El Hierro, La Gomera, Formentera: el lado oscuro de la vida insular
La idea de mudarse a una isla pequeña suena idílica: playas vírgenes, tranquilidad, naturaleza. Pero quienes lo han probado dibujan un panorama más complejo, donde el microclima, la soledad y el bolsillo marcan el día a día.
En El Hierro, la ropa debe cubrir desde los 4 hasta los 40 grados centígrados. En un mismo recorrido de 35 kilómetros se pasa del sol de playa en Tamaduste a la niebla en Valverde y los pinares. Un paraíso climático, pero que exige estar preparado para todo en cuestión de minutos.
Formentera representa otro extremo: para quien no puede permitirse vivir allí, la única opción es el commuting diario en ferry desde Ibiza. Un compañero de trabajo lo hacía cada día. «No es para todo el mundo», resumen. «Es para gente que detesta a las personas o ha nacido allí».
La Gomera, por su parte, se divide en dos realidades: con dinero, es un encanto; sin él, una tortura. Y La Graciosa, con un solo pueblo sin asfalto en sus calles, es para quien busca el aislamiento absoluto, aunque la falta de infraestructuras echa atrás a muchos.
La sensación de ahogo es recurrente. Se habla de las islas como «cárceles con las puertas abiertas». Alemanes con chaletazo vuelven a su país en invierno por la claustrofobia. Quienes se quedaron, muchos desde los 70 y 80, reconocen que la isla agobia.
En definitiva, vivir en una microisla no es para todos. El paraíso tiene un precio, y no solo económico.