La nostalgia por el jefe de Estado esconde un problema económico
Cuando alguien pregunta, con ironía, si nos acordamos de cuándo teníamos jefe de Estado, la respuesta no es solo política. Es un sociograma de la confianza institucional. La economía lleva meses funcionando con un déficit que no sale en los presupuestos: el déficit de certidumbre. Y en ese vacío, el Estado aparece más en forma de antidisturbios que de servicios públicos.
El precio de la indefinición institucional
Las discusiones sobre la legitimidad del poder no son un lujo intelectual. Se traducen en prima de riesgo, en decisiones de inversión aplazadas y en un consumo que se encoje. Cuando la ciudadanía percibe que no hay un centro —que el jefe de Estado es una figura casi hipotética—, el contrato social se desgasta. Y no hay partida contable que lo repare con urgencia.
Hay quien sostiene que la figura concreta es un símbolo y que lo importante es la arquitectura legal. Otros responden que el símbolo importa porque orienta la conducta de los agentes económicos. La discusión queda abierta, pero el escozor se nota en el día a día.
Cuando la excepcionalidad se convierte en norma
“En estas circunstancias extraordinarias” es el comodín de cada crisis. El problema es cuando la excepcionalidad se instala como rutina: entonces la prevención cede paso a la reacción, y la reacción siempre es más cara, tanto en términos económicos como de legitimidad.
La escena que se dibuja —la nostalgia por un Estado que no se percibe, la advertencia de los antidisturbios— es la radiografía de una sociedad que se siente más administrada que gobernada. Los mercados lo notan, aunque el relato oficial insista en la recuperación.
La pregunta que debería importar no es si nos acordamos de cuándo teníamos jefe de Estado. Es si podemos construir un Estado cuya presencia se note antes en los juzgados y los hospitales que en la calle. Mientras tanto, la desconfianza seguirá siendo la variable más cara del presupuesto familiar.