Propietarios de Tesla en España se plantean vender por Musk
¿Qué pasa cuando el coche que compraste para presumir de conciencia ambiental acaba siendo el símbolo de todo lo contrario? Eso es lo que le ocurre a algunos propietarios de Tesla en España, que ven cómo la deriva pública de Elon Musk —sus gestos, su apoyo a Donald Trump y a la ultraderecha— ha convertido su vehículo en un objeto incómodo. Un informático alicantino lo resume sin anestesia: «Elon Musk es ahora una persona nociva para la sociedad, si pudiera vendería el coche». No es un caso aislado, pero tampoco es la norma: hay quien pone pegatinas contra el fundador en su propio capó y quien se declara vacunado contra la polémica. La empresa, por su parte, declina hacer comentarios.
De símbolo verde a lastre ideológico
Hasta hace unos meses, tener un Tesla era una declaración de intenciones: coche eléctrico puntero, tecnología de vanguardia y una cierta
conciencia ambiental adherida al chasis. Ese relato se ha agrietado. Los propietarios que ahora se plantean deshacerse del coche no discuten su mecánica, sino lo que representa su dueño. La paradoja es jugosa: un vehículo comprado para proyectar virtud ecológica convertido en recordatorio diario de una deriva política que muchos de sus conductores no comparten.
Hay quien sostiene que el problema no es Musk sino el comprador, que se dejó deslumbrar por la marca antes de mirar el precio real de la operación. Y hay quien, en el extremo opuesto, considera que la reacción contra Tesla es una campaña orquestada desde los medios y las redes tras el giro del fundador hacia posiciones de derecha radical. Entre esos dos polos, la mayoría de los propietarios simplemente conduce su coche y evita el tema en las cenas.
El mercado de segunda mano: ¿oportunidad o trampa?
El primer obstáculo para el arrepentido es económico. Un Tesla nuevo puede superar los 70.000 euros, y quien lo financió a plazos se enfrenta a una depreciación que convierte la venta en una sangría. El cálculo completo, con la cuota pendiente y el valor residual actual, da un resultado que desanima a cualquiera. Por eso la frase «si pudiera, lo vendería» tiene más de lamento que de plan de acción.
El mercado de segunda mano de eléctricos tampoco ayuda. Hay quien sostiene que un Tesla con cinco o seis años es un coche con poca vida útil por delante, atado a una batería cara de sustituir y a una infraestructura de recarga que sigue siendo insuficiente fuera de las grandes ciudades. Para trayectos urbanos, en cambio, el eléctrico cumple con holgura. La conclusión que se repite: sirve para ciudad, no para viajar.
El taxi, el laboratorio del desencanto
Donde el desencanto se ha vuelto más tangible es en el sector del taxi. Muchos profesionales dieron el salto al eléctrico convencidos de que Tesla les ahorraría costes. El resultado, según los testimonios recogidos, ha sido una ansiedad constante: problemas de autonomía, mantenimiento más caro de lo previsto y disputas con la aplicación de intermediación FreeNow. El mejor coche para taxi, sentencia un veterano del gremio, sigue siendo un Lexus ES.
La ironía es que el taxi fue el escaparate perfecto del coche eléctrico. Si ni siquiera los profesionales, que hacen cientos de kilómetros al día y calculan cada céntimo, están contentos, el argumento de la eficiencia se tambalea. Y el comprador particular, que no amortiza la inversión ni de lejos, empieza a mirar el híbrido de toda la vida con otros ojos.
La guerra cultural sobre cuatro ruedas
Más allá del bolsillo, el Tesla se ha convertido en un campo de batalla ideológico. Hay quien sostiene que la reacción contra la marca es espontánea y responde al rechazo a la figura de Musk. Y hay quien, en sentido contrario, ve una campaña coordinada: el fundador cortó el grifo a ciertos chiringuitos y, de repente, todos los medios y las redes se pusieron en su contra. La coincidencia temporal, argumentan, es demasiado perfecta para ser casual.
En medio de ese fuego cruzado, el propietario medio —que solo quería un coche silencioso y barato de mantener— asiste perplejo a un espectáculo en el que no pidió participar. Algunos optan por la pegatina reivindicativa en la carrocería. Otros, directamente, por el silencio. Y unos pocos, los menos, por cambiar de marca cuando toque renovar.
Lo más revelador de todo esto no es que algunos propietarios se arrepientan, sino que el arrepentimiento se haya convertido en un fenómeno lo bastante visible como para merecer pegatinas, artículos y debates encendidos. Un coche que se compraba para no pensar demasiado ha acabado obligando a pensar en política cada vez que se arranca. Y eso, para un electrodoméstico con ruedas, es mucho pedir.