Combates en la frontera del Durand entre Pakistán y Afganistán
¿Es esto una guerra abierta entre dos países con armas nucleares o una escaramuza más de una frontera que lleva un siglo sin resolverse? Lo que empezó como un intercambio de tuits sobre choques en la región de Paktia-Waziristán derivó en un escenario que periodistas pakistaníes describieron como «declaración de guerra abierta»: combates renovados en múltiples puntos del Durand, ataques aéreos del ejército pakistaní contra instalaciones de los talibanes y un goteo de víctimas que las cifras disponibles sitúan en centenares de muertos y heridos en ambos bandos. La línea que trazaron los británicos hace más de un siglo sigue siendo el polvorín que nadie quiere mirar de frente.
¿Qué ha pasado en la frontera entre Afganistán y Pakistán?
El primer bloque de información llegó por cuentas de seguimiento de conflictos: enfrentamientos intensos en varios puntos del Durand, con confirmación de combates en la zona de Paktia-Waziristán. A eso siguieron vídeos de choques entre combatientes talibanes y fuerzas pakistaníes, reportes de pánico en Parachinar —localidad pakistaní pegada a la frontera— y el movimiento en masa de vehículos militares talibanes hacia la línea divisoria. La escalada no se quedó en escaramuza: se reportaron ataques aéreos del ejército pakistaní contra instalaciones de los talibanes y un balance de centenares de muertos y heridos en ambos lados.
La lectura que hicieron periodistas pakistaníes fue contundente: la escala del ataque afgano constituía, en su interpretación, una «declaración de guerra» contra el país. El marco no es nuevo. La frontera del Durand separa dos territorios que nunca la reconocieron del todo, y cualquier chispa en esa línea activa una disputa de fondo que lleva más de cien años sin cerrarse.
El contexto que rodea el ataque: Lahore, China y el tablero regional
El ataque no llegó en el vacío. Horas antes se habían registrado protestas intensas en Lahore, con una multitud islamista marchando hacia el consulado estadounidense y la policía local disparando proyectiles para contenerla. El motivo declarado de la protesta era el apoyo pakistaní a
Estados Unidos e Israel en el conflicto de Palestina, y el blanco era el propio ejército pakistaní. Es decir: presión interna en las calles y presión externa en la frontera, simultáneamente.
En paralelo, China había declarado su «pleno apoyo» a Pakistán en su lucha contra el terrorismo, con una fórmula que se repitió en los medios: «Todo lo que Pakistán necesite, se lo proporcionaremos». Ese respaldo sitúa el incidente en un tablero mayor. Hay quien lee el ataque como una pieza más del pulso entre potencias, y quien sostiene que los talibanes actúan como proxies de intereses ajenos. La tesis de que el islamismo militante solo golpea a enemigos de Estados Unidos circuló con fuerza, aunque sin pruebas que la respalden más allá de la coincidencia de objetivos.
¿Habrá guerra abierta entre Afganistán y Pakistán?
La respuesta más repetida es que no. El argumento dominante es que ninguna de las dos partes tiene capacidad militar para conquistar ciudades como Jalalabad o Kabul, ni para adentrarse profundamente en territorio vecino. La comparación con el pulso con India aparece una y otra vez: conflictos que se encienden, se apagan y no escalan a guerra total. La línea del Durand, dicen, aguanta porque nadie puede permitirse romperla del todo.
Frente a eso, hay quien advierte de que atacar puestos fronterizos del país vecino es otra cosa. Una cosa es defenderse en casa usando montañas y población civil, y otra muy distinta cruzar la línea para golpear instalaciones del Estado vecino. En ese escenario, los talibanes podrían salir mal parados. Y sobre todo pesa un dato que nadie ignora: ambos países tienen armas nucleares. Ese es el techo real de cualquier escalada.
El trasfondo étnico y la sombra del pasado
Debajo del conflicto armado hay una capa que no se resuelve con comunicados: la cuestión pastún. La frontera parte comunidades, no solo territorios. Hay quien anticipa una expulsión masiva de pastunes hacia Afganistán si la cosa se complica, y quien recuerda que la identidad pastún pesa más que el pasaporte pakistaní para buena parte de esa población. La frase que resume esa tensión es la que circula en los análisis: «Soy 6.000 años pastún, 1.000 años musulmán y 78 años pakistaní».
La discusión derivó también hacia el papel histórico de las potencias. Se recordó que ya en los años 90 buena parte de los combatientes que sembraron el caos en los Balcanes operaban con respaldo angloparlante, y se discutió si el islamismo militante responde a una lógica religiosa o a una geopolítica de bloques. La conclusión más honesta es que nadie tiene la respuesta completa, y que el Durand seguirá ahí cuando los tuits se apaguen.
Al final, la guerra que algunos anunciaban cada mes sigue sin llegar. Los combates se renuevan, los muertos se cuentan, las cancillerías se miran de reojo. Y la frontera que dibujaron los británicos con regla y tinta sigue exactamente donde estaba.