Rusia o la OTAN: 88 votos frente a un 80% que elige a Moscú
La pregunta era binaria y el resultado, apabullante. Una encuesta que pedía elegir entre Rusia y la OTAN cerró con
407 votos, de los que solo
88 respaldaban a la Alianza Atlántica; un mensaje resumió el marcador con un dato aún más grueso:
más del 80% a favor de Rusia. La chispa la encendió una tesis inicial según la cual apoyar a la OTAN va contra los intereses geopolíticos y culturales de España, porque Estados Unidos sería un país de
cultura woke con una minoría blanca y controlado por Israel. Esa última premisa se sostuvo mal: hubo quien recordó que
Israel mantiene vuelos regulares con Rusia y no figura en su lista de países inamistosos. El argumento se desmontaba antes de la primera votación.
¿Qué vale una encuesta abierta con 407 votos?
Poca cosa, y conviene decirlo antes de sacar conclusiones. Es una votación abierta y autoseleccionada, del tipo en que participa quien la encuentra; en el hilo se acusó a los atlantistas de movilizar cuentas duplicadas (
multis), acusación sin prueba aportada. Quien defiende la OTAN ni siquiera descansa los sábados, se ironizaba en un mensaje. El porcentaje mide, por tanto, el clima de un circuito digital muy concreto y muy movilizado, no la opinión pública española.
Lo que sí revela es otra cosa, y no es menor: en un espacio donde se discute política exterior, la etiqueta atlantista
cotiza a la baja. Cuando una posición se convierte en minoría ruidosa, sus defensores tienden a exagerar la presión externa y los críticos, a exagerar la propia. Aquí pasó lo segundo.
Multi por aquí,
troll por allá, el recuento dejó de ser un recuento y se volvió arma arrojadiza.
Minsk, el Donbás y la tercera Roma: los argumentos del voto prorruso
El bloque mayoritario mezcla historia, agravios y desconfianza hacia Washington. Se sostiene que
Ucrania incumplió los acuerdos de Minsk al no celebrar los plebiscitos previstos, que una guerra de
14.000 víctimas llevaba años gestándose en el Donbás y que las fronteras del país nunca estuvieron bien definidas. Sobre ese suelo se levanta una lectura civilizatoria: Moscú como heredera de la tercera Roma y baluarte de unos valores cristianos que Europa habría abandonado.
A eso se suma el temor a un cambio demográfico y cultural que se atribuye a las instituciones europeas, sin más prueba que la propia retórica. El rechazo a la OTAN se engarza así con el rechazo a un paquete más amplio —Unión Europea, Organización Mundial de la Salud, Foro de Davos, grandes clubes financieros internacionales y algún que otro nombre propio— presentado como una sola maquinaria globalista. La mezcla funciona en redes: da un enemigo común, una identidad y una coartada para no hablar de cifras.
Finlandia, Suecia y el ejército ruso: la respuesta atlantista
Frente a eso, la minoría atlantista juega la carta de la defensa colectiva. Se argumenta que la Alianza es un club de democracias liberales que se protegen mutuamente y que ha servido para que Europa disfrute del
periodo de paz más largo de su historia; que la prueba está en que Finlandia y Suecia, países poco belicosos, han pedido entrar; y que la respuesta militar rusa ha quedado muy por debajo de lo prometido, retratada como
la banda de Pancho Villa.
Añaden que Ucrania no ha dejado de resistir durante
seis meses y que no ha caído ni una ciudad rusófona a
quince kilómetros de la frontera, como Járkov. La respuesta a los que hablan de reemplazo demográfico llega en forma de pregunta incómoda: por qué debería importarle a nadie, y menos en esos términos. El intercambio, como casi todo en esta discusión, no convenció a nadie que no estuviera ya convencido.
El tercer bloque: ni con unos ni con otros
Entre los dos polos hay un espacio que se niega a elegir. Algunos reclaman neutralidad, con Suiza como modelo, y abogan por
salir de la OTAN sin abrazar a Moscú. Otros resumen la disyuntiva con una imagen que se queda pegada: es como para un musulmán elegir entre el salchichón y el jamón serrano. Y hay quien rechaza de plano la guerra atribuida al Kremlin, sin por ello defender el envío de armas. Es la posición más incómoda y, por eso, la menos ruidosa.
Ese bloque tiene un problema estructural: no genera titulares. La encuesta solo ofrecía dos casillas, y quien no se reconoce en ninguna acaba votando lo que menos le repugna o directamente se abstiene. En un recuento de 407 votos, esa abstención silenciosa no se ve.
El resultado que quedó fijado es 88 frente a más del 80%. Un marcador que no mide a un país: mide a la audiencia que decidió votar. El dato incómodo es que, cuando se pregunta por política exterior, la opción atlantista no pasa de
88 votos en un universo de 407. Y el tiempo, lejos de cerrar la pregunta, le ha ido sumando capas.