Alfota
Forero Paco Demier
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El equipamiento para muchos hobbies se ha vuelto prohibitivamente caro, obligando a los aficionados a desembolsar sumas antes reservadas para profesionales. La tendencia es clara: gastar más, incluso sin ser experto.
Hace un par de décadas, comprarse una bicicleta de montaña y el equipo básico no suponía un desembolso astronómico. La idea de que un ciclista aficionado gastase 6.000 euros en una bicicleta era, sencillamente, impensable. Hoy, sin embargo, el panorama ha cambiado radicalmente. Entrar en una tienda y encontrar una bicicleta de montaña decente por menos de 1.000 euros es casi misión imposible; las opciones más económicas suelen ser de calidad mediocre. Ver a gente equipada hasta el último detalle, con bicicletas que cuestan más que un coche utilitario, para dar una simple vuelta de 20 kilómetros, resulta, cuanto menos, desconcertante.
El mundo del DJing ha seguido una senda similar. Antes, la inversión se centraba en platos, mesa de mezclas y discos, con opciones de gama baja y media que permitían ir escalando según las necesidades. Ahora, esas gamas intermedias casi han desaparecido. La tendencia es lanzarse directamente a equipos de nivel profesional. Si antes un equipo profesional de primera línea podía costar unos 2.500 euros (y a menudo se compraba de segunda mano por mucho menos), hoy, para tener un equipo comparable al que encuentras en un club, hay que estar preparado para desembolsar alrededor de 8.000 euros. Sorprende ver la cantidad de equipos de gama altísima que se venden usados en plataformas como Wallapop, a menudo por principiantes que apenas han salido de sus habitaciones.
Esta escalada de precios no se limita al ciclismo o al DJing. Se observa un patrón similar en otros ámbitos como la informática, con los Macs como ejemplo, o en la fotografía. Cualquier afición que requiera equipamiento específico parece haber entrado en una espiral inflacionaria. La gente, sin ser profesional, se ve obligada a invertir sumas considerables para poder practicar su hobby. Es una tendencia que invita a la reflexión sobre el valor real del equipamiento y la presión social por tener lo último y lo mejor, incluso cuando no se aprovecha todo su potencial.
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