Putin, la línea que parte en dos el debate
Hay una línea que atraviesa el tablero desde febrero de 2022 y que no separa a izquierda y derecha, sino a quienes creen que la única forma de combatir lo que llaman el Nuevo Orden Mundial es ponerse del lado de Moscú y a quienes sostienen que ese atajo es una trampa. El detonante de la discusión es un mensaje que acusa a cientos de personas de apoyar a un dirigente al que atribuye haber arrasado una ciudad hasta los cimientos, haber construido después la mayor mezquita de Europa para contentar a un colectivo concreto y enviar tropas a cometer abusos en Ucrania, como ya habría ocurrido en Georgia. La respuesta no se hace esperar: «Piensan que la única solución al NWO es someterse a Rusia», resume uno de los primeros intervinientes, que compara esa disyuntiva con elegir entre morir quemado o decapitado.
El asunto no es nuevo. La discusión se abre en un contexto de guerra abierta en Ucrania y de sospecha mutua entre quienes desconfían del relato oficial y quienes consideran que esa desconfianza se ha convertido en una coartada. Lo que sigue es un rosario de reproches cruzados, registros recién abiertos para intervenir en el asunto y una pregunta que sobrevuela todo el intercambio: ¿se puede estar en contra de la UE y de lo que aquí se llama la masonada sin por ello bendecir a Putin?
El argumento que se repite: se puede criticar a la UE sin apoyar a Moscú
La tesis más repetida entre quienes rechazan el apoyo al Kremlin es que las dos cosas no son excluyentes. «Se puede estar en desacuerdo con la UE y las masonadas y en contra de Putin», resume uno de los mensajes, que añade que la única salida razonable es luchar contra ambos frentes. Otro interviniente va más allá y sostiene que se debe odiar a la UE y a todo lo que representa, pero que eso no obliga a justificar una agresión que, en su opinión, debería haberse resuelto por vía diplomática.
El matiz temporal aparece pronto. Hay quien distingue entre el Putin anterior al 24 de febrero de 2022 y el de después, y quien recuerda que todas las guerras se pueden ahorrar. La discusión se enreda con la idea de que la OTAN estaba cercando a Rusia: unos lo niegan recordando que los países que querían entrar en la alianza lo hacían voluntariamente y por miedo a una invasión, y otros replican que Rusia mantiene ejércitos a pocos kilómetros de Berlín, en Kaliningrado, y también en Armenia, junto a Turquía.
El frente interno: la sospecha de trolls coordinados
A medida que avanza la conversación, el foco se desplaza desde Moscú hacia dentro. Un mensaje sostiene que el espacio lleva tres años tomado por cuentas a sueldo de Rusia, que usan sistemas de gestión de contenidos para guardar argumentos contra quienes consideran indeseables, lanzan ataques coordinados, intoxican con noticias falsas y acosan. La acusación no se queda ahí: el mismo texto afirma que ahora se sabe por qué.
La respuesta llega en forma de defensa cerrada de la libertad de expresión. «Se llama libertad de expresión», replica un interviniente, que se queja de que se le mande al ignore por discrepar y recuerda que si no hay libertad para debatir, no se entiende para qué sirve un espacio de discusión. La ironía se instala cuando alguien pregunta si acaso se acaba de registrar para pedir censura. El patrón se repite: quien pide moderación recibe el aviso de que la puerta está abierta.
De la geopolítica al covid: el mismo eje de desconfianza
El asunto deriva hacia terrenos que ya se habían discutido antes. Varios mensajes enlazan el escepticismo sobre la versión oficial de la guerra con el escepticismo sobre la pandemia. «Como en la plandemia, hay gente que no se traga el relato oficial y lo expresa», escribe uno de los participantes, que aclara que no es pro Putin y que de este circo se cree la mitad de la mitad. Otro añade que ve un camelazo en la gestión del covid, sin ser por ello anti ni pro ruso.
La respuesta no tarda: hay quien sostiene que quienes ven pandemia, conspiración y terraplanismo solo insultan, no aportan y llaman borregos a los demás. El reproche se devuelve con el dato de que en la primera ola el 70% de los fallecidos se produjo en residencias, una cifra que se lanza como prueba de que el relato oficial no cuadra. La discusión se convierte en un ajuste de cuentas sobre qué es pensamiento crítico y qué es simple oposición por sistema.
El deslizamiento hacia el desprecio al que discrepa
En la parte final, el tono se endurece. Un mensaje acusa al conjunto de participantes de ser viejos marginales, nazis y comunistas solitarios, fracasados resentidos, lo peor de la sociedad, y asegura que la mayoría adora a Hitler y Stalin. Otro se queja de que el espacio está lleno de gente que se apunta a cualquier conspiración para sentirse más inteligente que los demás, y menciona el grafeno, los microchips, el 5G y el 6G como ejemplos de ese cóctel.
La defensa de la libertad de expresión se mantiene firme incluso entre quienes no comparten el apoyo a Moscú. «Todo el mundo tiene que tener voz y defender su postura», escribe un interviniente que se declara en contra tanto del NWO como de Putin. La discusión termina, como empezó, sin acuerdo: unos creen que tolerar el apoyo al Kremlin es dantesco, y otros consideran que prohibirlo sería exactamente el problema que dicen combatir.