El Estado siempre ha tenido una religión
¿Es la implantación de valores progresistas en España hoy un mero cambio cultural o un retorno a patrones históricos de culto estatal? La tesis planteada es que la idea de que el Estado carezca de una fe inherente es una anomalía histórica. Se argumentan paralelismos desde la Grecia Clásica hasta la España del siglo XXI, sugiriendo que la configuración actual es parte de una normalidad cíclica, aunque el análisis de los datos es, como suele ocurrir, una interpretación densamente cargada.
La tesis del ciclo histórico de la religión estatal
El planteamiento se centra en la premisa de que la existencia de una religión oficial no es una peculiaridad del presente, sino una constante en la relación entre poder y creencia. Se traza un recorrido que incluye la Grecia Clásica y la experiencia española bajo el modelo de «Trono y Altar» hasta 1931, donde la fe y el poder político operaban en tándem. Se cita la Constitución de Cádiz de 1812, que declaraba la religión católica como la «única verdadera» de la Nación española.
Modelos de teocracia en el siglo XX
El análisis amplía el espectro, comparando el Nazismo no solo como política, sino como una teocracia irrumpiendo en el espacio político, ejemplificado por el eslogan «Gott mit uns». De manera similar, se observa cómo Vladímir Putin compara la tumba de Lenin con reliquias cristianas, sugiriendo que incluso el comunismo puede erigirse en un culto de masas, una reliquia ideológica.
La supuesta «Neo-religión de Estado» en España
Se plantea que el periodo entre 1978 y 2004 fue una fase de «tregua» que enmascaró la eclosión de lo que se denomina una «Neo religión de Estado» a partir de 2004. Este fenómeno se manifiesta en diversas prácticas sociales: desde las «Fiestas» o eventos deportivos que el Estado parece alentar como rituales de transgresión, hasta las «Manifestaciones Anestesiantes», descritas como ritos de expiación con cirios y exvotos. Se observa una analogía entre los ritos contemporáneos y los autos de fe históricos.
La fe como mecanismo de cohesión social
Se identifica la emergencia de creencias colectivas como la «Fe Europeista», vista como un equivalente al «Culto Cívico» estadounidense, funcionando como una religión de sustitución de la Unión Europea. Esta nueva fe, según la perspectiva planteada, exige una adhesión dogmática, donde el disidente es catalogado bajo un anatema social, como «Xenófobo». Se observa que la sociedad, en su búsqueda de respuestas, tiende a crear estos nuevos santorales, ya sean laicos o ideológicos.
Con estos paralelismos históricos, la pregunta no es si el Estado tiene fe, sino qué nuevas formas de dogma están siendo institucionalizadas bajo el manto de la modernidad. Es fascinante cómo el ritual, sea en el altar o en la manifestación callejera, siempre ha servido para ordenar el caos.
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