Madrid como estado independiente: la propuesta que ya tiene himno y moneda
¿Puede Madrid jugar al mismo juego que otros territorios y reclamar su propio Estado? La propuesta circula con nombre oficial, capital, fiesta nacional, bandera, himno y hasta una casa real: el
Reino Liberal de los Países Madrileños, una monarquía parlamentaria de corte liberal, integrada en la Unión Europea y en el euro, cuyo objetivo declarado es convertirse en el principal foco de atracción de empresas e inversiones del continente. La jefa de Estado sería, con título de reina, Isabel Díaz Ayuso; el jefe de Gobierno, Florentino Pérez, al frente de un Partido Liberal Madrileño; y la cartera de Interior, para Esperanza Aguirre.
El diseño institucional no se queda en el titular. El territorio se organiza en
seis regiones —Villa de Madrid, Madrid Norte, Madrid Sur, Madrid Castellano, Levante e Isla de Madrid— y
tres principados con mayor grado de autonomía: Sanjenjo, Comillas y Ademuz. La fiesta nacional sería el 2 de mayo. Y el argumento de fondo es una comparación: si otros proyectos territoriales pueden plantearse como sujetos políticos, Madrid también.
De dónde sale la idea y qué la alimenta
El punto de partida es una mezcla de agravio comparativo y orgullo local. La tesis que se repite es que Madrid sostiene buena parte del sistema mientras recibe acusaciones de quedarse con lo ajeno. Hay quien lo formula como una paradoja: los territorios que denuncian expolio son, en muchos casos, receptores netos de recursos. Y hay quien va más lejos y sostiene que, sin el título de capital y sin los órganos del Estado, Madrid se quedaría en poco.
En el lado opuesto, la respuesta más repetida es que la comunidad no sobreviviría sin lo que ingresa del resto.
«Os moriríais de hambre sin saquear al resto del país», resume una intervención. La discusión deriva rápido hacia el modelo de financiación autonómica y hacia quién paga qué, un asunto que nunca se cierra.
El Bernabéu como unidad de medida y otras ocurrencias
La parte más reconocible del asunto es la paródica. Se propone abandonar el sistema métrico y medir distancias en
Bernabéus: de Madrid a cualquier ciudad, tantos estadios; la estatura de un adulto, 0,023 Bernabéus. La capacidad se mediría en lágrimas de Vinicius y el peso en Champions. La sede de Gobierno sería el edificio de Schweppes. La moneda, el euro, aunque no faltan alternativas satíricas.
El deporte funciona como argumento de legitimidad:
15 Champions como tarjeta de presentación internacional. Y la lista de activos incluye playas, patrimonio, gastronomía y capitalidad cultural. La ampliación territorial también se discute: hay quien añadiría Burgos y Cantabria para asegurar salida al Cantábrico y suministro de marisco, y quien avisa de que el Levante es Valencia y no tiene intención de integrarse.
El choque con el relato periférico
El asunto deriva en un intercambio de reproches entre quienes defienden la singularidad madrileña y quienes la consideran una construcción artificial. Aparecen referencias a la Comunidad como provincia de Castilla, a la conveniencia de trasladar la capital a Toledo o León, y a la condición de Madrid como «nación de naciones». También hay quien recuerda que ya existió un partido regionalista madrileño y que tuvo escaso recorrido.
La conversación se calienta con alusiones a la inmigración, a la seguridad en determinadas zonas y a la conveniencia de expulsar o trasladar colectivos. Ese tramo del intercambio se mueve en el terreno de la soflama y no aporta datos: son afirmaciones sin respaldo que conviene leer como lo que son, opiniones de barra de bar.
Qué queda de todo esto
El proyecto no tiene recorrido institucional ni respaldo electoral conocido. Funciona como espejo: si unos pueden imaginar su Estado, otros replican el ejercicio con los mismos mimbres. La pregunta de fondo —quién financia a quién— sigue sin respuesta consensuada. Y el himno, por cierto, sigue sin letra.