¿Es España el país más feo de Europa occidental?
Un pueblo con la fachada del ayuntamiento reformada en 2013 y otra con el casco antiguo intacto desde hace un siglo. Esa es la foto que resume el pulso abierto sobre la estética urbanística española, un asunto que va mucho más allá del gusto personal y que toca de lleno al modelo de crecimiento de las últimas seis décadas. La discusión arranca con una afirmación rotunda: los pueblos españoles son «feos de cojones y tremendamente hostiles al ser humano». A partir de ahí, el asunto se convierte en un ajuste de cuentas con el ladrillo.
El ladrillo visto y el azulejo que se comen el paisaje
El diagnóstico más repetido apunta al desorden de materiales. Fachadas de ladrillo visto sin revoco, azulejos de diseño reciente sobre casas tradicionales, adobe mezclado con lo que apareciera después. En Cantabria, se sostiene, se destruyeron viviendas rurales para colocarles un acabado que choca frontalmente con el entorno. En Castilla y León conviven el adobe original y los añadidos posteriores; en Castilla-La Mancha y Murcia el resultado se describe directamente como un horror.
Andalucía se salva por el contraste entre el blanco encalado y la vegetación, no por un plan urbanístico ejemplar.
Hay un argumento que desmonta la tesis del desastre exclusivamente español: cualquier ciudad occidental tiene barrios de los años sesenta igual de discutibles. La diferencia no es de calidad, es de
timing. Mientras en media
Europa el trasvase del campo a la ciudad se coció a fuego lento durante siglo y medio, en España se concentró en cinco décadas. El resultado: barrios enteros levantados con urgencia en los sesenta y con avaricia en los ochenta, y un paisaje urbano que tarda un siglo en corregirse.
El minifundio del promotor y la manzana haussmanniana
El caso francés aparece como espejo. El París que hoy se fotografía no es el original, sino el que surgió tras la Comuna y los derribos masivos de una época que apostó por la homogeneidad estética. Entre 1870 y 1930 se levantó buena parte de la ciudad con manzanas y calles enteras proyectadas a la vez. En España, el pecado fue el
minifundismo del promotor: derribos de edificios pequeños entre medianeras, cada uno con su criterio, sin continuidad de volúmenes ni de huecos. El resultado es un pastiche donde un edificio modernista de preguerra puede tener al lado un bloque de los setenta que pide dinamita.
La comparación con Bélgica enciende los ánimos. Hay quien defiende que Bruselas, Amberes, Gante, Brujas, Lovaina o Namur están entre las ciudades más bonitas del mundo, y quien responde que fuera de esos cascos históricos el país es feo y deprimente. La misma trampa se aplica a España: Sevilla, Córdoba o Granada figuran entre las ciudades más bellas de Europa, pero basta salir del centro histórico para encontrar el horror. Málaga es el ejemplo recurrente: centro bonito, periferia para pegarle fuego.
¿Por qué los cascos históricos no salvan la media nacional?
Porque una ciudad es todo, no solo el centro. El argumento más incómodo del análisis es proporcional: España tiene pueblos muy bonitos, pero pocos en relación al total. El término medio sale perdiendo frente a Europa occidental y central. Y no es cuestión de dinero, sino de criterio urbanístico: es raro el municipio donde exista coherencia de materiales, volumetrías, cerramientos y huecos, ni siquiera en cuatro calles del centro. En núcleos históricos se levantan construcciones que, se afirma, serían propias de un país en desarrollo.
La queja se extiende a la arquitectura contemporánea. El arquitecto estrella que planta un cubo cantoso entre edificios del siglo XIX para dejar su impronta, y que treinta años después es una herida en la ciudad. Plazas de cemento con cuatro bancos, cuatro papeleras y una escultura por la que alguien cobró comisión. El clima salva la función: sin sol, muchas plazas españolas parecerían el decorado de un suburbio soviético en un día nublado de enero.
El feísmo gallego tiene entrada propia en Wikipedia
La ironía más afilada del asunto es que el feísmo autóctono gallego cuenta con página propia en la enciclopedia libre. Y sin embargo, hay quien sostiene que Galicia, aun con todo, es arquitectónicamente más atractiva que Suecia o Noruega. La comparación con los países nórdicos, con Escocia o con Irlanda aparece una y otra vez: se les atribuye fama de feos, con cascos urbanos bonitos y un problema serio de viviendas abandonadas y en ruinas, fenómeno que también afecta al norte de España y que en Japón se considera una crisis estructural.
El consenso mínimo que emerge es que el problema no es español, sino europeo, y que la solución no pasa por derribar sino por no repetir. Los cambios estéticos recientes en algunos municipios demuestran que hay margen: reformar una fachada, unificar colores, cuidar el entorno. La pregunta es cuántas décadas hacen falta para que ese criterio deje de depender de la voluntad de un alcalde concreto.
Con estos mimbres, la conclusión más honesta es que España no es el país más feo de Europa occidental, pero tampoco el más cuidado. Tiene los pueblos más bonitos y los más destrozados, a veces a diez kilómetros de distancia. Y el paisaje urbano que se herede en 2050 se está decidiendo ahora, en cada reforma de fachada y en cada plan general que se aprueba sin mirar la volumetría del vecino.