Ser católico y nazi: la contradicción que el III Reich nunca resolvió
Ser católico y nacionalsocialista es incompatible como doctrina. Como biografía, fue moneda corriente. Durante el Tercer Reich hubo, según se sostiene en el debate, millones de alemanes y austriacos que iban a misa el domingo y saludaban con el brazo en alto el lunes; y se afirma que hubo también
miles de sacerdotes católicos encerrados en campos de concentración por ese mismo régimen. La contradicción no la arregla ni la teología ni el censo. La arregla, si acaso, la capacidad humana de mirar hacia otro lado.
El asunto reaparece cada cierto tiempo, y no por casualidad. Toca dos identidades que mucha gente quiere mantener juntas: la fe y la patria.
¿Por qué se discute si Hitler era cristiano?
El régimen nunca cortó del todo con las iglesias. Para una parte de los intervinientes, Hitler invocaba a Dios en buena parte de sus discursos y aludía a Cristo como
salvador, lo que basta para etiquetarlo de creyente. La lectura opuesta sostiene que esa retórica era puro instrumental electoral: el partido necesitaba a los tradicionalistas, a los conservadores y a la base social religiosa para llegar al poder, así que hablaba su idioma sin creérselo.
Hay quien directamente niega la mayor y afirma que el propio término «nazismo» es un invento de fábrica ajena, sin sustancia histórica. Es una posición minoritaria y difícil de sostener contra la documentación, pero circula. Y convive con la contraria: que el nacionalsocialismo fue un movimiento fervientemente cristiano y de mayoría católica.
El «cristianismo positivo» del programa de 1920
El dato que sostiene a los segundos es el
programa de 25 puntos de 1920, donde el partido se declara partidario de un «cristianismo positivo» y hostil al ateísmo, al que asociaba con el marxismo. Ese ateísmo tenía consecuencias prácticas: no se admitía en las SS a quien se declarase ateo, porque, según Himmler, su negativa a reconocer poderes superiores era una fuente potencial de indisciplina.
El problema es que ese cristianismo positivo nunca se definió con precisión. Servía para no elegir entre confesiones y para no renunciar a ninguna. Un comodín útil en campaña, incómodo en doctrina.
Los paganos de las SS y la frase de Bormann
Frente a la versión devota está el testimonio de los propios jerarcas. Martin Bormann lo dejó escrito sin ambigüedad: «Las concepciones Nacional-Socialista y cristiana son incompatibles. Las iglesias cristianas se levantan sobre la ignorancia de los hombres», y añadía que había que procurar que la gente se alejara de ellas y de sus sacerdotes. No es la frase de un enemigo del régimen. Es la de uno de sus jerarcas.
Según se sostiene en el debate, dentro del aparato había además un núcleo neopagano bien situado, muy influyente aunque minoritario, con peso especial en las SS y alentado desde arriba. Se apunta también a que en algunas unidades anteriores a 1941 el juramento se hacía ante divinidades germánicas y no ante Cristo, y que existía un plan a largo plazo para sustituir la cristiandad por una religión más adaptada a las bases del movimiento. Hitler, según esa lectura, no quiso forzar el cambio mientras durase la guerra.
La Iglesia que acabó en los campos de concentración
El argumento decisivo, sin embargo, es el de los hechos. Se afirma que el régimen internó a miles de sacerdotes, sobre todo católicos opositores, y que algunos pasaron presos los trece años que duró el Tercer Reich. La persecución alcanzó también a los Testigos de Jehová, por su negativa a cumplir el servicio militar como objetores de conciencia. Pío XI firmó en 1937 una encíclica de condena del régimen, la misma que, según se ironiza en la discusión, muchos devotos del nazismo habrían quemado de haber vivido entonces.
Hay otra interpretación histórica que va más atrás: que el nacionalsocialismo sería heredero del luteranismo, mezclado con el racismo ilustrado del siglo XVIII y con un deísmo de raíz calvinista. Una ideología, en esa lectura, de un pueblo ya derrotado, con más de contestación al orden imperante que de proyecto.
¿Cuántos nazis eran católicos?
El registro histórico no permite una respuesta limpia, y por eso el asunto envenena cualquier conversación. Se apunta a
millones de individuos que fueron nazis y católicos a la vez, en Alemania y en Austria, por contradictorio que resulte visto desde hoy. En el ser humano pesa más lo emocional que lo racional, y ante un conflicto interior se esfuerza en no ver lo que no quiere ver. Muchos de esos fieles no eran conscientes de la incompatibilidad o preferían no mirarla.
Un detalle que suele citarse como prueba de que las etiquetas se rompen: uno de los hijos de Martin Bormann se ordenó sacerdote católico al llegar a la edad adulta. La anécdota no demuestra nada sobre el régimen. Demuestra algo sobre las familias.
Y en el otro lado, los cristianos aliados
La cosa se complica cuando se pregunta por los creyentes que lucharon contra el Eje. En términos de proporción, según se sostiene, la Alemania de la época era más católica que los propios Estados Unidos, y aun así hay quien descarta a los segundos por «no ser cristianos de verdad». El problema lógico de ese criterio es evidente: si sirve para descalificar a un bando, sirve para descalificar a cualquiera.
La posición más prudente, y la menos épica, es la de quien sostiene que para saber si algo es compatible con el catolicismo basta una pregunta: ¿obliga a incumplir los mandamientos? Si la respuesta es sí, no hay compatibilidad posible, por mucha bandera y mucho rito.
Lo más probable es que el asunto siga reabriéndose cada pocos años, porque la doctrina separa lo que la biografía mezcla. Nadie va a cerrar esta discusión con un documento. Y ahí, con toda probabilidad, seguirá el desorden.