Seis horas sin respuesta al ataque que Israel no vio venir
Un ataque coordinado rompió el cerco de Gaza, alcanzó un festival de música a pocos metros de la frontera y dejó víctimas y secuestrados. Según los relatos que se repiten en el hilo, las fuerzas israelíes tardaron
seis horas en llegar a rescatar a los que estaban escondidos. Ese retraso es el nudo del asunto. Israel dispone de uno de los servicios de inteligencia más sofisticados del planeta, la franja está cercada por un muro y vigilada con tecnología de última generación, y la operación se desplegó a plena luz del día. La discusión ya no es si hubo un fallo. La discusión es de qué tamaño fue, y a quién le conviene contarlo de una manera o de otra.
¿Por qué se cuestiona que Israel no viera venir el ataque?
Porque el desfase entre la capacidad tecnológica que se le atribuye y lo que ocurrió no encaja con ninguna explicación sencilla. En el hilo se pregunta por qué la Cúpula de Hierro no frenó la lluvia de cohetes, por qué las vallas electrónicas no detectaron a los grupos que cruzaron y por qué no despegaron los aviones: en un país de dimensiones reducidas, se sostiene, los medios aéreos llegan a cualquier punto de la frontera en un par de minutos, no en horas. Sobre esa aritmética se construye la sospecha.
La versión oficial habla de sorpresa, y la sorpresa es una explicación razonable para un atentado. Cuesta mucho más tragarse el argumento cuando lo que cruza la frontera es una fuerza organizada, en varios puntos y con medios como parapentes y vehículos. La comparación que circula es la del
11-S: allí tampoco salieron los aviones a tiempo, y la excusa que se dio entonces fue que había un simulacro en marcha.
El cálculo de fuerzas que no cuadra
La franja de Gaza se describe como una lengua de
45 kilómetros cuadrados con salida al mar, cercada por un muro y con las fronteras bloqueadas por Israel y Egipto. Conviene precisar que ni esa cifra se libra de polémica: frente a ella se replica que 45 kilómetros cuadrados serían un rectángulo de nueve por cinco, y que el territorio real es bastante mayor. La corrección importa, porque cuando el primer número es dudoso todo lo que se apoya en él también lo es.
Lo que no admite discusión es la densidad del control: muros, vallas, sensores y tecnología de última generación. Con ese despliegue, la pregunta de dónde estaban los radares y los cazas tiene más de perplejidad que de teoría de la conspiración.
La reacción: seis horas que nadie explica del todo
Seis horas entre el inicio del asalto y la llegada de efectivos al escenario del festival es el dato que más se repite y el que menos se justifica. En el festival había seguridad privada y policías que podían dar el aviso. Con el aviso dado, el reloj siguió corriendo.
Una de las explicaciones que se apuntan en el hilo alude a la dispersión: un ataque en varias zonas y muy rápido, con rehenes capturados en los primeros
quince minutos del asalto y repartidos después por el territorio. Eso complica cualquier respuesta. No explica por qué la respuesta empezó tan tarde.
El calendario: 50 aniversario del Yom Kippur y el aviso egipcio
El ataque coincidió con el
50 aniversario de la guerra del Yom Kippur, el mismo día. Lo que en un primer momento se leyó como un detalle simbólico se ha convertido en munición para las lecturas conspirativas: si la fecha era previsible, la alerta también debía serlo.
A eso se suma que las tropas israelíes habían sido trasladadas del sur a Cisjordania, según las informaciones publicadas entonces, y la versión, no confirmada, de que Egipto avisó semanas antes del movimiento. Ninguna de las dos cosas demuestra nada por sí sola. Juntas alimentan la sensación de que el aviso existía y se decidió mirar hacia otro lado.
De la sospecha al bulo: qué se sostiene sin pruebas
Aquí toca pisar con cuidado. La hipótesis de la falsa bandera —dejar atacar para justificar una guerra— se apoya en paralelos históricos, no en documentos. Se cita la
operación Northwoods como precedente de una operación diseñada para justificar un conflicto. Son analogías, no pruebas. Y conviene recordar que el propio Estado que habría orquestado todo es el mismo que no supo tapar seis horas de desconcierto ante las cámaras.
La otra corriente, igual de repetida, cambia el móvil: no haría falta ninguna dirección secreta, bastaría con que alguien necesitara un conflicto nuevo para reactivar la industria de armamento y enterrar un fracaso propio. Es un argumento económico, muy socorrido, y tampoco está documentado. La consternación oficial tiene una explicación menos épica: reconocer que la inteligencia más reputada del mundo se dejó sorprender es admitir que el mito de la invencibilidad era eso, un mito.
Cuando en la misma conversación conviven el ataque, la pandemia y el calendario del colapso financiero, la señal de alarma debería encenderse.
Cuidado con esto, decía el primer aviso. Razón no le faltaba.
Queda el consuelo de siempre: si la explicación más simple es un error de cálculo colosal, la más elaborada exige una maquinaria perfecta que no supo ni esconder seis horas de nada.