España consume menos electricidad que en 2007 con 10 millones más de habitantes
¿Cómo es posible que un país con diez millones más de habitantes y más dispositivos enchufados que nunca demande hoy menos electricidad que hace casi dos décadas? La respuesta oficial se llama eficiencia. La incómoda, desindustrialización. Los datos de Red Eléctrica sitúan la demanda por debajo de los niveles de 2007, y el desglose de qué se ha apagado desde entonces divide por completo el diagnóstico. No es un matiz menor: de ello depende si celebramos una economía más limpia o certificamos un empobrecimiento estructural.
El dato que descoloca: menos luz con más población
El punto de partida es una contradicción aritmética. Con
10 millones de habitantes más que en 2007 y un parque de electrodomésticos y dispositivos superior, la demanda eléctrica nacional no ha recuperado el nivel previo a la crisis. Hay quien lo atribuye al cambio masivo de bombillas incandescentes a LED, a la renovación de electrodomésticos con etiquetas energéticas altísimas y a la mejora del aislamiento de las viviendas. Las ventanas baratas, se argumenta, ya no son el coladero de aire frío que eran hace veinticinco años, y las estufas eléctricas han dejado paso a las de pellets, las catalíticas, el gas y las bombas de calor.
El cálculo per cápita es el que desmonta la celebración. Según un cálculo que circula en el debate, contando población residente, turistas y población no registrada, el consumo por habitante cae alrededor de un
16,5% respecto a 2007. La producción industrial, mientras tanto, se sitúa un
20% por debajo de la de entonces y en niveles de 1995. La eficiencia existe, pero no explica sola semejante desplome.
¿Por qué baja el consumo eléctrico en España?
Porque lo que de verdad consume casi ha dejado de existir. Ese es el argumento que recorre buena parte del análisis: la industria pesada —metalúrgicas, reciclaje de vidrio, sectores intensivos en energía— es la gran consumidora, y su peso en el PIB ha caído del
18% al 11% en veinticinco años, según se sostiene en el debate. El descenso del sector secundario no es una anécdota estadística: es el grueso de la explicación.
Frente a esa tesis, la versión amable sostiene que el autoconsumo fotovoltaico ha cambiado el mapa. Cerca de
medio millón de hogares y unas
75.000 empresas generan su propia electricidad, y esos flujos no siempre aparecen en los registros de demanda del sistema. Hay naves industriales cubiertas de paneles que operan en superávit. La discusión, por tanto, no es solo cuánta electricidad se consume, sino cuánta se compra a la red.
El contexto europeo: no es un fenómeno solo español
Alemania, Francia, Italia, Japón y Estados Unidos también consumen menos electricidad que en 2007. El descenso no es una singularidad ibérica. Las cifras per cápita comparadas dejan a España con una caída del
17,2%, por detrás de un Reino Unido que se lleva la palma con un desplome superior al
31%, pero por delante de Alemania (
-7,4%), Italia (
-7,6%) y Francia (
-13,23%).
La diferencia es el punto de partida. Quienes defienden la lectura benigna señalan que la eficiencia llegó a golpe de crisis: tras cada recesión, el parque de equipos se renueva de golpe y el consumo baja. Quienes sostienen la tesis dura responden que confundir ese efecto con una mejora estructural es confundir el termómetro con la enfermedad.
Pobreza energética: el dato que rompe el relato
España lidera el ranking europeo de pobreza energética. Según los datos manejados en el análisis, un
20,8% de la población no puede mantener su hogar a una temperatura adecuada, el porcentaje más alto de la Unión junto a Portugal, muy por encima del
9,5% italiano, el
12% francés o el
8,2% alemán. La media comunitaria se queda en el
10,6%.
Ese dato convive mal con la idea de un país que consume menos porque es más eficiente. Consumir menos porque no se puede pagar la factura no es sostenibilidad: es otra cosa. Y el precio, mientras tanto, ha subido para compensar la pérdida de ingresos de las compañías eléctricas, que distribuyen menos energía pero la cobran más cara, según se afirma en el debate.
La factura industrial y el futuro inmediato
El sector primario y el secundario han sido los grandes sacrificados. La destrucción de tejido industrial y la presión regulatoria sobre la agricultura y la minería explican, según esta lectura, buena parte del descenso. El resultado: alimentos más caros y una economía que produce bienestar con menos energía, lo cual suena muy bien hasta que se comprueba que el bienestar también es menor.
Queda la pregunta incómoda. Si el consumo cae por eficiencia, ¿por qué la electricidad no es más barata para el usuario? La respuesta, por ahora, no la tiene nadie. O sí, pero no conviene decirla en voz alta.