Bau y Farrerons: dos nacionalismos que no encajan
¿Qué queda del nacionalismo cuando sus propios referentes no coinciden ni en qué es una nación? La entrevista entre Ramón Bau y Jaume Farrerons, difundida en YouTube y comentada estos días, deja una conclusión incómoda: el término «auténtico nacionalismo» funciona como cajón de sastre donde caben un imperio, un etnoestado, una república socialista europea y hasta una guerra santa. El vídeo, de formato largo, arranca con la presentación de Bau como uno de los referentes del nacionalsocialismo en España y deriva hacia una discusión sobre modelos de Estado que dura más de una hora.
Qué defiende cada uno
Farrerons plantea un nacionalismo de escala continental:
democratizar Europa, tomar el control del banco central, nacionalizar el sector bancario y emitir moneda sin la lógica de la deuda. Un programa que, leído en frío, se parece bastante a la
política monetaria que ya aplican los bancos centrales, solo que con bandera propia. Bau, por su parte, se mueve en el registro identitario clásico: imperio o etnoestado como salida al «tumor globalista», en palabras que resumen el vídeo.
La discusión se enreda cuando Farrerons sostiene que el comunismo es una utopía milenarista secularizada y el nacionalsocialismo, una religión secularizada en torno al nacionalismo. La comparación no es nueva, pero el envoltorio —una
Cruz de Hierro en la solapa mientras se critica a quien luce símbolos inmerecidos— provoca más de una ceja levantada entre quienes siguen la entrevista.
El problema de fondo: qué es una nación
Aquí aparece el punto que nadie cierra. ¿Europa es una nación? La respuesta más repetida es que no lo ha sido nunca y no lo será. El Sacro Imperio Romano Germánico, la Monarquía Hispánica o los reinos medievales no eran naciones: eran
cortijos de reyes y nobles, estructuras de poder sin conciencia nacional. La pregunta que sobrevuela es si existía esa conciencia cuando la mayoría de la población era sierva del rey y de la iglesia, o si la nación es un invento posterior que ahora se reivindica como tradición.
Frente a eso, la tesis de la nación como
sangre y tierra aparece con fuerza: conquistar el norte de África, blindar fronteras, preservar la identidad. Una corriente que no oculta su desconfianza hacia cualquier proyecto que diluya esa base. Y enfrente, la constatación de que el dinero fíat y la deuda perpetua han disuelto las jerarquías tradicionales y han dejado el debate ideológico reducido a ruido.
El dinero como raíz de todo
Hay un hilo argumental que recorre toda la conversación: si se volviera a un dinero tangible, la mayor parte de las ideologías modernas se evaporarían. La afirmación es discutible, pero conecta con una idea más amplia: el envilecimiento monetario ha convertido la política en un espectáculo de etiquetas. Comunismo, fascismo, tercera posición, izquierda revolucionaria: todo se mezcla en un mismo saco cuando el marco monetario está podrido.
La consecuencia práctica es que cualquier proyecto nacionalista que no aborde el control de la moneda y de las fronteras se queda en charla. Y ahí es donde Farrerons y Bau se separan: uno quiere convencer a veinte países europeos de que cedan soberanía; el otro sostiene que la única salida es largarse, convertir España en una isla flotante y remar hacia el Atlántico.
Al final, la entrevista deja más preguntas que respuestas. Dos referentes del nacionalismo español hablando durante una hora y sin ponerse de acuerdo en qué es una nación, quién manda en ella ni cómo se financia. Si esto es el auténtico nacionalismo, habrá que preguntarse cuál es el falso.