¿Es un peligro o solo un excéntrico del foro?
¿Es un peligro o un excéntrico inofensivo? Esa es la pregunta que ha incendiado un rincón de internet donde un personaje autodenominado con aires de autoridad —y apodado por otros con un juego de palabras que mezcla felpa y liderazgo— ha logrado algo poco habitual: que un grupo de desconocidos se divida entre denunciarlo a la policía y reírse de él. El asunto arranca con un mensaje que directamente acusa al sujeto de tener «un sótano lleno de cadáveres de niñas enterradas a trocitos» y anuncia una denuncia policial. A partir de ahí, el asunto deriva hacia un debate más amplio sobre salud mental, moderación y responsabilidad de las plataformas.
De la acusación directa al diagnóstico colectivo
La primera respuesta al mensaje inicial no se queda corta: «es evidente que en la cabeza de ese sujeto hay algo que funciona mal de cojones». El personaje en cuestión no tarda en responder con un exabrupto en el que se autoproclama con un título que parodia el de un dictador histórico y exige que se le pida audiencia para hablar con él. La respuesta del propio aludido, lejos de calmar los ánimos, confirma a muchos que el diagnóstico inicial no iba desencaminado.
A partir de ahí, el asunto se convierte en un pequeño tratado sobre los orígenes de la conducta. Un participante plantea la cuestión clave: «vienen de fábrica así de machacados de la cabeza o se han gestado en el foro». La hipótesis que maneja es que si el daño es congénito, la responsabilidad es del cierre de los manicomios; si es adquirido, la culpa es del propio entorno que lo alberga y lo retroalimenta. La conclusión que extrae es que lo que debería cerrarse es la propia cloaca.
El diagnóstico que nadie firma
El diagnóstico clínico es el gran ausente. Nadie aporta un informe, una evaluación ni un dato objetivo. Lo que hay son opiniones cruzadas. Un participante lo describe como «inofensivo» y sostiene que basta con dejarlo con sus matojos y su supermercado de descuento para que no haga daño a nadie. Otro apunta que su principal vicio es subir sus propios mensajes para que no se hundan, y que por lo demás puede hacer lo que quiera.
Frente a esa permisividad, otra corriente sostiene que tratar con condescendencia a estos perfiles perjudica a la comunidad. El argumento es que la normalización de lo inaceptable —la ventana de Overton, en jerga politológica— acaba dañando tanto al entorno como al propio individuo, al que se le priva del correctivo que, según esta lectura, estaría pidiendo a gritos.
La teoría del aplauso original
Una de las aportaciones más citadas del intercambio es la que sitúa el origen del personaje en un momento concreto: los dos primeros que le rieron la gracia. La escena que se recrea es la de alguien que escribe su muletilla por primera vez, recibe dos respuestas de aprobación y entra en bucle. El relato, deliberadamente caricaturesco, termina con el personaje gritando su apodo en mayúsculas durante toda la noche. Es una hipótesis, no un dato, pero explica por qué muchos consideran que el problema no es solo el individuo, sino quien lo jalea.
La respuesta institucional también aparece en el intercambio. Una participante que se identifica como funcionaria con veintitrés años de servicio reclama para sí la defensa de lo público y carga contra el entorno que, según ella, celebra la humillación ajena y hace apología del manicomio como si estuviéramos en 1952. Su intervención queda cortada a mitad de frase.
El problema de fondo: moderar sin diagnóstico
El asunto de fondo es incómodo: ¿qué se hace con un personaje que no ha cometido ningún delito tipificado pero que genera rechazo masivo? La denuncia policial anunciada en el primer mensaje no consta que prosperara. La acusación inicial —el sótano, los cadáveres— es una hipérbole, no una imputación real. Y sin embargo, el tono del intercambio revela que muchos lo perciben como una presencia tóxica que el sistema de moderación no sabe gestionar.
La solución que se insinúa en varios mensajes es la más simple y la más elocuente: ignorarlo. Un participante confirma que lo tiene en la lista de ignorados. Es la respuesta más repetida y, a la vez, la que menos resuelve el problema de fondo.
Al final, el personaje sigue ahí, subiendo sus propios mensajes. Y los demás, discutiendo si es un caso clínico o una creación del entorno. Nadie ha llamado a un profesional. Nadie ha cerrado nada.