El empresario que rompe el molde: ¿éxito sin clase o clase sin éxito?
Hay un tipo en España que genera empleo para casi 12.000 personas, entró en la lista Forbes y, sin embargo, la conversación pública sobre él gira en torno a su camiseta de Balmain, su acento de barrio y su canal de YouTube.
José Elías —el fundador de Audax Renovables— se ha convertido en el caso de estudio perfecto para una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando el dinero llega sin el envoltorio que la élite considera obligatorio?
La discusión, que se ha prolongado durante más de dos años en los foros económicos, arranca con una descripción que muchos comparten: un hombre con «aspecto y voz de Torrente» que ha construido un emporio desde cero. La comparación con los grandes empresarios del primer mundo —todos con educación esmerada, discreción milimétrica y una relación calculada con los medios— es inevitable. Y el contraste, dicen, es brutal.
De familia humilde a la lista Forbes: el ascensor social existe
El relato oficial de Elías es el sueño español: familia trabajadora, barrio obrero, una empresa que empieza desde abajo y acaba facturando cientos de millones.
El pelotazo llegó con la distribuidora eléctrica, un sector que en España mueve avales, deuda corporativa y salidas a bolsa con las que un tipo listo puede multiplicar su patrimonio en pocos años.
Hay quien sostiene que su éxito no es replicable ni deseable: «estuvo en el sitio adecuado en el momento adecuado», resume una corriente que resta mérito a su olfato. Enfrente, la lectura más favorable subraya que
aprendió finanzas a base de hostias, que se curtido en el campo y que su instinto para los negocios es difícil de enseñar en una escuela de posgrado.
Lo que nadie discute es el resultado:
12.000 empleos directos y una fortuna que le ha abierto las puertas de los círculos que, según varios análisis, nunca terminarán de aceptarle. Porque ahí está el nudo del asunto: el dinero compra muchas cosas, pero no compra la pertenencia.
El estilo que divide: camiseta de Balmain y canal de YouTube
Si algo ha quedado claro en estos dos años de conversación es que
el problema no es su dinero, es su forma de exhibirlo. Un empresario de éxito, dice la opinión más extendida, no vende su intimidad en YouTube, no se rodea de personajes como Llados o Enrique Tomás, no frivoloza sobre inversiones ante una audiencia generalista y, desde luego, no se pone de cajero en una de sus tiendas para escuchar las penas de los clientes.
«Un empresario serio como el del Mercadona no está en redes», sentencia una de las posturas más repetidas. La comparación con
Juan Roig, Florentino Pérez o los March —gente que vigila su exposición como si fuera un activo más— es constante. Ellos no necesitan decir al mundo que cagan dinero. Él, al parecer, sí.
La defensa que se hace desde el otro lado es más matizada:
es un nuevo rico que necesita aparentar, como los indianos que volvían de América y se construían palacetes en su pueblo. No es un defecto moral, es una etapa. La clase, dicen, no es cuestión de dinero, y hay cosas que no se compran.
¿Vendehumos o empresario con calle?
La acusación más repetida es la de
vendehumos. Que si sus empresas son «una puta mierda en mayor o menor medida», que si la OPV que anuncia en sus vídeos es la culminación de un pelotazo, que si sus oficinas en Badalona —un piso séptimo, puerta C, en una zona sin asfaltar— no son precisamente la sede de un imperio.
Frente a eso, la réplica de quienes le han seguido con atención:
no es ni Ruiz Mateos ni Gowex. No hay estafa, hay un tipo que entendió el mercado de deuda corporativa, que emitió bonos cuando casi nadie lo hacía en su sector y que salió a bolsa en el momento justo. A partir de ahí, casi todo ha sido cuesta abajo, pero el pelotazo ya estaba dado.
El detalle que más desconcierta a propios y extraños es su relación con la política. «Su riqueza viene gracias a don PSC», apunta una corriente que ve en las renovables un sector históricamente inundado de dinero público.
Si montas un chiringuito de género, te forras, pero no porque tu idea sea la hostia, sino porque el Estado ha decidido inundar de dinero esas chorradas.
El ego como activo y como lastre
Hay un consenso incómodo:
Elías es espabilado, pero su ego puede llevarle por el pedregal. Lo dice uno de los primeros mensajes y lo repiten muchos otros. Controlar el ego cuando triunfas en la vida como él lo ha hecho es complicado. No controlarlo es lo que acaba pasando factura.
La anécdota que mejor resume esa tensión es la del día que visitó la nave logística de su empresa en construcción.
Se puso a discutir asuntos técnicos con los ingenieros y jefes de obra y a exigir cosas imposibles por normativa. Un verdadero despropósito, según quien lo vio. El fundador que se cree ingeniero, el jefe que no acepta un no por respuesta.
Y luego está el asunto de la sucesión. «Éste acabará compitiendo con Gerard Piqué en las elecciones para presidente del Barça del 2032», bromea un mensaje. Habrá el sector catalán votando a Piqué y el sector charnego votando a éste. La boutade tiene gracia, pero debajo hay algo serio:
Elías representa a un votante que no se siente representado por la élite barcelonesa.
Lo que revela el caso Elías sobre España
Más allá del personaje, la conversación deja un retrato del país.
La mitad de los españoles no sabe quién es el marqués de Griñón, pero conoce a Elías porque sale en YouTube. La visibilidad ha sustituido a la alcurnia como marcador de estatus. Y eso, para bien o para mal, es una novedad histórica.
Hay quien lo celebra:
prefiero un paco español eficiente que un James Bond que sea todo fachada. La eficiencia, el trabajo y la creación de empleo por encima del envoltorio. Es la misma lógica que lleva a otro a decir que «es paco pero es nuestro paco». La apropiación del insulto como identidad.
Y hay quien lo deplora: la clase no se compra, se tiene. Los ricos de verdad no necesitan demostrar nada. Elías, en cambio,
necesita decir al mundo que caga dinero. Sin quitarle un milisegundo de mérito, es demasiado gañán. La conclusión que sobrevuela todo el debate: en España, el ascensor social funciona, pero la puerta de salida sigue dando a un pasillo distinto.
Lo que no cuadra del todo es la aritmética de la envidia. Con 12.000 empleos y una fortuna que le permite no volver a trabajar jamás, Elías debería ser un héroe nacional. En cambio, genera una incomodidad que trasciende lo económico. Quizá porque su existencia demuestra que el sistema no es tan cerrado como algunos necesitan creer, o quizá porque su estilo confirma que el dinero no compra la elegancia que otros heredaron. En cualquier caso, la pregunta sigue sin respuesta: ¿es Elías el prototipo de empresario español del futuro o el último mohicano de una forma de hacer negocios que la élite nunca aceptará?