Eventos de equipo fuera del horario: la secta que nadie pidió
Un compañero se largó de una empresa de alimentación en cuanto pudo. No fue por el sueldo. Fue porque no tenía ni viernes por la tarde ni sábado para él, y encima le caía encima la gincana de turno con los compañeros. Su caso no es una excepción: cada vez más empresas convierten el tiempo libre en una extensión del puesto de trabajo, con competiciones deportivas, paseos por el campo o jornadas de recogida de basura en la playa que acaban en la foto de LinkedIn. El patrón se repite:
horario partido que impide formarse o buscar otra cosa, y eventos post-remo que funcionan como
efecto secta.
La queja de fondo no es la actividad en sí. Es la coacción. «Me han llamado para que vaya a alguna y poco más y te coaccionan», resume el malestar general. Y el resultado se ve en las caras: gente que asiste sin ganas, mirando el reloj, calculando cuánto falta para poder irse a casa. El trabajo, dicen muchos, es para trabajar, no para hacer amigos.
Qué se esconde detrás de la foto sonriente
El argumento más repetido es que estos eventos
enmascaran la rotación real. Si juntas a los cuatro altos cargos de siempre, al equipo de recursos humanos y a los juniors recién salidos de la universidad o la FP, siempre habrá alguien disponible para la foto. Lo que la foto no muestra es que ese mes se han ido dos seniors, el anterior otro senior y un mid. La fiesta tapa la hemorragia de talento.
Hay quien va más allá y sostiene que en sectores como el lujo la rotación alcanza el
80% de la plantilla en tres meses. Los managers duran un suspiro y saltan a otra ciudad a repetir el ciclo: trabajadores sin coche, sin casa y sin arraigo, atrapados en una cultura empresarial que les impide pararse a pensar. La liturgia del evento sustituye al proyecto profesional.
La coartada perfecta: religión, familiar enfermo y trabajo remoto
Contra la presión, la imaginación. La estrategia más repetida es
inventarse un familiar enfermo al que hay que cuidar. Otra, más sofisticada, apela a la libertad religiosa: «Uy, lo siento, es que mi religión me lo impide». La frase, señalan quienes la usan, descoloca a recursos humanos porque está prohibido preguntar por las creencias de nadie.
El teletrabajo total es otra barrera eficaz. Si no ves a nadie en persona, nadie coge confianzas. Cuando llega la invitación, basta con responder que estás en Canarias y que te paguen el vuelo y el hotel. La respuesta suele ser que no hace falta que vayas. El problema se disuelve solo.
El cálculo que sale a cuenta: ir, saludar y pirarse
No todo el mundo opta por el no rotundo. Hay quien asiste a la cena de Navidad, cena y se larga. Hay quien va a las actividades concretas —motos de agua, piragüismo— y a las dos o tres horas se va a casa. La clave, dicen, es
marcharse a la hora de llegar. En el punto medio está la virtud, y entre no ir nunca y quedarse hasta las tantas hay un término medio que no cierra puertas.
Porque el cálculo frío es ese: si quieres ascender en el mundo corporativo, no te queda otra que jugar al juego. Pero jugarlo tiene coste. Una semana entera de formación y eventos 24/7 con alcohol de por medio permite conocer a gente de toda Europa, sí, pero el estómago revienta y se duerme poco. Y en esos saraos, con bebida y directivos, la combinación es perfecta para tomar cuatro copas de más y
dinamitar la carrera en una sola noche.
La función pública no se libra
Quien crea que el problema es exclusivo de la empresa privada se equivoca. En la administración pública hay grupitos, favoritismos y rencillas perpetuas. La diferencia es que allí no despiden, y quien tiene malas intenciones lo aprovecha sin consecuencias. El evento de equipo, en ese contexto, es una herramienta más de poder.
El cierre lo da el dato que descoloca: mientras las empresas multiplican gincanas y fotos sonrientes, la rotación sigue su curso. La próxima semana se irá otro senior. Y en la foto, sonriendo, estarán los mismos cuatro de siempre.