y la discusión se trasladó del análisis político al insulto cruzado.
La reacción de una parte del público fue de celebración: por fin alguien lo decía en voz alta. Otra parte, en cambio, señaló la contradicción de fondo: si VOX es fascismo extremo, qué queda para describir a los partidos que realmente han ejercido el totalitarismo. La etiqueta, sostienen, se ha devaluado por inflación. Cuando todo es fascismo, nada lo es.
Falange, Mussolini y el problema de comparar fascismos
Uno de los hilos argumentales que más recorrido tuvo fue el histórico. ¿Era Falange fascista? ¿Se puede equiparar el fascismo italiano con el español? Hay quien sostiene que Falange era una copia local del fascismo mussoliniano, con su mezcla de socialismo nacionalista y culto al líder. En contra pesa el argumento de que el fascismo italiano carecía del humanismo católico que impregnaba cada idea falangista, lo que haría de ambos fenómenos cosas distintas.
El debate derivó hacia el origen mismo del término. Se recordó que el fascismo fue creación de un socialista, un dato que una parte del público esgrime para desmontar la asociación automática entre fascismo y derecha. La discusión, lejos de resolverse, sirvió para constatar que la palabra fascismo funciona hoy más como etiqueta moral que como categoría histórica.
El PP como mal menor y el blanqueo que viene
Otra corriente de análisis apuntó a la estrategia de fondo. Si los medios de izquierda empiezan a presentar al PP como el mal menor frente a VOX, el efecto será un blanqueo acelerado de los populares. La jugada, sostienen, es arriesgada pero puede salir bien: se trata de apuntalar el bipartidismo desgastando a VOX por la vía del estigma.
El cálculo no es nuevo. Ya ocurrió con Podemos y con Ciudadanos, que cayeron tras ser señalados como extremos o como innecesarios. Ahora le tocaría el turno a VOX. La diferencia es que VOX tiene un discurso más claro y menos contradictorio que el de sus predecesores, lo que dificulta el desgaste por la vía del ridículo.
La televisión como campo de batalla política
El episodio ha reavivado la discusión sobre el papel de la televisión en la política española. Para una parte del público, programas como
El Hormiguero son meros titiriteros con audiencia, sin capacidad real de influir en el voto. Para otra, son el faro de opinión de millones de personas que se toman en serio lo que allí se dice. La contradicción es evidente: si no influyen, por qué generan tanto ruido.
La conclusión que se impone es incómoda: un programa de entretenimiento se ha convertido en referencia de opinión política para una parte del electorado. Y eso dice más del nivel del debate público que de la propia VOX.
El auge de VOX y el miedo a la posmodernidad
Más allá del episodio televisivo, el trasfondo es el avance de lo que una parte del público llama locura posmoderna: leyes de identidad de género, cuotas, revisionismo histórico. VOX se presenta como el único dique capaz de frenar esa deriva, y sus votantes lo asumen como un mal necesario. No se trata de instaurar el reinado social de Cristo Rey, sino de frenar un poco el desmadre.
El PP, mientras tanto, ha ido adoptando algunas de esas políticas, lo que le ha costado credibilidad entre su electorado más clásico. Cuando un partido que se dice de centro-derecha aplica leyes idénticas a las de la izquierda, el votante busca alternativas. Y ahí aparece VOX.
La etiqueta de fascista ya no distingue a nadie. Se lanza contra VOX, contra el PP, contra Podemos y contra cualquiera que se salga del guion. El problema no es que sobre etiquetas. Es que falta vocabulario para describir lo que de verdad está pasando.