La economía finlandesa ya no es el espejo en el que España debería mirarse. Los datos disponibles apuntan a que Helsinki ha superado a Madrid en tasa de paro y a Lisboa en deuda pública sobre el PIB. El giro es tan brusco que conviene repasar los cimientos del relato nórdico.
El error de atribuir a Finlandia la crisis de 2008
Primero conviene ajustar la historia. El país que protagonizó el colapso bancario de 2008 fue Islandia, cuya banca especulativa reventó con estrépito. Finlandia, en cambio, llegó a aquella crisis como el alumno responsable de Europa: el mismo que después exigiría garantías reales a Grecia y a España a cambio de su participación en los fondos de rescate. Que haya quien confunda Islandia con Finlandia dice bastante del nivel del debate europeo, pero no explica el declive actual.
Nokia, la herida que no cierra
El verdadero punto de inflexión fue el hundimiento de Nokia. La compañía, primer empleador del país y pieza central de su PIB, fue entregada a Microsoft tras la gestión de un directivo vinculado a la multinacional estadounidense. Los despidos directos e indirectos sacudieron una economía que no había dependido jamás de un solo sector de esa manera. La protección social finlandesa amortiguó el golpe, pero la red de seguridad no es un motor de crecimiento.
El coste de cortar con Rusia
En paralelo, la ruptura con Rusia ha pasado factura. Finlandia disfrutaba de energía barata y de un comercio fronterizo jugoso; las sanciones a Moscú, la renuncia a la neutralidad y la entrada en la OTAN han convertido al país en primera línea de un conflicto que castiga su atractivo inversor. No es un misterio: cuando eliminas tu mayor mercado y encareces tu energía, la industria deja de ser competitiva. El espejismo de la neutralidad sueca y finlandesa duró mientras no se les pidió elegir bando.
¿Y el paro que España siempre arrastraba?
La ironía tiene nombre propio: mientras España sigue soportando el estigma del paro, Finlandia le ha tomado el relevo a su manera. Los más suspicaces apuntan a que parte del desempleo registrado se maquilla con programas de ocupación artificial, similares a los de Suecia, donde municipios financian proyectos artísticos o empleos públicos de baja productividad para sostener las cifras. Nadie demuestra que el paro oculto español sea mayor que el nórdico; pero el mito de la transparencia estadística escandinava ha quedado tocado.
También está la anécdota que retrata a la elite: Sanna Marin, la exprimera ministra, cobró cerca de 360.000 euros netos por actividades ajenas a la política mientras el país sumaba parados. Para un país que presume de igualdad, es un detalle que duele.
El mito nórdico hace aguas
Lo que está en discusión no es solo Finlandia. El relato de los países nórdicos como sociedades modélicas ha sufrido un desgaste evidente: antes de la Segunda Guerra Mundial, eran economías pobres que vendieron recursos a todos los bandos. La prosperidad posterior se apoyó en energía barata y en posiciones de monopolio tecnológico, no en una superioridad moral. Cuando esos pilares se derrumban, los problemas aparecen.
A la hora de cerrar esta radiografía, el punto exacto donde el análisis se atasca es el mismo de siempre: nadie ha conseguido explicar del todo por qué un país educado, estable y supuestamente bien gestionado ha llegado a superar a España en paro y a Portugal en deuda. La tentación de culpar a la geopolítica es cómoda; la de mirar el modelo económico en su conjunto, mucho más incómoda.