Dos encuestas sitúan el voto de los jóvenes a Vox en el 25%
¿Por qué una generación que creció con el discurso de la diversidad y el progresismo vota ahora a la
extrema derecha? Dos encuestas publicadas el mismo lunes —una del instituto GESOP para El Periódico y otra de 40db para El País— sitúan el voto de los jóvenes de entre 18 y 24 años a Vox en el 25% y el 24,9% respectivamente. Son cifras que, si se celebrasen hoy comicios, convertirían a la formación de Santiago Abascal en la primera fuerza entre los más jóvenes. El fenómeno no es exclusivamente español: en Alemania, los varones menores de 25 años votaron mayoritariamente a Alternativa por Alemania, con un 26% frente a la media del 21%.
La reacción del establishment progresista ha sido un catálogo de diagnósticos que van del desprecio a la perplejidad. Desde la Cadena SER se ha señalado que el auge de la extrema derecha se debe a la incultura de los jóvenes, que se han alejado de una cultura basada en el libro. El secretario general de UGT, Pepe Álvarez, ha vinculado el fenómeno con la falta de comunicación del Gobierno sobre el salario mínimo y con la moda entre los jóvenes de que no hay que pagar impuestos. La ministra de Igualdad en funciones, Irene Montero, ha dedicado un mensaje a quienes usan términos como bro, gym o flow pero rechazan el lenguaje inclusivo.
El diagnóstico de la incultura como causa del voto a la extrema derecha
La tesis de que los jóvenes votan a Vox porque no leen ha encontrado un eco inmediato en los medios. Un comentario difundido en redes sostiene que la influencia de la extrema derecha entre los menores de 30 años es enorme porque es la primera generación que no ha leído absolutamente nada serio y que forma su visión del mundo a través de canales de YouTube. Es un argumento que, además de su dudosa base empírica, ignora un detalle incómodo: en otra época, el joven fascista leía más libros que el resto de su generación, y no por ello dejaba de ser fascista.
La vicepresidenta segunda del Gobierno y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, ha ido más allá y ha vinculado el fenómeno con una supuesta alianza entre la extrema derecha y el capital. Según su análisis, hay una internacional reaccionaria que quiere desmantelar el estado del bienestar y que tiene en los jóvenes un caladero de votos. La respuesta de la ministra de Igualdad en funciones ha sido más performativa: un vídeo dirigido a los jóvenes que usan jerga anglosajona pero rechazan el lenguaje inclusivo.
La inversión del tablero: cuando lo transgresor es votar a la derecha
Durante décadas, el progresismo buscó su apoyo entre la juventud. Ser joven implicaba, casi por definición, ser de izquierdas. La derecha era el territorio de los mayores, de los rancios, de los que añoraban el franquismo. Ese consenso se ha roto. Hoy, lo transgresor, lo que se sale del discurso único, es votar a Vox. La derecha es el nuevo punk, según el titular que resume el fenómeno.
La explicación más repetida en los análisis es que los jóvenes no votan a Vox por ideología, sino por reacción. El sistema les ofrece precariedad, vivienda inaccesible y un discurso moralizante que les señala como privilegiados. Votar a la extrema derecha es, en ese contexto, un gesto de rebeldía. Un gesto que, paradójicamente, refuerza el sistema que dicen despreciar, como señala una de las voces más lúcidas del debate: los hombres deben despreciar el sistema, pero votar a la derecha es lo más sistémico que hay.
El sistema tiene el comodín de la derecha
La tesis más incómoda es la que sostiene que el voto a la extrema derecha no es una amenaza para el sistema, sino una válvula de escape. La derecha funciona como marca de la falsa alternativa, cuya función es recoger todo el descontento para llevarlo a vías muertas. Es el comodín que neutraliza cualquier potencialidad revolucionaria. Los jóvenes que votan a Vox no están desafiando al sistema; están participando en él.
El cálculo es frío: mientras la Policía Nacional cuenta con 74.458 efectivos, la Guardia Civil con 91.034 y las policías locales con entre 60.000 y 66.000, cualquier intento de imponerse por la fuerza bruta está condenado al fracaso. La pregunta no es si los jóvenes desprecian el sistema, sino si ese desprecio tiene alguna traducción política real. La respuesta, por ahora, es que no.
La brecha de género: ellos a Vox, ellas a la izquierda
El fenómeno tiene una dimensión de género que los análisis generales pasan por alto. En Alemania, mientras los varones menores de 25 años votaron mayoritariamente a Alternativa por Alemania, entre las chicas de la misma edad el panorama da un giro de 180 grados: votan a partidos de izquierda. La brecha no es exclusivamente española, pero en España adquiere una intensidad particular.
La explicación más plausible es que las políticas de igualdad han tenido un efecto diferenciado por sexo. Las jóvenes han interiorizado el discurso feminista como propio; los jóvenes lo perciben como una amenaza. El resultado es una brecha generacional y de género que ninguna encuesta había capturado con esta nitidez. La pregunta que nadie responde es qué pasa cuando esa brecha se consolide.
El sistema tiene un problema, pero no el que dice tener. Le preocupa que los jóvenes la lien, no que no tengan vivienda ni empleo digno. Mientras tanto, el 25% de los jóvenes vota a Vox, y el resto del país sigue mirando para otro lado. La derecha es el nuevo punk, pero el concierto lo paga el contribuyente.